El enoturismo pisa fuerte en Salta: una guía por los embriagadores Valles Calchaquíes
Aquí, una recorrido para armar a gusto que permite conocer lugares, recorrer bodegas, probar buenos vinos, relajarse en confortantes hoteles, maravillarse con los paisajes y elegir cada uno su propia aventura
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Conocer y probar ricos vinos de regiones extremas del país es una experiencia sorprendente, pero hacerlo en medio de un paisaje maravilloso hace del viaje una de las mejores opciones. Esto es lo que sucede en la Ruta del Vino de los Valles Calchaquíes, con la ayuda de esta guía se puede hacer un recorrido de cuatro o cinco días; todo depende del tiempo que se disponga para disfrutar de grandes vinos, imponentes paisajes y el mejor ambiente para el relax.
El camino empieza y termina en Salta, pero se puede extender hasta Tucumán o la Quebrada de Humahuaca, en Jujuy. También allí, el paisaje, distinto, continúa asombrando, y los viñedos extremos de la altura humahuaqueña parecen desafiar la gravedad.
Para llegar al Aeropuerto de Salta hay opciones low cost, que valen la pena y por sus tarifas no requieren decidirse con más de una semana de anticipación. Al aterrizar comienza una aventura de un poco más de tres horas por la Ruta 68, hasta llegar a Cafayate, el centro turístico más importante de los Valles. Para llegar hasta allí se puede alquilar un auto, tomar un remise o un micro de línea; el camino está asfaltado. Pero si la idea es adentrarse en el valle, las opciones se reducen a alquilar un vehículo que debe ser apto para los caminos de tierra, con trayectos que generalmente se vuelven complica-dos. Con un poco de lluvia se reproducen los ríos que marcan la traza, o con mucha sequía se vuelven imposibles para un coche de paseo. La segunda opción, más relajada, segura y que conecta al visitante con lugares que no están en el mapa turístico, es contratar un ser-vicio de transporte en camioneta de un guía local; como el Colo Goytia, conocido en todo el valle y quien, junto con su padre, ofrecen este servicio personalizado.
Unos kilómetros antes de llegar a Cafayate hay que visitar El Anfiteatro y La Garganta del Diablo, grandes formaciones de la Quebrada de las Conchas. Son paredones inmensos de roca rojiza, paradas obligatorias para admirar esta obra de la naturaleza.
Una vez en la ciudad se puede optar por alojarse en el centro, donde el taxi hacia los lugares turísticos no supera los 500 pesos; o en soñados hoteles en donde el vino se vive desde adentro.
Para quienes quieran vivir el pasado colonial, pero con el lujo moderno, la opción es Patios de Cafayate; espacio de sosiego ubicado en medio de los viñedos de bodega El Esteco. Era el casco original de la finca fundada en 1892, y que hoy alberga el alma de este increíble hotel de campo de 32 habitaciones con vista a las montañas y a los viñedos; cuartos ambientados con telares artesanales, muebles rústicos y elegantes adornos de platería autóctona, La cocina, a cargo de Virginia Marín, ofrece carnes y productos regionales en versión gourmet. El restaurante, La Rosa, tiene vista a los jardines y a la piscina del hotel. Con huerta propia, los platos están pensados para maridar con los vinos de El Esteco.

Desde el hotel se accede a la bodega, en donde se puede hacer un recorrido por los antiguos parrales. Detenerse en medio de los viñedos, bajar la cabeza para tratar de tocar la tierra con las manos y mirar para el cielo por entre las piernas es el secreto para tener una vista única del terroir y el paisaje. Una experiencia recomendada y testeada junto a Ramiro Rocha, su ingeniero agrónomo. Luego de la visita por la bodega llega una exclusiva degustación de los vinos elaborados en ese terroir ubicado a 1700 metros de altura; con la posibilidad de probar ediciones limitadas mas. Las propuestas arrancan desde 3000 pesos; y si es sábado, está la posibilidad de dar la vuelta por los viñedos a caballo. A unos 500 metros, en el camino a Yacochuya, se encuentra el viñedo de Finca El Socorro, donde nacen vinos premium como Altimus y Fincas Notables, que elaboran desde hace casi dos décadas los enólogos Alejandro Pepa y Claudio Maza. Las viñas se plantaron sobre terrazas construidas por los antiguos pueblos originarios de la región.

