
Alejandro Dolina, el hombre ilustrado
Siempre vigente, ha logrado hacer un programa de radio sin interrupciones desde 1985. En diciembre publicará un nuevo libro, Radiocine, que incluye dos CD con cuatro comedias musicales en las que participan él, sus dos hijos, Alfredo Alcón, Cecilia Milone, Julia Zenko y Guillermo Fernández
1 minuto de lectura'
–Hoy estoy un poco perjudicado. Es que no he podido dormir bien por el ruido de unos martillazos.
Dice Alejandro Dolina, pero no parece perjudicado. Parece más bien amable, majestuoso, perfectamente instalado en ese español pulido, barroco, encantadoramente demodé. Después de casi dos décadas de radio (desde 1985, Demasiado tarde para lágrimas, y desde 1993, La venganza será terrible, de 24 a 2 por Radio Continental) lo sabe todo acerca del buen, el mal, el qué y el cómo decir.
–Si bien la radio es lo que me da más alegría, no es lo que más amo. Yo amo más la literatura y la música, aunque como suele ocurrir con algunas novias, la novia que más satisfacciones me da es la radio.
Por ejemplo, la alegría que tuvo cuando supo que, gracias a un comentario trasnochador que había hecho en la radio sobre Vida y opiniones de Tristan Shandy, un libro del siglo XVIII, firmado por un genial y delirante y surrealista señor apellidado Stern, había agotado ejemplares en algunas librerías de la calle Corrientes.
–Bueno, eso es estupendo. Estoy mucho más orgulloso de eso que de haber acertado con algún chiste. Alguien se fue a leer a Stern, que es lo que hay que hacer.
Radiocine, el libro que lanza este mes editorial Planeta, contiene cuatro comedias musicales registradas por voces de lujo (Dolina mismo, Julia Zenko, Cecilia Milone, Alfredo Alcón, Víctor Hugo Morales, Guillermo Fernández y los propios hijos de Dolina) en dos CD que acompañan la publicación. En dos de ellas, Dolina juega el rol del Inspector Bouvard (El inspector Bouvard contra el rey de los disfraces y El inspector Bouvard contra el ladrón de belleza), y las otras parodian ideas ajenas: Que Dios se lo abone y Blancanieves, la leyenda continúa.
–Son en verdad muy breves radioteatros, más bien humorísticos, que contienen música compuesta especialmente para esto. Nacieron para la televisión (Nota de la R.: La barra de Dolina, circa 1990) y expulsado que fui de la televisión, la radio heredó el formato. Así que no van a encontrar acá nada nuevo.
Desopilantes, llenas de guiños literarios –empezando, claro, por Bouvard, alusión al querible e inconcluso Bouvard y Pecuchet, de Flaubert–, estas cuatro obras están atravesadas por sus obsesiones de siempre (la belleza, la amistad, el amor, la traición, lo aparente, lo real), recorridas por cierta erudición clásica aderezada con usos y costumbres de porteños en –perdón– camiseta.
Dolina ha hecho de esa mezcla una marca de fábrica, exitosa por cierto. Cada vez que un libro suyo se presenta en la Feria del Libro no hay sala que aguante. Vendió medio millón de ejemplares de Crónicas del Angel Gris, esa especie de mitología finisecular de Buenos Aires que tiene fanáticos confesos, y atrae a la radio, como un flautista de Hammelin con buenas intenciones, a millares de personas de edades variopintas desde hace diecisiete años. Ahí, en ese espacio donde lo ven muy pocos, él hace gala de un estilo único y reluce su mejor personaje: un compadrito ilustrado y perdedor, loco pero noble, perdido por las féminas. En la vida real, él habla muy poco en serio de sus mujeres.
–Yo tenía una novia que estudiaba Letras. Un día vino a pedirme que la ayudara a preparar una materia, me prestó los apuntes y yo seguí estudiando con ella, en mi casa. Mitad porque la amaba y ella no tanto, y traté de ganarme el amor con esa actividad académica. Ahora, que estoy interesado en cuestiones epistemológicas, tendría que conseguirme una novia que estudiara Ciencias Exactas. Este es, sí señor, otro mito –el de ser un hombre a quien las mujeres ambicionan– que Dolina ha alimentado del mejor modo, del infalible: negándolo.
–Son cuentos. Son leyendas. Yo he tenido algunas novias, pero de ningún modo me acredito victoria tras victoria, aunque soy un hombre muy interesado en las cuestiones del amor. No hay otra cosa que me preocupe más que el tema femenino. Yo no alcanzo a funcionar cabalmente si no estoy bien asentado en asuntos amorosos, y la verdad es que casi nunca estoy bien asentado, porque estoy sufriendo por lo que fue, esperando lo que será, y nunca termino de instalarme en el presente. Pero quizás eso es el amor. En todo caso lo que sí se puede decir es que el amor es una situación de peligro constante. Cuando no es peligroso, no tiene sabor.
Tiene dos hijos, Alejandro y Martín, de 22 y 17, los dos músicos, el más chico todavía estudiante secundario, y cuyas voces aparecen en los compactos que acompañan el libro.
