
Básicos o enroscados
Ellas se fueron volviendo fuertes y muchos de ellos cedieron al encanto de la debilidad
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Mi amiga tiene cincuenta y pico, y se dedica al coaching empresarial. Cada tarde, a la misma hora, corre en la cinta de un gimnasio de Las Cañitas acompañada por una clienta de 36 que también es vecina del barrio, que aprovecha la coincidencia y que no deja de contarle sus conflictos sentimentales sin perder el aliento. La joven es muy habladora y desinhibida, y a veces mi amiga se desdobla y piensa en mí: se imagina qué pasaría si tras los espejos funcionara una cámara Gesell y yo estuviera tomando apuntes de todo el espectáculo. "Te harías un festín", me asegura.
Al revés que su clienta, mi amiga ha pasado por varios matrimonios, convivencias y amoríos, y tiene fatiga de combate: ya sabe tanto de los hombres que los ve venir, detecta sus trucos y mentiras, y está harta de las primeras citas donde debemos contar nuestra biografía esencial. "Sería más práctico y menos aburrido entregarles antes un folleto", dictamina. Su clienta, en cambio, todavía se encuentra en esa etapa del camino donde las damas intentan vanamente descifrar la conducta de los caballeros. Está harta de los tipos enroscados y busca un básico. No le ha ido bien con sus tres novios importantes, lista en la que incluye a su ex marido, que era un tipo sensible. Durante décadas, las hembras intentaron dos cosas: conquistar el mundo del trabajo y lograr que los machos alcancen la inteligencia emocional. Se hizo su voluntad, aunque con indeseados efectos colaterales: ellas se fueron volviendo fuertes y muchos de ellos cedieron al encanto de la debilidad. Las mujeres se acostumbraron a tomar la iniciativa, y algunos hombres se refugiaron en una apatía babosa, transformados en esclavos de la inseguridad y la duda.
Su esposo tenía muy baja autoestima y la perseguía por los recovecos de la Web en la certeza de que ella le pondría los cuernos. Se debe tener cuidado con esos temores proyectados, porque a veces derivan en profecías autocumplidas. La mina se enganchó con su jefe directo, alguien irresistible precisamente por lo contrario: no era celoso, sino enigmático; vivía ensimismado, fabricando ambigüedades. Ella se separó para hundirse en esa excitante incertidumbre del resbaloso. Saltó por lo tanto de la sartén al fuego: ahora leer sus intenciones profundas le resultaba imposible, y organizaba ateneos maratónicos con sus amigas íntimas para que la ayudaran a comprender las crípticas señales. El jefe se mostraba apasionado, dubitativo y distante al cabo de una sola y neurótica jornada. Era separado; quería convivir con ella y a la vez no quería perder su libertad, y cada tanto salía de su burbuja autorreflexiva y le sugería que trataran de verse objetivamente desde afuera para no equivocarse. Cuanto más se escapaba más tenía a su amada rendida a sus pies, pendiente de sus gestos, siempre lista e incondicional. A ella el sufrimiento le salió muy caro: le descubrieron un quiste en un ovario y mientras esperaba el resultado de la biopsia se dio cuenta de que estaba somatizando el largo desasosiego. Era benigno, pero la malignidad de esa relación quedó consagrada. Hizo de tripas corazón, y renunció a su trabajo y a su lacónico amante.
Mi amiga, que tiene formación psicoanalítica, quiso saber qué características había tenido su primer novio importante. La adolescencia es la patria del amor; todo lo que sucede allí nos deja marcas, nos formatea el disco rígido de los sentimientos románticos. El primero también era un hombre enroscado, un nene de mamá acostumbrado a ser adorado sin límites, un monarca con baja tolerancia a la frustración, un galán carismático que lograba siempre ser el centro de toda la atención y que irritaba con sus antojos extravagantes. Un día descubrió que era imposible cambiarlo y que ella no podía ser su nueva madre. Con todo el dolor del alma echó a correr. "Por eso hoy necesito un pibe simple, al pan pan y al vino vino –suplica en la cinta–. Alguien que no sea histérico ni conflictuado, un hombre seguro de sí mismo que te quiera sin vueltas." Mi amiga sonríe para adentro y piensa: "Ah, claro, ¿y quién no quiere eso? Lo jorobado es que luego no nos basta. Cuando está callado le preguntamos qué está pensando, cuando está viendo un partido le decimos tenemos que hablar y cuando plantea sus gustos queremos cambiarlos porque nos parecen horribles o ramplones".
