La realidad es más que causas y efectos
En 1975, a los 36 años, una década más tarde de haberse doctorado en Física en la Universidad de Viena, el austriaco Frijtof Capra, publicó un libro que le daría celebridad y que sería el primero de una serie que enlaza horizontes de la ciencia, la filosofía y la espiritualidad que hasta entonces se veían desconectados entre sí. En El tao de la física, el autor ampliaba el paradigma lineal de las ciencias duras. Capra comprendía que la realidad y el mundo tal como los experimentamos y percibimos a través de los sentidos y el intelecto son una rica y compleja trama de contextos, relaciones y consecuencias. Todo tiene que ver con todo.
Tradicionalmente la ciencia ha intentado desentrañar los fenómenos de la Naturaleza a través de aproximaciones lineales, es decir un seguimiento de causas y consecuencias. Esto creó una ilusión de orden y previsibilidad. Conociendo las causas podrían anticiparse y controlarse los efectos, y retrocediendo desde los efectos se podría llegar a eliminar las causas. El ser humano sería entonces el auténtico administrador de la creación. Una suerte de semidiós. Pero esta mirada empobreció y limitó la posibilidad de comprender fenómenos complejos. “Es una visión del mundo muy tecnicista y mecanicista que entiende el universo como una gran máquina formada por distintos elementos que funcionan conjuntamente”, explicaría Capra, quien vive desde hace cuarenta años en Berkeley, California, creó allí el Centro para la Cultura Ecológica, y enseña en la prestigiosa universidad de ese lugar. “Esa visión entiende el cuerpo humano como una máquina totalmente separada de la mente, y la evolución como una lucha competitiva para conseguir la subsistencia”. Todo lo contrario del paradigma holístico que propugna este científico y pensador, para quien “nuestros conocimientos actuales nos llevan a ver el mundo material como una red de relaciones inseparables. Y en cuanto a la separación entre cuerpo y mente, hemos comprobado que cada célula individual es un sistema cognitivo vivo de por sí, conectado con todo lo demás”.
Capra está convencido de que los grandes temas y problemas contemporáneos no pueden abordarse aisladamente, ya que son diferentes aspectos de una misma crisis, a la que llama crisis de percepción. El avance de la tecnología y de la ciencia divorciados de una orientación moral, las guerras que se reproducen a lo largo y ancho del planeta, la devastación del entorno natural y la brutal desigualdad económica en el mundo son variaciones sobre ese mismo tema. Y al menú debe agregarse ahora el Covid-19. A casi un año y medio de que se disparara el desastre sanitario, económico y social provocado por el virus, en todas las políticas, los procedimientos y las medidas para abordarlo parece prevalecer el antiguo paradigma lineal y fragmentador. La expresión más reciente de ello es la creencia casi dogmática en que las vacunas serán la solución del problema. Lo que sanitariamente es vacuna, económicamente se llama consumo y en el plano social asistencialismo. Analgésicos que, si bien calman el dolor inmediato, no conectan con una mirada integradora como la que representa Capra, y que él denomina pensamiento sistémico o ecológico.
“Existe un choque muy profundo entre nuestra creencia de que el crecimiento es ilimitado y el hecho de que nuestro planeta sea finito”, afirmó tiempo atrás en una entrevista. Y acaso más allá de lo urgente sea tiempo de reflexionar sobre lo importante. Aceptar que lo que hoy es pandemia, mañana puede ser hambruna extendida y terminal, o nuevas pestes, o desastres tecnológicos y ecológicos, como derrames de petróleo, contaminación irreversible de ríos y mares, falta de agua, etcétera. La linealidad buscará soluciones parciales, el abordaje holístico plantea transformar modos de vida y de vinculación entre las personas y de los humanos con nuestro hábitat y con las demás especies. Y hacerlo hoy.




