
Angie Cepeda
A la actriz colombiana no le parece que el culebrón sea un género menor. Sin embargo, también apuesta al cine -se verá aquí Pantaleón y las visitadoras-, que considera el comienzo de una carrera diferente
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Lima. - Angie Cepeda es una conjunción de belleza, simpatía y cordialidad. Y su inteligencia va más allá de lo superficial. Esta colombiana de Cartagena nacida hace veintiséis años bajo el signo de Leo, se instaló hace ocho en la capital peruana donde protagoniza numerosas telenovelas que ya recorrieron exitosamente toda América latina y algunas ciudades europeas. La actriz recibe a la Revista en su acogedora casa de Molina, un country privado cercano al distrito de Miraflores, con el rumor del mar como fondo. Los muebles rústicos suman buen gusto y sencillez, y a pocos pasos de la sala de recibo se divisan un jardín y una piscina. Junto a Luna y Sue, la pareja de perros a los que mima, ella recuerda su niñez y adolescencia en su Cartagena natal.
"En verdad -explica-, creo que desde siempre quise ser actriz... Mis padres se oponían a esta vocación. Ambos eran abogados y pretendían que yo siguiese la carrera de leyes. ¿Qué forma había para contrariar su voluntad? Convertirme en una muchacha rebelde. Casi a escondidas asistía a funciones teatrales y cinematográficas y, poco a poco, los libros de abogacía iban quedando de lado para dejar lugar a esa fantasía de ponerme en la piel de personajes que no tuviesen nada que ver conmigo. Ya convertida en adolescente con sueños que cada día pedían más realidades, decidí ir a vivir a Bogotá, donde la expansión artística era mayor."
Angie sirve café, rememora aquellas épocas y desliza con voz suave y cierto prurito las conflictivas relaciones con sus padres. No le queda, sin embargo, ningún tipo de resquemor hacia ellos. "Ellos -dice- provenían de una familia de clase alta para la que la actuación era una profesión casi pecaminosa. Cuando yo ya estaba decidida a seguir mi vocación, ambos se separaron... El divorcio no se dio, claro, por mi voluntad de desacatarlos, sino simplemente porque ya como pareja no funcionaban."
Bogotá era, en aquellos años, el centro de la actividad cultural de Colombia. Y Angie llegó allí con una pequeña maleta y una férrea voluntad de triunfar. Los primeros tiempos no fueron fáciles. "Me presentaba en todos los castings en los que solicitaban actrices para la televisión, pasaba horas frente a las oficinas de los representantes y, mientras tanto, participaba en talleres de formación actoral... Fueron, sin duda, años de espera, de impaciencia y de apremios económicos. Pero, como buena leonina, perseveré y mi sueño se iba fortaleciendo en esta devoción que sentía diariamente con más intensidad", recuerda.
La fantasía de Angie Ce- peda de convertirse en actriz tuvo, por fin, su premio. Un productor televisivo vio que su espigada figura, su cabello peinado como al descuido y unos ojos cándidos y profundos podían dar perfectamente con el personaje de una telenovela que estaba por grabarse.
"En 1993 -apunta-, cuando me dieron una pequeña parte en La maldición del paraíso, creí tocar el cielo con las manos. Me había tocado un papel de reparto dentro de una historia juvenil con algunas situaciones humorísticas... Me sentía muy afortunada, ya que finalmente lograba transitar mis primeros pasos en esa profesión que había elegido a fuerza de capricho y coraje."
Para Angie Cepeda, el futuro se presentaba muy promisorio. Su rostro y una incipiente condición actoral ya eran muy válidas tarjetas de presentación para el público. Desde aquel momento, su nombre fue adquiriendo popularidad en numerosas telenovelas colombianas.
"Pero sólo en 1996 -destaca- pude decir que mi esfuerzo tuvo su gran recompensa. En ese año y durante todo el siguiente grabé Las Juanas, una telenovela que tuvo un enorme suceso en toda América latina. Poco antes, el director Sergio Cabrera me había convocado para un personaje menor en el film Illona llega con la lluvia, lo que me permitió llegar a la pantalla grande... En ese instante, a pesar de que la película no me dejó satisfecha, descubrí que el séptimo arte poseía una magia enorme y la posibilidad de dejar un género que, como el de las telenovelas, repetía fórmulas y esquemas demasiado transitados."
