
BUENOS AIRES EN RELIEVE
En las callecitas porteñas han brotado, de golpe, montes y sierras, que sumados a las profundas hondonadas de avenidas centrales van dando ritmo a la ciudad. Por fin salimos de la chatura que nos acomplejó durante años
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Roma tiene sus colinas; París, los puentes sobre el Sena; Río, el Pan de Azúcar y el Corcovado; Londres, la torre sobre el Támesis. ¿Y Buenos Aires? Nada. Buenos Aires es una torta chata con sólo tres confites: las barrancas de Belgrano, el parque Lezama, la plaza San Martín.
Hasta estos días, los porteños sólo buscamos compensar estas desventajas comparativas mediante la inacción. Si dejamos calles y avenidas en su estado natural -pensamos-, el mero paso del tiempo (y los camiones) producirá irregularidades, depresiones urbanas respetables, que merezcan en el futuro menciones en la sección atractivos urbanos de las guías turísticas.
Quienes no hicieron nada consiguieron mucho. Ya no son meros pozos para pescadores solitarios, sino extensas hondonadas, como la que decora las avenidas Huergo y Madero, mano que va a Retiro, entre Perón y Tucumán. Deslizarse por ellas con el auto permite apreciar el paisaje desde alturas diversas y remite a deliciosos terrores infantiles en la montaña rusa.
Pero este modo de conseguir relieve es demasiado lento. Hartos de esperar años, los funcionarios pusieron manos a la obra para que el terreno en que se asienta nuestra bella capital tuviera ya mismo las oscilaciones que se merece.
A poco andar, hoy ya las tiene, y de varias clases. En la antes monótona topografía de la avenida Córdoba entre Florida y Callao -y también en Pueyrredón, y mañana será en todas- ha brotado un cordón montañoso, implantado con la excusa de reservar dos carriles al transporte de pasajeros, pero obviamente realizado con criterio paisajístico. Obsérvense la inusual altura y el filo penetrante de esos picos amarillos, desafíos para alpinistas con agallas y mucha experiencia.
Los automovilistas despistados que se vean de pronto en medio de esas alturas conocerán el sabor del vértigo.
Allí, por Córdoba, la irresistible atracción de estas montañitas amarillas ha dejado huellas en muchas de ellas, mordidas, rotas, semidestrozadas por automovilistas que han preferido arriesgarse a un cambio de amortiguadores antes que perderse la visión de Buenos Aires desde esas alturas.
Durante muchos días, a veces durante semanas, hubo otro factor adicional de excitación: en cuadras y cuadras, entre Pueyrredón y Gascón, se hicieron las excavaciones en la franja en la que luego -mucho, muchísimo después- se ubicarían las susodichas montañitas amarillas. Y se dejaron así.
Mediante este sencillo ardid se brindó a los automovilistas la posibilidad de asomarse al precipicio. Es decir: sin costo adicional y sin necesidad de recorrer los 1700 kilómetros que nos separan de Bariloche, los conductores pudieron sentir la adrenalina exasperada que produce manejar alrededor del cerro López.
También se han instalado, en diversos puntos de la ciudad, elevaciones a modo de mesetas que surgen, imprevistas, en el lugar menos pensado. Quienes crean que son sólo lomos de burro destinados a provocar un aminoramiento de la marcha están equivocados. Si fuera así, ¿por qué en una misma callejuela tranquila en las cercanías de Parque Centenario -digamos, en Ferrari, o en Lavalleja- hay tres diferentes, a muy corta distancia? Por utilitarismo puro bastaría una sola. ¿Por qué algunas de ellas no han sido señalizadas, si no es para que surjan en medio de la noche provocando en el conductor la misma clase de sorpresa deslumbrante que causan los grandes fenómenos de la naturaleza?
En días de lluvia, cuando la visibilidad disminuye, la inesperada aparición de esas lomadas provoca brincos considerables, que nos sacan de la monotonía y la rutina a que nos acostumbraron estas pampas.
Para complementar la exhibición de creatividad de nuestros urbanistas, haremos desde aquí algunas propuestas de nuestra propia cosecha. La idea es que Buenos Aires tenga, por fin, relieve.
- Instalar la Piedra Movediza de la calle Corrientes.
- Rampas para saltos ornamentales en la avenida del Libertador.
- Colina del Desperdicio, en la calle Lavalle.
- Volcanes activos en cajas de electricidad desperdigadas por toda la ciudad.
Queda claro que ofrecemos estas ideas a título de contribución gratuita. Señores funcionarios: pueden aplicarlas sin mención del autor. A veces hay que pensar en el interés común. Con esto y otras iniciativas más que expondremos en el futuro le daremos a nuestra bella capital la geografía accidentada que la transformará en sencillamente perfecta.
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