
24 horas en un hospital de guardia
Codo a codo con médicos, enfermeros y pacientes, la Revista vivió un día en el hospital Evita, en Lanús. Allí se atienden desde parturientas hasta delincuentes baleados o enfermos mentales sin contención de hogar. Sólo la muestra de una realidad que se repite: los nosocomios públicos están desbordados, y salvar vidas es una tarea que requiere altruismo y entrega
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Son las 8.30 y ya hay cerca de 100 personas en este lugar. Es el ala izquierda del Hospital Interzonal de Agudos Evita, en Lanús, donde están los consultorios de pediatría. Cuatro chicos se ponen de acuerdo y lloran todos juntos, mientras los turnos avanzan con el ritmo del goteo de una bolsa con suero.
-Pocos médicos para tantos pacientes -dice el pediatra Carlos Maúrtua, y se dispone a atender el quinto chico asmático de la mañana.
En otro pasillo del hospital está el laboratorio. Todas las sillas de la sala de espera están ocupadas. La mayoría de los pacientes permanece en silencio o rumiando un bolo de quejas.
Algunos llegaron a las 4 de la mañana y esperaron afuera del hospital una hora, hasta que las puertas se abrieron. Victoriano Martínez llegó a las 6. Hace cuatro horas que espera su turno... para pedir un turno. Esperará dos más y por fin sabrá que la extracción de sangre será dentro de 40 días. Victoriano dirá: "¡Qué barbaridad!", y saldrá del hospital.
Horas duras
En la calle, una atmósfera gris, húmeda, cubre las cosas con una sutil lobreguez. Lloverá. Es mediodía y los consultorios externos empiezan a despoblarse. En el extremo del ala derecha, donde está la guardia, ocurre lo contrario.
El jefe de la guardia, Alejo Manzanelli, llegó a las 8.30 y estará hasta la misma hora del día siguiente. Lo mismo hará un grupo de médicos clínicos, pediatras, traumatólogos, enfermeras, obstetras, parteras, cirujanos, instrumentadores, residentes, un psiquiatra. Veinticuatro horas duras de sobrellevar.
Por la mañana, no hay muchas personas en la sala de espera de la guardia. Han entrado un muchacho de 18 años con cuatro balazos en el tórax, una mujer de 65 con un aneurisma de aorta, otra de 73 con una infección renal. Tres cirugías.
El lugar se puebla a medida que los consultorios externos se vacían; el proceso terminará a las 17. Faltan tres horas. Ahora llega una madre con un bebe de 14 días. El bebe está azul: no respira. La pediatra, Ana Gilli, ordena que lo conduzcan a una incubadora. El bebe sobrevive.
A pocos metros, detrás de una puerta vaivén de dos hojas, son atendidos los adultos. Un albañil, Alberto Montenegro, se ha golpeado la frente con una maza y la gasa que rodea su cabeza no logra contener la sangre.
-Quédese quieto, que está ensuciando todo con sangre -dice una señora que limpia el piso. El hombre obedece. Al lado, una mujer se hace una nebulización. Más allá, un anciano está con arcadas y mete la cabeza en un tacho. De las camillas llegan sonidos guturales, vagidos, llantos silenciosos.
En el mismo lugar hay dos pacientes psiquiátricos. A uno, el de las cejas depiladas, lo sacan en una camilla. Atado. Dice que quiere matar a su madre y a todos los vecinos y suele cortarse el pecho. "El dolor en el cuerpo me alivia el dolor del alma", suele decir el hombre.
El otro tiene el cerebro corroído por el alcohol y las drogas. El padre, Luis Miguel Pereyra, les dice a los médicos que no lo dejen solo.
-Puede levantarse y romper todo. Y además tiene sida -dice Pereyra. Pero su hijo no se mueve. Sólo existe en una somnolencia casi inconsciente.
La tarde avanza y la guardia no deja de recibir automovilistas con traqueotomías, ancianos con accidentes cerebrovasculares, parturientas, drogadictos con síndrome de abstinencia, maleantes heridos.
Un adolescente de pelo amarillo y ojos de aceite irrumpe como un torbellino.
-¡Dale, atiendan! -grita-. ¡Me estoy poniendo loco y se la voy a dar a ustedes!
Alguien le cruzó la cara con una navaja y la sangre mancha su buzo de Boca.
Entra un hombre con su hija de 21 años en brazos. Familiares de otros pacientes se chocan entre sí.
-¡Salgan todos de acá! -grita el médico que intentará reanimar a la joven.