Durante las vacaciones de invierno, esquiando en Bariloche, parece al fin encontrar lo que busca: un básico irreprochable y bien plantado. No un machista ni un animalito de Dios, sino un hombre convencional de gustos sencillos y convicciones firmes. Amante de los deportes, amiguero y asador, resulta que el ejemplar le lleva quince años, pero físicamente no los aparenta. Es divorciado y dueño de una próspera tienda de artefactos lumínicos: raro que te deje a oscuras.
Decente, leal, limpio, libre de pensamientos negativos y optimista por naturaleza, el bendito insinúa desde el comienzo su propuesta tácita: "No tengo ninguna pasión, salvo quizás amasar el dinero con que agasajarte y convertirte en mi reina". Sí, este sujeto ofrece un reino, y entonces ella se enamora no tanto de los oropeles, sino de su ideología básica, que encaja de manera milagrosa con que ha pregonado en tantas sobremesas y después de tantos resbalones y caídas. Este modelo masculino le conviene a su abollada conciencia: aprendí la lección, no tropiezo siempre con la misma piedra, puedo ser otra.
La relación cobra una dinámica alegre y acelerada. A los pocos meses improvisan una convivencia. No hay sorpresas desagradables, el candidato confirma a cada rato ser quien dice ser. Y sobre todo, ser de una pieza. Las confidentes de la reina consorte celebran su suerte y fantasean sacarse también ellas la lotería. Sin embargo, acostumbrada al tormento amoroso, la susodicha parece mosqueada, tiene un mal pálpito. No puede creer que su flamante pareja se agote en esa existencia clara y apacible. Se imagina cosas horripilantes y placeres prohibidos, y enseguida se arrepiente. Pero como es obsesiva se mete en el mundo digital y lo vigila, y al no encontrar nada sospechoso sube la apuesta y pide un informe en el Veraz, y al final contrata un seguimiento completo. No hace más que tirar la plata. El iluminador de su vida vuelve a probar que es completamente inocente.
Al poco tiempo viajan a Miami. En Bal Harbour, una tarde de sol naranja, ella comienza a verlo bajo una nueva óptica. Su encantadora previsibilidad delata de repente el aburrimiento. Su paladar prosaico, un gesto de chatura. Su simpática simplicidad, un espíritu rústico. A ella nunca le interesaron el cine, ni el arte ni la lírica, y sólo ocasionalmente asistió a teatros, pero de pronto le suena censurable y bochornoso que él se refugie en los estrenos de Hollywood, que se sienta desconcertado en el Malba, que se quede dormido en el Colón y que se resista a las salas de la avenida Corrientes.
De un día para el otro, ella está harta de las pastas y de la parrilla criolla, y lo obliga a probar platos hindúes, tailandeses y vietnamitas. Y no se contenta con que los pruebe, también pretende que le gusten. Nunca se le dio por lo espiritual y trascendente, pero inopinadamente quiere arrastrarlo a seminarios de budismo y a talleres de relajación, mandalas y sonidos.
Las cosas entran en un tobogán peligroso y comienzan las discusiones estúpidas. Y eso paradójicamente le trae un cierto alivio. Descubre que la falta de conflicto le producía un síndrome de abstinencia. Antes era feliz en la tempestad; se había habituado a gozar del sufrimiento, que es tan prestigioso. Un capitán se agiganta en el tifón y se empequeñece en la calma chicha. El peligro y la desdicha pueden también provocar adicción en las actrices de carácter. Por esa razón, los canallas y los desvalidos tienen más suerte con las mujeres. Es que los normales y los buenos no deben ser rescatados ni regenerados. "¿Qué gracia tiene si no presentan un desafío, si no podemos ejercer nuestra abnegada omnipotencia?", le pregunta mi amiga mientras elonga. "No sé –responde la aludida, mordiéndose las uñas–. ¿Será que ahora necesito un básico enroscado?"






