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Buenos Aires en flor

Son muchos los porteños que, en las distintas estaciones, esperan ansiosos que florezcan los árboles de la ciudad. Una acuarelista pintó esa floración, trazando así una suerte de calendario que emana belleza y luminosos colores durante todo el año
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21 de diciembre de 2003  

Hay quienes cuentan los días para que lleguen las vacaciones, un hijo, el amor, la salud, un trabajo, Papá Noel, dinero, ese email. Algunos esperan el frío y otros, el calor. También hay hombres y mujeres que aguardan ansiosos que florezcan los árboles de Buenos Aires.

La acuarelista Cristina Coroleu pertenece a esa tribu. Ella se sienta en su taller a esperarlas. Y si se atrasan o se adelantan, como suele pasar en esta época de profundos cambios climáticos, ella se inquieta. Tanto que es capaz de correr hasta el Jardín Botánico y, muy preocupada, increpar a los estudiosos:

-¿Qué pasa con el lapacho que no florece? ¿Cuánto le falta?

Ellos la entienden, igual le explican, por las dudas, que no son los culpables, que las flores dependen del agua, del calor.

Aunque no es matemático, los árboles se manejan con cierta puntualidad. Incluso, se podría armar un calendario con las especies más numerosas y visibles, que se turnan, mes tras mes, para pintar la ciudad de distintos colores. En noviembre, al Este y al Oeste, una flor y otra flor celeste, Buenos Aires es color jacarandá. Diciembre es el mes de la tipa, esa de tronco oscurísimo y gran porte, que deja caer sus minilágrimas amarillas en las veredas, € y provoca reacciones ciudadanas. La lista sigue todo el año.

Los hinchas de la floración de Buenos Aires quieren que los demás la registren, la disfruten, y si es posible, que también se hagan hinchas. El historiador Félix Luna, por ejemplo, es un fanático del lapacho de la avenida Figueroa Alcorta y Castilla, y cada año manda una carta de lectores a La Nacion cuando el árbol está por florecer. En septiembre de 2001, plena crisis, escribió: "Hasta la semana pasada estaba mustio y melancólico. Parecía enteramente muerto. Pero ahora, el lapacho que plantó Martín Ezcurra en la esquina de Mariscal Castilla y Figueroa Alcorta ha empezado a florecer. Pronto, el colorido de sus campanillas iluminará ese lugar. Celebremos estos brotes de vida. Y hagámoslo imaginando que es una metáfora del país".

Sus cartas, por lo general, tienen réplicas de otros fanáticos, que cuentan cuál es su lapacho del alma, o despotrican porque una publicidad callejera lo tapa.

En el taller de Coroleu, una antigua casa Tudor de Belgrano R, entran ráfagas del perfume dulzón de los tilos. La pintora está sentada, toma té de jazmín y dice: -Mi trabajo es un homenaje a Thays, un verdadero poeta.

Charles Thays (1849-1934) fue un visionario. Este paisajista francés llegó a la Argentina en 1891. Luego de ganar por concurso la dirección de Parques y Paseos de la Ciudad de Buenos Aires, se dedicó a mejorar plazas y proyectar parques públicos y de numerosas estancias del país. Entre otros, el parque Tres de Febrero. Para elegir las especies de árboles que plantaría, Thays viajó por el norte del país, de donde trajo tipas, lapachos y jacarandaes.

La acuarelista Coroleu es tan apasionada por la floración de Buenos Aires que ya escribió un libro que publicará próximamente, hizo postales, creó una escuela que lleva ese nombre y tiene alumnos que también pintan árboles que se expusieron hace semanas en el Botánico.

Pero en todas partes hay apasionados...y no tanto. A Gabriel, de Mataderos, le encanta ir a la feria y comer tamales y humitas debajo de la sombra de las tipas. Mario Méndez, en cambio, un portero de un edificio de la calle Olleros, no las puede "ni ver" porque lo obligan a barrer la vereda tres veces por día. En enero llegarán las flores fucsias del palo borracho, que permanecen varios meses en cartel; en febrero, el jacarandá hace otra rentrée. El palo borracho sigue hasta que el invierno silencia las flores y la ciudad queda en manos del crujir amarronado de los plátanos en julio y agosto. Cuando florece el lapacho se despierta la primavera. En octubre se enciende el ceibo, la flor nacional, y todo vuelve a empezar.

Para saber más

  • www.monumentos.org.ar
  • www.cristinacoroleu.com
  • www.buenosaires.gov.ar
  • CEIBO

    Nombre vulgar: ceibo

    Nombre científico: Erythrina crista galli

    Cuándo florece: de octubre a fines del verano

    Dónde verlo: Palermo, Chacarita, parque Tres de Febrero, plaza Las Heras

    PALO BORRACHO

    Nombre vulgar: palo borracho

    Nombre científico: Chorisia speciosa

    Cuándo florece: enero

    Dónde verlo: avenidas Figueroa Alcorta, 9 de Julio, parque Tres de Febrero

    JACARANDA

    Nombre vulgar: jacarandá

    Nombre científico: Jacarandá mimosifolia

    Cuándo florece: noviembre

    Dónde verlo: avenidas Sarmiento, Corrientes, Chacarita, 9 de Julio. Bosques de Palermo, entre otros

    TIPA

    Nombre vulgar: tipa

    Nombre científico: Tipuana tipú

    Cuándo florece: diciembre

    Dónde verlo: bulevar Olleros, Avda. del Libertador, Mataderos

    LAPACHO

    Nombre vulgar: lapacho

    Nombre científico: Tabeuia Ipe

    Cuándo florece: de septiembre a fines de octubre

    Dónde verlo: Mariscal Castilla y Figueroa Alcorta

    LOAS

    Por Felix Luna

    Las fotografías de Buenos Aires a mediados del siglo XIX muestran una pavorosa ausencia de árboles: la Plaza de Mayo, por ejemplo, sólo ofrece unas líneas de esqueléticos paraísos. Fueron los hombres de la Generación del Ochenta -y antes, Sarmiento- los que llenaron de especies arbóreas las calles y las plazas de la ciudad, y también de la República. Hay que hacer justicia a aquella gente, reconociendo el buen gusto y la variedad de ejemplares que hoy definen el perfil de Buenos Aires.

    Entre la población de árboles porteños, hay dos tipos que me encantan especialmente: los lapachos, de los que no hay muchos, pero todos están magníficamente ubicados, y los jacarandaes, que en primavera visten de violeta a la Reina del Plata. Loados sean quienes tuvieron la visión de arboripoblar la ciudad. Ojalá los de ahora continúen con ese impulso, que no debería decaer. Y esperemos que los porteños sepamos disfrutar esa gala maravillosa que nos acompaña todo el año.

    El autor es historiador

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