Camila Sosa Villada. "El dinero y la salud no están contemplados en el relato travesti todavía"

Performer, cantante y escritora, se transformó en una de las revelaciones literarias más llamativas del año gracias a su libro Las malas
Performer, cantante y escritora, se transformó en una de las revelaciones literarias más llamativas del año gracias a su libro Las malas Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Pini
Violeta Gorodischer
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23 de noviembre de 2019  

"Yo sabía que vos eras de verdad". Eso le dijo Juan Forn, reconocido escritor, periodista y editor, a Camila Sosa Villada al leer lo que ella le había mandado por mail desde su Córdoba natal. Forn había visto a Camila en una charla TEDx en la que ella contaba la experiencia de tener una doble vida (estudiante universitaria de día, prostituta de noche) y hablaba del sostén que encontró en otras chicas trans que la llevaron a trabajar con ellas y en quienes halló no solo protección sino también un vínculo más fuerte que cualquier otro. Fascinado, el editor se cruzó a Camila en un festival literario en La Cumbre y ahí nomás le propuso que le mandara "lo más raro que hubiera escrito". Así fue como nació Las malas, un libro que finalmente fue publicado en la colección Rara Avis de Tusquets, en el cual Camila describe una comunidad travesti que cobra vuelo con su mirada, con su poesía, con escenas donde hay bebés cobijados por la casa trans, y chicas a las que les crecen plumas, y otras que se vuelven lobisonas, y una libertad creativa que revisita el realismo mágico y corta el aliento.

Camila es, en efecto, una "rara avis" para los amigos del encasillamiento. Trabajó de noche en el Parque Sarmiento y al mismo tiempo estudió Comunicación en la universidad. Protagonizó la película Mía, dirigida por Javier Van de Couter junto a Rodrigo de la Serna. Escribió el libro La novia de Sandro y el ensayo El viaje inútil. Canta y actúa y entrena todos los días. Es performer y locuaz. No utiliza frases hechas. Y la lista podría seguir indefinidamente.

Invitada al último Filba (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires), Sosa Villada llamó la atención por un acento mexicano que nadie se terminaba de explicar. Sentada a la mesa del hotel en el que se aloja de visita a Buenos Aires para un ciclo literario, mantiene el mismo tono y en momentos de puro histrionismo parece salida de una telenovela mexicana.

-En el libro revisitás el realismo mágico: ¿cuáles fueron tus influencias?

-Frida decía que la trataban de surrealista pero ella pintaba su pura realidad. A mí me pasa algo parecido: era una especie de surrealismo ese mundo travesti que yo habitaba y verdaderamente éramos como animales: unas eran como pajaritos, otras eran como lobas, ocurrían milagros. No puedo decirte que yo haya elegido una vuelta al realismo mágico a pesar de que uno de mis primeros amores literarios fue García Márquez, luego lo que quedó tal vez ya era producto de un aprendizaje que yo había hecho.

-Cuando una ficción juega con el registro biográfico y utiliza la primera persona, como en Las malas, muchos lectores asumen que eso que se cuenta es la realidad del autor. ¿Te leen de esa forma?

-Sí. Yo creo que es un poco de analfabetismo lector. Al principio salí a aclarar que esto no era mi vida, hasta que al final, ante preguntas del tipo "¿Esto pasó así?", yo opté por responder: "Mira, eso no te lo voy a contestar, yo quiero colaborar con el misterio, no con la obviedad". Hay poca lectura, ¿no? Yo he leído muchísimos libros de escritores que narran en primera persona, incluso algunos que están basados en vidas reales, y nunca se me ocurriría preguntarles eso. Me dicen: "¿Y tus padres como se tomaron el libro?" Ay Dios mío, ¡qué bajón! (risas). A mí cuando era muy pequeña me tocaba enfrentarme con moles de ignorancia, y eso me da mucha impotencia, sobre todo en un país en que la cultura ha perdido su batalla, culturalmente estamos perdidos. No tenemos un punto de apoyo. pensaba por ejemplo en los mexicanos, en su relación con la comida, ahí ya tienen arte, oficio, artesanía, todas las cosas buenas de una cultura están ahí puestas.