En 1998, Angie Cepeda viajó al Perú. "En este país -dice-, las telenovelas crecían en calidad y en cantidad. Protagonicé varias de esas historias y, en 1998, y con Luz María, se me abrieron las puertas grandes del éxito internacional." Después, y reclamada por el cine español, intervino en Segmento de oro, un film de Roberto Lázaro. "Esta segunda aparición en la pantalla grande -admite- tampoco me convenció demasiado, y de España decidí retornar al Perú, donde continué mi trabajo en televisión."
Un año más tarde, sin embargo, Angie Cepeda pudo pagar esa asignatura pendiente con la cinematografía. Ella lo recuerda así: "El cineasta Francisco J. Lombardi, el más prestigioso del Perú, estaba buscando a la protagonista de Pantaleón y las visitadoras. Yo había leído la novela de Mario Vargas Llosa y me había parecido excelente... Cuando Lombardi me propuso el papel de La Colombiana, esa prostituta que logra romper con la armónica vida del capitán Pantaleón Pantoja, tuve que pensarlo bastante. Varias preguntas comenzaron a rondar por mi cabeza. ¿Estaba yo lo suficientemente madura para encarnar ese difícil papel? ¿Me atrevería a enfrentar los desnudos que me pedía la historia? ¿No me sentiría cohibida por un director tan exigente y talentoso como Lombardi? Sin embargo, acepté el desafío. Fueron semanas de rodaje en la selva amazónica entre lluvias, mosquitos y un calor agobiante. Pero el resultado final fue, tanto para la película como para mí, excelente. Recuerdo que Lombardi, siempre tan serio y tan profesional, me felicitó cuando terminamos el rodaje... Me dijo: ¡Chica, estuviste estupenda!, y esas palabras fueron como un certificado que me habilitaba para ser actriz".
Angie hace una pausa. Juega con sus cuatro cachorros, hijos de Luna y Sue; se presta sin prisa a las fotografías y atiborra de golosinas al cronista. Finalmente, se refiere a su porvenir: "En estos momentos deseo hacer un alto en mi carrera artística. Quiero viajar a Nueva York para seguir un curso de actuación con importantes maestros y repensar mi trayectoria... No estoy, por supuesto, arrepentida de mis trabajos en telenovelas, un género dejado de lado por los puristas, pero que considero el basamento de mi carrera... En estos momentos estoy grabando Pobre diabla, junto a Salvador del Solar, mi compañero de elenco en Pantaleón y las visitadoras. Recuerdo que esta telenovela ya había sido protagonizada por Soledad Silveyra y Arnaldo André en Buenos Aires... Después llegará el descanso y el viaje a Nueva York. Mientras tanto, estoy disfrutando del éxito de Pantaleón y las visitadoras, que sólo en el Perú ya convocó a más de un millón de espectadores". La tarde sigue lluviosa y desapacible. Pero la sonrisa, juventud y simpatía de Angie Cepeda transforman esa adversa condición meteorológica en un cielo de sol radiante y acogedor.
Amor a distancia
Angie Cepeda es remisa a hablar de su vida sentimental. No desea, dice, ser una actriz que es convocada por las revistas del corazón. Sin embargo, no puede omitir su romance con el cantante y actor argentino Diego Torres. "Nuestra relación -expresa- comenzó hace más de cuatro años y confieso sin pudor que cada día nuestro amor se ensancha... Lo vivimos al día, y la distancia hace que los encuentros sean más cálidos y entrañables. Todavía no pensamos en el matrimonio, pero nos gustaría formar una familia y tener hijos. Para que esto se concrete tendríamos que hacer un alto en nuestras respectivas carreras artísticas... A ambos nos gustan los niños, pero cuando seamos padres queremos dedicarles a ellos lo mejor de nosotros. Veo que en el mundo, en estos momentos, hay pequeños hambrientos y faltos de cariño y eso me duele mucho como mujer... Quiero para mis hijos lo mejor, y para eso necesito dedicarles tiempo." La calidez le brota con sinceridad a Angie Cepeda cuando habla de su futuro en pareja. "Diego -dice- es un ser excepcional que comparte conmigo el hoy y que, seguramente, estará siempre junto a mí en el futuro. Mientras, debemos esperar para tomar una decisión tan seria como el matrimonio. Esta espera no desgasta nuestra relación. Al contrario, creo que la afianza y la madura."





