
Antes, la vida era mejor
Yo me crié en la esquina de Avellaneda y Belgrano, en el antiguo pueblo de Ramos Mejía. Dentro de mi cuadra se destacaban "lo de Bottaro", "lo de Folco", "lo de Braga", "lo de Lynch" y "lo de Garciarena". Por aquel entonces, las casas se conocían de esta manera, porque en cada solar o predio había residido toda la vida una misma familia. Algunas eran casonas importantes. Otras, sencillas viviendas de barrio. Pero todas grandes, de paredes anchas, con su jardín y su patio.
Volvíamos del colegio caminando, a la 1 del mediodía, y vivíamos toda la tarde en la calle. Jugábamos al fútbol hasta que la noche se hacía cerrada y nuestras madres salían a llamarnos. O sea: unas ocho horas diarias. Todos soñábamos con ser cracks profesionales, y algunos lo lograban, como Osvaldín Garciarena, pero la mayoría simplemente jugaba.
Este era el mundo de los varones. Que también giraba en torno de las bolitas, la honda, la bicicleta. De cualquier modo, yo, a los 12 años, había leído a Ray Bradbury, Howard Fast, Mark Twain y Ricardo Güiraldes. No había televisión.
El mundo de las nenas era más misterioso, porque ellas salían poco. Las niñas estaban mejor en casa, con su papá y su mamá. Recién les permitían asomarse a la puerta de calle cuando cumplían los 15, y entonces se decía: "Fulanita habla con Menganito". Que era, naturalmente, el chico de la esquina.
A primera hora de la tarde, también he visto a mis hermanas en la vereda, jugando al elástico, o a la rayuela, o saltando la soga, y sobre todo disfrazándose de señoras (esto, en el garaje), gran hit de aquellos tiempos. Las adolescentes no estaban "oprimidas" ni "reprimidas", sino sencillamente "cuidadas".
Cuando veo a los niños de la actualidad, maniobrando patéticamente su triciclo en los dos metros de un balcón..., o a los adolescentes de hoy, pálidos como muertos, encerrados con la computadora, chateando o enviando mensajes de texto por el celular, aterrorizados por los patovicas de cada boliche, las violaciones, los secuestros, los colectivos estruendosos y los autos demasiado veloces, me pregunto: ¿qué le pasó a la vida que se ha puesto tan fea?
Allá por 1950 todo era más precario. Casi nadie tenía coche ni televisor; nadie tenía celular. Para hablar con Mar del Plata había que pedir turno a la operadora de larga distancia. Y aun con tantas carencias disfrutábamos de un bienestar extraordinario: la pelota de trapo, las tres películas de piratas en la sección matiné, las batallas de agua en carnaval, las peleas del viernes por la noche en el club del barrio.
Fue muy bonito aquello. Si pudiera darle un nombre lo llamaría libertad. Seguridad. Ausencia de peligro. Vagancia creativa. Los grandes fantasmas existían: eran la polio, la rabia, las revoluciones. Nunca oímos hablar de una pareja divorciada. De un adolescente internado por drogas. De anorexia, ataque de pánico, estrés, depresión. De hombres golpeadores o mujeres infieles. Es cierto: vivíamos una existencia provinciana y burguesa, en cuyo transcurso los padres nos ocultaban cuidadosamente los dramas de la vida.
Son los mismos dramas que hoy nuestros hijos se saben de memoria. O por lo menos es lo que suponemos, porque los chicos van a bailar a las 2 de la mañana y vuelven a las 9, con lo cual cada familia vive en dos tiempos. No tenemos mucha idea de lo que pasa en "el otro mundo". Cada año, la camada de adolescentes que termina la secundaria parte en vertiginosas caravanas de 100 o 200 individuos a Bariloche para vivir su primera borrachera, su primera relación sexual y su primera noche en el calabozo.
Cuando cumplí los 15 años, conocí a una rubia de trenzas, de la misma edad, llamada Brunilda. Le pregunté si quería acompañarme a tomar un helado a la Casa Faín, frente a la estación de Ramos. "Mi papá no me va dejar", respondió, fatalista. A los dos días pasé por la puerta de Brunilda y la saludé tristemente. Ella, con una sonrisa ancha, no quiso dejarme ir: "¡Mirá que mi papá me deja! ¿eh?".
Pido perdón a los progresistas, a los psicólogos, a los sexólogos, a los tántricos y a todos los sabios en general. Según mi modesta apreciación, la inocencia de antes era mejor.
* El autor es periodista y escritor