Un poco más arriba, a 1900 metros y al pie del cerro, se encuentra La Turbina, de donde sale el Partida Limitada Garnacha. Son muy pocas plantas ubicadas en terrazas diaguitas de manera casi vertical. Quienes las trabajan, lo hacen en fila y siempre en la misma terraza para evitar accidentes por desprendimientos. Allí se encuentra el primer generador de la región, el que construyeron los hermanos de Michel Torino, creadores de la centenaria bodega para tener electricidad. De manera natural, la turbina es movida por la corriente del cauce del río Chuscha. Todos son paisajes que muy pocos turistas conocen, pero que vale la pena descubrir; porque de allí surgen los elegantes, corpóreos pero frescos, vinos que muestran el nuevo perfil de los exponentes de la región.
Por ese camino de precordillera salteña y a solo ocho kilómetros del centro, se ingresa a San Pedro de Yacochuya, la bodega referente del lugar, un proyecto que nació a fines de los 80 cuando Arnaldo Etchart vendió la bodega Etchart al grupo Pernod Ricard, quienes hoy continúan produciendo el Arnaldo B en homenaje a su fundador.
En esa época, Arnaldo convocó al francés Michel Rolland, cuando buscaba expertos que se animaran a trabajar en las lejanas tierras del norte del país. Hoy, su hijo Marcos Etchart continúa el legado junto con sus hermanos y desde la pequeña bodega boutique continúa dando a luz al icónico tinto Yacochuya –que lleva la firma del flywinemaker bordelés– y a los San Pedro de Yacochuya, con su seductor tinto de malbec-cabernet y el blanco de torrontés; un encanto en precio y calidad. Son vinos potentes, elegantes, con mucho cuerpo y color. En la visita se pueden degustar por $3000 o probar los jóvenes Coquena, el torrontés, el rosado o el malbec, por $1700. Durante la vuelta es muy común cruzarse con Marcos, quien además de trabajar en la bodega y los viñedos, vive dentro de la finca.
La mayoría de las visitas que ofrecen las bodegas de la zona son sin cargo y las degustaciones son de un trío de copas a elección. Todas tienen la máquina expendedora con distintas medidas donde se puede elegir la etiqueta y la cantidad a llenar.
Una de las fincas vecinas de camino es Vallisto, donde nace Inculto, el proyecto del enólogo Matías Michelini y del productor de Cafayate Francisco Lavaque, una apuesta que se centra en crear vinos a partir de viñedos radicales, por su ubicación, sus suelos o su edad. El concepto aporta frescura a los tintos y blancos de la zona. Por el mismo camino se abren las puertas de Domingo Molina, una casa vitivinícola que, con arquitectura colonial, se funde en el paisaje. Es la segunda bodega de esta familia precursora de la viticultura de Cafayate y está dedicada a producir vinos premium como Palo Domingo, Leonor Molina, Pachamama y Rupestre, que nacen en fincas de Yacochuya, San Carlos, Animaná y Las Flechas.
Otros de sus viñedos se encuentran rodeando la ciudad y en la recorrida con el agrónomo Osvaldo Domingo, uno de los tres hijos de Palo, el fundador, se puede apreciar la diferencia de los suelos donde nacen los centenarios parrales, junto a una moderna y ecológica ingeniería para el trabajo de las fincas.
Palo, que acaba de cumplir 90 años, continúa con su labor diaria en la tradicional bodega del centro de la ciudad, Domingo Hermanos, creadora de las icónicas damajuanas de torrontés y donde vale la pena darse una vuelta para ver el impactante proceso de llenado y sellado. Allí también trabajan sus hijos Rafael y Gabriel. Este último, que además es el jefe de bomberos de la zona; también se dedica a la elaboración de quesos caprinos. La recorrida por el predio de Cabras de Cafayate es un plan ideal para hacer en familia. Se pueden visitar los corrales; la línea de producción de la fábrica; y disfrutar de una tabla de quesos con vinos de los Domingo en sus verdes parques a la sombra de un nogal.
Desde el centro
Si la idea es quedarse en el centro de la ciudad, es interesante y entretenido conocer el Museo del Vino. Y en un radio de ocho cuadras hay numerosas bodegas para visitar, como Cafayate Bodegas Etchart, que produce el 40% de la producción total de torrontés de los Valles. Es emocionante comprender cómo la cultura y las raíces de la zona están fuertemente arraigadas en las nuevas generaciones, ya que muchos de los jóvenes que trabajan en los equipos enológicos de estas modernas bodegas llevan en su adn las tierras del vino cafayateño. Son hijos y nietos de quienes continúan elaborando los clásicos tintos y blancos de la zona, muchos en las fincas donde se encuentran sus hogares.
