
Etiopía produjo el 90% de los récords mundiales en atletismo y sus mejores deportistas provienen de un poblado de 17.000 habitantes, en el que todos corren, en general descalzos, porque el entorno los obligó a adaptarse.
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Por Pablo Corso
El 10 de septiembre de 1960, un hombre descalzo corrió 42 kilómetros en dos horas, 15 minutos y 16 segundos por las calles adoquinadas de Roma. Se llamaba Abebe Bikila, era etíope y se convirtió en el primer subsahariano en ganar el oro. Además de lo obvio, la hazaña tenía un par de facetas emocionantes. Bikila lanzó su ataque final a la altura del Obelisco de Axum, que el régimen de Mussolini le había expropiado a su país. Y solo seis semanas antes había pasado por el quirófano para una operación de apendicitis.
Desde su aparición, Etiopía ganó 44 medallas olímpicas en carreras de 3.000 metros o más. Junto a los keniatas, sus atletas tienen el 90% de los récords mundiales. En el Gran Valle del Rift están los mejores entre los mejores. En el corazón del valle, la joya del deporte etíope: Bekoji, el pueblo de 17.000 habitantes que produjo 16 medallistas en 20 años. Entre ellos, superestrellas como Kenenisa Bekele (ganador de tres oros, récord en 5.000 y 10.000 metros) y las hermanas Dibaba: Tirunesh (doble oro en Pekín, oro en Londres y récord en 5.000), Ejegayehu (plata en Atenas) y Genzebe (récord en 1.500 y candidata en Río).
Trescientos kilómetros al sur de la capital, Addis Abeba, casi todos usan zapatillas de running en ese enclave de campos frondosos y montañas verdes que vive del algodón y el café. Cuando amanece, los bosques de eucaliptus empiezan a poblarse de atletas amateurs y profesionales. “Los chicos se levantan temprano para correr. Los padres no se sorprenden, pero en el pueblo vecino me preguntan si nos volvimos todos locos”, dice el entrenador y factótum Sentayehu Eshetu en el documental Town of Runners.
No se volvieron locos; se adaptaron. En un lugar donde casi no hay autos y la comunicación es limitada, muchos están acostumbrados a moverse junto a sus cabras y caballos para ir de un lugar a otro. La vida rural genera personalidades fuertes y disciplinadas necesarias para los competidores de larga distancia. El aire liviano de la montaña es otro factor crucial. Entrenar en altura (Bekoji está a 2.800 metros) sirve para producir glóbulos rojos adicionales y consumir oxígeno en forma más eficiente. Al bajar al llano, todo se facilita. El suelo complementa el asunto. Los corredores zigzaguean entre los árboles y usan las raíces como una pista de obstáculos.
Cazatalentos
“Puedo detectar un gran atleta con solo mirarlo”, asegura Eshetu, que hace foco en cinco factores –biotipo de torso corto y piernas largas, buena salud, técnica, postura y disciplina–, pero sabe que “lo primero es el deseo”. No hace falta demasiado para despertarlo. Más allá del orgullo de no haber sido colonizada por europeos, Etiopía es una nación asociada al hambre y la guerra. El 40% de la población vive bajo la línea de pobreza. Pero entre premios, patrocinio y apariciones en torneos, Tirunesh Dibaba ya ganaba US$ 500.000 por año antes de sus medallas.
Cuando todavía era un maestro de escuela, Eshetu descubrió a Derartu Tulu, que en Barcelona 92 se convirtió en la primera africana negra en ganar el oro. Cuatro años después, en Atlanta, Fatuma Roba –también bajo su ala– fue la primera del continente en triunfar en la maratón. Las superestrellas de Eshetu generaron un efecto cascada entre los jóvenes de Bekoji.
Hoy, su gurú los hace entrenar entre el valle, la montaña y la pista. Es meticuloso: tiene los datos y los récords de cada uno sin importar edad o talento. Con una mística que combina accesibilidad y profesionalismo, señala errores y da consejos individuales, pero sobre todo motiva. Exige una dieta alta en carbohidratos (trigo, papas y el besso, un batido a base de cebada) y descanso entre sesiones. Las citas y el alcohol están prohibidos. Cada año selecciona a los 20 varones y las 20 mujeres que más tarde se unirán a clubes de running para seguir la ruta profesional.
El fenómeno Bekoji llamó la atención de Yannis Pitsiladis, profesor de ciencia del deporte y experto en antidoping para el Comité Olímpico Internacional. En el Proyecto Sub2, el genetista australiano busca los talentos más prometedores para su plan: apelar a la ciencia para bajar las dos horas de maratón en 2019 (el keniata Dennis Kimetto fijó el récord de 2:02:57 en 2014). Los corredores que se someten a los estudios llevan una máscara y un arnés que miden su capacidad de oxígeno. El experto mide, saca conclusiones, corrige y vuelve a empezar.
Algunos prefieren, como Bikila, seguir corriendo descalzos. Pitsiladis sabe que el costo aeróbico se incrementa un 1% por cada 100 gramos de zapatilla; por eso, está probando una zapatilla minimalista, apenas una película que cubre la planta del pie, para encontrar la pisada ideal. Pero esa pisada tiene un contexto. Es muy probable que el primer atleta en bajar las dos horas, en cruzar ese umbral de resistencia, haya nacido en una aldea de altura en África Oriental y el sea hijo de un granjero que creció corriendo para ir a la escuela o arreando cabras por la montaña. Un chico o una chica de torso corto y piernas largas que sueñen con ser los próximos Bekele o Dibaba.
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