Murió. Hubo que decirle al padre.
-No reaccionó mal. El problema es cuando muere un baleado, o alguien que sufrió un accidente. Muchos te culpan -dice Manzanelli.
Hace una pausa para torcer la boca. Y sigue:
-A veces agradecen. Una vez, un hombre herido de bala se murió en la operación. Le dije a la mujer: Tengo una mala noticia... Y me contestó: Eso es lo que estaba esperando. Me pegaba.
La muchacha que murió es llevada a la morgue. El padre la sacará de ese lugar, sombrío pese a los reflejos brillantes de los azulejos celestes. Por la noche quedarán tres cadáveres que parecen de cera sobre camillas de chapa.
La muerte está en cada sitio del hospital. La vida también. Está, sobre todo, en la sala de partos. Es el sexto de la guardia. Se oye un llanto agudo. Es Wanda. Su madre, Vanesa, coloca a la beba en su pecho.
Son las tres y media de la mañana y llueve. Las próximas serán horas tranquilas. La gente sale menos cuando hay tormenta. El equipo de guardia se reúne en una habitación. Uno de ellos prepara mate.
-Amargo, ¿no? -pregunta.
02:15: un quirófano casi siempre ocupado
Los cirujanos no descansan en el hospital Evita. Sus tardes y noches suelen ser duras. Hay baleados y pacientes con aneurismas. Mientras la Revista estuvo ahí, una mujer de 73 años fue operada de una infección renal
03:30: un momento de calma
Es de madrugada y llueve. La guardia se calma; al menos por ahora. El equipo médico se reúne en una habitación para tomar mate, comer algo y tomar una gaseosa. Entonces, alguno empieza a narrar una anécdota compartida
8:00: demasiada gente
Por la mañana, la actividad en la guardia es menos intensa que en los consultorios externos, donde la gente suele esperar horas para ser atendida
9:30: la espera
En el conurbano hay 32 nosocomios en los que se atiende entre el 65 y el 70 por ciento de la demanda total: casi 6.000.000 de consultas y 350.000 internaciones
11:00: turno para sacar turno
Frente al laboratorio, los pacientes esperan su turno para que les informen cuándo serán sometidos a algún análisis. No será pronto
12:00: pedidos y agradecimientos para Eva Perón
En el vestíbulo central del hospital Evita hay un busto de la ex primera dama. Algunos pacientes le dejan flores; otros, mensajes como éste: Gracias por cuidarme en todas las operaciones. Te pido que ayudes a mi esposa en su enfermedad
14:30: pocos médicos
Una mujer con asma se practica una nebulización. Sola. Los médicos y los enfermeros deben atender casos más urgentes
16:00: pánico y locura en la guardia
Luis Miguel Pereyra acompaña a su hijo Antonio, que es enfermo mental y tiene sida. El paciente, de 32 años, según su padre, puede ser peligroso. Por eso les pide a los médicos que no lo dejen solo. Los profesionales atienden su solicitud
17:10: la espera y la sutura
Alberto Montenegro es albañil y se ha golpeado la cabeza con una maza, mientras trabajaba. Esperó dos, tres horas en la guardia. Finalmente, fue atendido. Se marchó a su casa con una larga sutura en la frente
21:00: ¡Rápido, al tomógrafo!
El hombre llega en una ambulancia. Acaba de sufrir un accidente con su auto. Le practicaron una traqueotomía y será sometido a una tomografía. Urgente
23:55: la vida
La pequeña Wanda acaba de nacer y es arropada por su mamá, Vanesa, que la mira extasiada
Desborde
-Los criticados hospitales públicos bonaerenses son los que están sosteniendo la atención sanitaria de una población empobrecida a la que se suman los expulsados del circuito de la salud privada.
El que habla es el ministro de Salud bonaerense, Ismael Passaglia. Se refiere al desborde de los 76 hospitales provinciales debido a la falta de insumos y de recursos humanos.
En total, los nosocomios de la provincia de Buenos Aires tienen 13.000 camas y 40.000 agentes, de los cuales 15.000 son profesionales.
El problema se concentra en el conurbano bonaerense. Allí hay 32 nosocomios en los que se atiende entre el 65 y el 70 por ciento de la demanda total: casi 6.000.000 de consultas y 350.000 internaciones.
-Hoy estamos atendiendo al 60 por ciento de la población bonaerense; debido a la desocupación, la gente se quedó sin obra social -dice Passaglia.
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