A dos cuadras de la plaza central, una fachada de ladrillos de adobe del 1800, con un espectacular portón de madera maciza, invita al mundo de El Porvenir. La propiedad fue adquirida a fines de los 90 por la familia Romero Marcuzzi, para continuar con la producción que ya tenía en Tolombón y con el objetivo de hacer vinos de alta gama. Son parte de la transformación de la industria del vino argentino, de la reconversión de la vitivinicultura salteña y de la expansión de los vinos de Cafayate a las copas del mundo. Los vinos nacen de la investigación y la búsqueda de terruños de la mano de Paco Puga y el ojo avizor de Lucía Romero, líder de la bodega y nieta de su fundador. Todas sus líneas presentan partidas limitadas y son enclave de la premiumización del vino calchaquí. Así sucede con Alto Los Cuises Malbec y su encantadora dupla chardonnay, nacidos a 1850 msnm. Su especial microclima permite que convivan las vides, una higuera y una palmera junto a la ladera de la montaña.

Palmeras que también forman parte de los jardines del lujoso resort del vino que creó Piattelli junto a su enorme bodega cafayateña. Para acceder, hay que reto-mar el camino a Yacochuya. Luego de construir la bodega mendocina en 2004, el matrimonio estadounidense Malinski descubrió las tierras salteñas y en 2013 nació Piattelli Vineyard, en Cafayate. Es un edificio de 5000 m² con capacidad de albergar hasta 500 barricas; junto a ella está el elegante centro de visitas y un restaurante con salones y terrazas para disfrutar del paisaje. Además, acaban de finalizar un nuevo edificio que se dedi-cará solo a la alta gama, una bodega en el departamen-to de San Carlos. En esa línea se lucen el ícono Arlene, un blend de malbec, cabernet franc y sauvignon; las ediciones limitadas de varietales y el Cab Five.
A 100 m del restaurante, una arcada da paso a Piattelli Wine Resort, el hotel donde cada detalle es una obra de diseño de lujo. Un jardín soñado, dos piscinas y terrazas enmarcadas por las acogedoras “casitas”. Son verdaderas casas individuales, que cuentan con living, hogar, un espacioso cuarto con cama doble king, jardín privado y terraza con jacuzzi para ver el atardecer y brindar con una copa de vino. No falta el relajante bar de la piscina, que tiene jacuzzi y cascada; dos restaurantes, wine bar y un spa con sala para degustación de vinos y chocolates.
Sobre la ladera de enfrente; en la pendiente oriental del Valle, se erige Estancia Los Cardones, un edificio de piedra construido con el mineral extraído de las canteras de la finca. Al mirar las paredes se puede entender el suelo que conforma el viñedo. La familia Saavedra Azcona y el winemaker Alejandro Sejanovich son los fundadores de este proyecto que refleja en sus vinos las características únicas de este terroir de Tolombón. De allí nacen los Anko, malbec y torrontés, el distintivo Los Cardones garnacha y el representativo Estancia Los Cardones Malbec.
En Cafayate, a la innovación vínica se le suma la restauración. Además de la pasada por el Hornito, que sirve la docena de pequeñas empanadas salteñas con gajos de limón, hay que ir a Güemes 125, un espacio para el piqueo, con productos regionales premium, o a Pacha, en donde a su vuelta de Europa el chef Tomás Casado combina cocina típica con técnicas que resaltan las características de cada ingrediente. Otra opción, muy elegida por los cafayateños, es el moderno Bad Brother Wine Experience, un espacio cálido y amigable para celebrar la cultura del vino, comer y escuchar música. Otro restaurante que acaba de inaugurar está en la renovada y moderna bodega Amalaya, que ofrece opciones informales, pero gourmet, a toda hora. Un gran salón seguido por una terraza permite relajarse junto a la vuelta del sol sobre las vides y disfrutar de un fresco y elegante vino.
El camino por los Valles continúa hacia la Ruta 40, donde primero está Animaná, que por sus condiciones especiales es cada vez más apreciada por los enólogos. Gracias a estudios de los últimos años, varias bodegas plantaron allí viñedos, para exponentes que dejan atrás las antiguas recetas de los vinos cansinos y sobre madurados de la región.
