
Adentro de la imagen: cuando la perfección, ese imposible, o el intento de alcanzarla no seducen

Las imágenes que la moda produce, en un flujo continuo, cumplen, ante todo, una función de entretenimiento: apaciguan nuestra ansiedad ante el paso del tiempo, seccionándolo en momentos placenteros. Las fotos de moda trabajan una pura irrealidad y poco importa que en las revistas del oficio los precios de las prendas figuren en la leyenda al pie, ya que a gran parte del público lector las cifras le resultan de verdad increíbles, tan de cuento de hadas como la robe de soir en organza de seda bordada de cristales a la que se refieren. Pero cuando el autor, la autora, de la toma es artista, las fotos de moda trascienden sus funciones primeras, la comercial y la ornamental, para cristalizar momentos de frivolidad insuperable en pizcas de eternidad. Nos llevan a interrogarnos porque usan el artificio para susurrarnos verdades.
Aun las más comunes, las del reportaje de pasarela, cuyo valor primero reside en la información que aportan, contiene su parte de fantasía ya que reproducen un hecho escénico, una simulación. Lo mismo vale para las imágenes de alfombras rojas, cuyo grado de teatralidad se ve potenciado por el hecho de que quienes posan son profesionales de la actuación. Y, por supuesto, en las publicidades y las páginas editoriales de las revistas, el trompe-l'oeil y el artificio reinan absolutos.
Todo esto suena evidente y lo es, aunque no para la multitud de personas que, provistas de su smartphone, pueblan el paisaje cotidiano en las dos poses quizá más emblemáticas de nuestra época: abismadas las unas ante la pantalla, o posando los otros para un autorretrato instantáneo, una selfie, estáticos y posiblemente extáticos, todos en plena recepción, obtención y envío de imágenes. Con ellas, esta incontable masa usuaria mantiene una relación inédita en la experiencia de nuestra modernidad: este público de formación reciente no contempla las imágenes para hacerlas suyas sino que entra en ellas y en ellas se domicilia. Hay toda una humanidad que habita en las imágenes de esa extensión de sí mismo que es el aparato, no por azar, llamado inteligente (alguien tenía que serlo).
En lo que concierne a la moda, este espejismo conceptual que confunde, o mejor, fusiona las ubicaciones respectivas de la imagen y el espectador acarrea consecuencias inquietantes o graciosas, o, para mí, ambas cosas a la vez. Así como hay quienes bregan por parecerse a la imagen de la selfie en la que se gustan, hay también –y a menudo se trata de la misma persona– quienes pretenden que no exista la menor diferencia entre el atuendo tal como lo ven puesto y el atuendo tal como lo ven en la foto – es decir retocado pixel por pixel, sublimado, devenido arquetipo, el Atuendo, sin imperfección alguna, sin la menor arruga. Que es también a lo que apuntan en cuanto a su propia apariencia. Pero los pliegues en el vestido y en la cara son tan inevitables como la humedad en la cuenca del Plata y, cuando se habita la realidad y no alguna utopía digital, hay que aprender a vivir con ellos.
No todas las imperfecciones son desaciertos. Cuando se ve demasiado arreglada, cuando se advierte el artificio, la mujer chic desajusta algún detalle, trastorna la imagen, para que haya verdad. En la vibración de la vida, en carne y hueso, entre gestos y palabras, ninguna mirada registra lo que el ojo tecnológico, construido para tal fin, está en la medida de detectar. La perfección, ese imposible, o el intento de alcanzarla no seducen. Lo enseñan grandes fotógrafos como Frank Horvath, Helmut Newton o Peter Lindbergh, que en lugar de ocultar las fallas, las aprecian, registran y realzan, porque saben que sin vida vivida no puede haber imagen.
El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L'Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol's Interview Magazine, entre otras revistas





