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Hoy te invito a explorar el tema de la exigencia que nos imponemos a nosotros mismos. ¿Qué le sucede a una persona que se autoexige? Que su valor depende de su rendimiento. Como resultado, vive el descanso como un problema. Siente que todo el tiempo tiene que producir y lograr cosas.
Pero cada logro del autoexigente parece no ser suficiente. Siempre le falta, como solemos decir, “la moneda para el peso”. Y, cuando finalmente llega a la meta: cuando alcanza el 10, lo transforma en 1 nuevamente. Es decir, en un punto de partida. De alguna manera, convierte ese logro en nada, porque, una vez alcanzado, pierde su valor. “Sí, lo logré, pero no es algo importante”, expresa.
¿Y qué ocurre con el error? Para el perfeccionista, el error es una condena porque tiene un “yo cruel” que hace que se hiera a sí mismo: “Te equivocaste, ¡sos un desastre!”, se repite. Un descuido es una condena. Una palabra mal dicha es una condena. Vive bajo un estado de condena permanente porque autoexigirse no significa perseguir la excelencia.
La exigencia hacia uno mismo es una voz interna teñida de crueldad que nos conduce a vivir comparándonos con los demás.
Ahora, la exigencia normal es positiva, porque nos ayuda a crecer y a mejorar en la vida; en cambio, la hiperexigencia (hacia uno mismo y hacia los demás) es totalmente negativa. Es una especie de condena perpetua. Por eso, necesitamos amigarnos con el error, celebrar nuestros logros y disfrutar el descanso. Descansar no es una recompensa o un premio por haber conseguido algo. No tenemos que ganárnoslo ni merecerlo: es parte de nuestra vida.
¿De dónde nace la autoexigencia? Del deseo de no equivocarse. Porque el gran temor en el corazón de un perfeccionista es pasar vergüenza. En el fondo, es una persona muy insegura. Esta es su forma de funcionar: si logra algo, lo minimiza: “No fue nada”; y, si se equivoca, se castiga. Entonces, nunca logra estar en paz.
Quiere que todo salga perfecto para evitar las críticas, porque, si lo critican o lo dejan de lado, siente vergüenza. He aquí el gran nudo psicológico de la autoexigencia. Sin embargo, debemos comprender que, mientras fijemos nuestra atención en aquello que nos falta, viviremos frustrados e infelices. Y, lo que es peor, intentaremos controlar todo y a todos.
Pero a nadie le gusta sentirse controlado. A mitad de la vida, la libertad comienza a valorarse como nunca antes y, a partir de los 45 o 50 años, tendemos a alejarnos de las personas controladoras. Por eso, si somos exigentes e intentamos controlar a quienes nos rodean, corremos el riesgo de dañar nuestras relaciones.
Necesitamos disfrutar más y exigirnos menos. Compartir más y controlar menos. Darnos, y dar a otros libertad, porque es uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecernos. Es maravilloso compartir la vida con gente libre, que se acepta a sí misma y acepta a los demás sin intentar formar a nadie a su imagen y semejanza.