Después de San Carlos se termina el asfalto y se abre el majestuoso paisaje que recorre el desfiladero entre picos, quebradas, colores y las formaciones más antiguas. Así comienza el increíble camino de casi cuatro horas hacia Molinos y Colomé. Se impone hacer un alto en Angastaco, que tiene un enorme bulevar asfaltado para ingresar. Más adelante está el acceso al mirador El Ventisquero, donde bastan tres minutos de caminata para una vista inigualable.
Si hay tiempo, vale la pena visitar Coquena, un refugio de 100 vicuñas que se esquilan con una ancestral técnica quechua. El próximo cartel indica Molinos, donde hay que visitar la iglesia construida en 1639. Pasar por el pueblo requiere la visita al Rincón de las Empanadas, de Enriqueta Velázquez, quien confiesa que su secreto es un buen comino y pimentón de Molinos, su tierra natal. Luego es el turno de Colomé, una pequeña población que se desarrolló y formó con el apoyo de Donald Hess (1936-2023), el bodeguero suizo, quien antes de hacer la bodega mejoró las condiciones de la comunidad.
Allí todo es sustentable, está ensamblado y se autoabastece entre viñedos de 200 años, granjas, electricidad sustentable; pobladores que aprenden el oficio, huertas y ancestrales técnicas de cultivo. En medio de ese ecosistema se erige Bodega Colomé y junto a ella, la Estancia Colomé, que tiene nueve exclusivas habitaciones que invitan a palpitar la historia del lugar. El plan es hospedarse y relajarse en las comodidades de esta finca colonial ubicada entre las nubes. Otra opción es pasar el día y disfrutar de una copa de vino en la bode-ga en donde el francés ya casi argentino Thibaut Del-motte elabora obras maestras con las uvas de los an-cestrales viñedos, en los que trabaja el agrónomo An-drés Höy. La línea Altura Máxima surge de un viñedo extremo a 3100 msnm y de allí sale un maravilloso sauvignon blanc, un malbec y un pinot noir.
La línea 1831 nace del viñedo cercano a la bodega, con vides muy antiguas que se funden entre morteros realizados por los pueblos originarios. Son parrales que fueron plantados por una mujer, Ascensión Isasmendi de Dávalos, la fundadora de esta bodega, la más antigua del país en funcionamiento. Ella introdujo en el Valle las primeras cepas extranjeras y el paisaje calchaquí cambió para siempre. En el Malbec Auténtico de Colomé es en donde el enólogo buscó homenajear a la viticultura de la zona y al Arenal Malbec lo elabora con uvas de las primeras tierras que compró Hess, en 1999, en Payagasta.
Y para quedarse con la boca aún más abierta, en medio de la finca surge mágicamente el Museo de la luz, como para hacerle honor a la luminosidad del cercano sol de los Valles. Este es el único museo dedicado al artista norteamericano James Turrell, con obras que interactúan con la luz, el espacio y el tiempo.
A 30 km de allí, y antes de la vuelta a la capital salteña, hay que conocer Tacuil, la bodega actual de los verdaderos pioneros del vino de altura salteño, los Dávalos, sexta generación de doña Ascensión Isasmendi de Dávalos, quien trajo desde Francia aquellos plantines de malbec y cabernet sauvignon.
En el camino de regreso, merecer dar una vuelta por Cachi, para al menos almorzar y visitar el paseo de los artesanos, donde 200 lugareños tejen en telar el típico poncho salteño. Desde allí se puede continuar hasta La Poma o tomar la recta del Tin Tin y atravesar un espectacular desierto con miles y miles de cactus del Parque Nacional Los Cardones, la segunda reserva de cardones más grande del mundo. Luego saluda el Valle Encanta-do y en el punto más alto, a 3400 msnm, comienza la bajada por la indescriptible Cuesta del Obispo que une el Alto Valle Calchaquí con el Valle de Lerma. Y así, luego de dos horas la vuelta termina en el punto de partida, Salta capital.
En esta aventura, es válido empezar al revés, y para hacer la última parte de los Valles, habrá que seguir al sur de Cafayate, conocer las Ruinas de Quilmes, pasar el límite con Tucumán y terminar en Santa María de Catamarca.
Los viñedos de los Valles Calchaquíes están entre los más altos del mundo y sus plantas cuentan con los troncos de vid más gruesos y añosos de Sudamérica. Ellos ofrecen copas en donde cada sorbo de vino permite descubrir la majestuosidad de este inigualable paisaje argentino.