–Viven con la madre, pero siempre vienen conmigo a las giras. Los hijos me han dado una felicidad que yo no había previsto. Siempre me he llevado muy bien con ellos.
Clasicismo y romanticismo
Este hombre, nacido en Morse y criado en Caseros, hijo de Delfa, madre docente y lectora dada al romanticismo y decidida a abonar todas las tendencias licenciosas que vislumbrara en su único hijo, y de don Alejandro, un cantor de tangos clásico y rígido, aprendió a leer a los 3 años, incentivado por la tía Elma y para escándalo de todos sus parientes, que no entendían para qué podía servirle a un chico tan pequeño leer a Chesterton.
–Mi padre era un clásico y mi madre una romántica, y la discusión entre esas dos corrientes estaba presente hasta en la forma de colgar una toalla. Mi madre amaba ese carácter poco práctico que yo tenía en la vida. Amaba que no trabajara, que abandonara las carreras, como abandoné Derecho, que dejara las cosas burguesas por divertirme un rato. Me guiaba por los caminos de esos gigantescos macanazos.Y mi padre se escandalizaba un poco. De todos modos, asegura que está cansado de que se lo confunda con ese personaje creado en torno de él: un nostálgico profesional, alguien anclado en la plancha de vapor y la billarda. El jura ser una persona perfectamente anclada en el siglo XXI. –Pero existe la idea de que yo soy aficionado a las actitudes de muchacho de barrio. Eso es falso. Yo he sido un tipo de barrio, pero ya no lo soy. Si en vez de nacer en el barrio en que nací hubiese estado rodeado de personas más interesadas por cuestiones del espíritu, hubiera sido mejor de lo que soy. No me arrepiento de haber nacido en Caseros, pero no considero una virtud ir a jugar al truco durante siete horas. Si no hubiera perdido el tiempo jugando al personaje que yo mismo me había inventado, hubiera sido un tipo mucho mejor. Los jóvenes de barrio, además, suelen ser muy rígidos en sus apreciaciones, como por ejemplo cuando dicen “hay una edad para todo”, que significa: “Señor, si usted pasa los 40 años ni se le ocurra escribir una poesía, enamorarse o abandonar su trabajo, porque hay una edad para todo”. Eso es mentira. Bueno, ideas como esa estaban en mi barrio, y yo espero haber huido de ellas al galope. No es que tuviera nada malo aquella vida, pero me hubiera conducido más por el camino de la atención de mesas clandestinas de punto y banca que por el camino de la literatura. Su profesión de vago y pendenciero terminó como corresponde. Alrededor de los 20 años, en una fiesta.
–En esa fiesta alguien me preguntó de qué trabajás, y dije de nada. Y qué estudiás y dije: No, ahora nada. Y quizá deslumbrada por alguna gracia, esta persona me preguntó cómo sabía yo todas esas cosas. Y yo dije: No sé. Querés trabajar conmigo, me dijo. Bueno, dije yo, y empecé a trabajar en Canal 13 como redactor publicitario. Ese hombre se llamaba Manuel Ebecuor, y desapareció durante la dictadura militar y que no es otro que el Manuel Mandeb de mis libros. Este hombre era abogado y defendía a personas que tenían problemas con la dictadura. Pero además aspiraba a escribir. No era muy buen escritor, pero tenía ideas todo el tiempo. Entonces perdía mucho más tiempo en lograr que yo escribiera, que en escribir él. Y esto debo agradecérselo.
En 1977 escribía columnas en las revistas Satiricón y Humor. Pero se aburrió pronto. Un día descubrió, entre sus papeles, una novela inacabada en la que había un ángel y unos tipejos de Flores. Entonces, sí, entendió que algo había aprendido en la calle. Había aprendido el truco y entendió que podía usarlo.
–Tanto en El Angel Gris como en El libro del Fantasma y en este Radiocine hay siempre un gran asunto: lo platónico y lo aristotélico, lo femenino y lo masculino que, en vez de estar ubicados en una discusión de personajes altisonantes, se trasladan a la estación de Flores.
Traspolaciones
Y eso hizo. Combinó su origen rufián con Soren Kierkegaard. Instaló la maravilla en el barrio de Flores, y explicó el mito del eterno retorno usando las calles circulares de Parque Chas. Inventó su voz cruzando el mito griego con la verdulería. Su desesperación natural por el paso del tiempo y el sentimiento trágico de la vida hicieron el resto.
–No sólo que uno envejece, es que todo envejece. No es tanto que uno se muere, es que todo se muere. Yo debería luchar contra esa sensación obvia que acabo de describir, porque lo siento de un modo patológico al paso del tiempo. Siempre me ocurrió. Yo tenía 20 años y ya estaba consternado: mis seres queridos envejecían, y yo me daba cuenta de eso. Eso me ha impedido ser feliz. Yo creo que debe haber alguna patología en el asunto. Porque veo que hay gente que no piensa en eso. Bueno, claro, no pensando en eso... Si ése es el precio, entonces no quiero.