-A propósito: ¿cuál es tu relación con el acento mexicano?

-Es muy poético, tú puedes decir cualquier cosa y todo suena bello. Permite otros ritmos, otras inflexiones. Lacan dice que los mexicanos tienen una relación erótica con su lengua. Al haber salvado muchas lenguas que estaban antes de la colonización, y fusionarlas, hay algo muy fuerte, fluido con el lenguaje.

-¿Cómo te sentís hoy al verte en aquella charla TEDx que diste?

-¡La odio! Me molesta la compasión. Los heterosexuales se permiten sentir compasión por un dolor que ellos mismos nos causan a nosotras. Se dan ese permiso. Y lo que nosotras necesitamos es trabajo, que compren mis libros, que aprendan de una sabiduría ancestral que es la de las travestis. Y ellos lo único que pueden ofrecernos es pena. Yo no menciono el cuerpo como dolencia, aunque sí me pareció importante hablar de una comunidad, tanto en la charla como en el libro. Lo de tener que dar un mensaje esperanzador y constructivo lo veo fatal. Cuando me invitaron no sabía ni de qué se trataba, pero luego no me gustó. Y ni siquiera me sirvió para nada; no me llegó nada de la charla TEDx más que comentarios lastimosos de la gente, "cómo me hiciste llorar" y qué se yo, que yo no lo soporto.

-¿Qué opinás del feminismo y sus debates respecto de la inclusión o no de las chicas trans?

-A las que nos niegan a las travestis, yo les entrego todo. ¿Tú quieres que yo no me nombre mujer? Pues me nombro de otra manera. Lo que sí puedo decir, es que a partir de la visibilidad del feminismo en la Argentina hubo algo que a mí me hizo entender que no debía tranzar más con algunas cosas. Entendí que era un buen momento para las mujeres, no el mejor, pero sí un buen momento. Yo solo tengo gratitud en cuanto a todos los aprendizajes que he ido haciendo, respecto del cuerpo, respecto de lo masculino, lo femenino. Y puedo decirte que el transfeminismo es muy interesante: es una ética distinta, enriquecida por la mirada de las travestis.

-¿Qué es lo que más cambió en tu vida el último tiempo?

-Noto una sustancial diferencia en mi modo de estar en mi casa y en el mundo desde que empecé a recibir dinero a través de la literatura. Empecé a cobrar derechos de autor de Las malas, me invitaron a lugares, y eso hizo una diferencia grande. Yo vivo humildemente, no en el modo, porque soy muy arrogante y narcisista, pero sí llevo una vida humilde. Voy al trabajo en bicicleta, no tengo lujos, ni me importa la marca del celular, me coso mi propia ropa. De todas maneras, entendiendo que no es en el derroche por donde pasa una vida, estoy mucho más tranquila si tengo dinero en mi caja de ahorro. Y eso es muy fuerte, porque nunca se nos ha permitido hablar de dinero a las travestis, tenemos una relación con el dinero que es la de la miseria, juntar el dinero para pagar la piecita de la pensión, para ponernos las tetas, ese es el relato que se visibiliza. Y yo digo no: hay que empezar a hablar de dinero, y de salud, dos cosas que no están contempladas en el relato travesti todavía. Yo ahora le presto mucha atención a mi cuerpo, qué como, qué bebo, cómo me cuido, cómo entreno para tener una vejez más placentera. Hay que empezar a hablar de esto, ya luego veremos cómo se lo gestiona cada una, pero hay que visibilizar esto. Dejar el discurso lastimoso y decir estamos aquí, queremos vivir bien. Y ojo, que esto hace tres años no me pasaba. Yo hoy troto 11 km tres veces por semana.

-¿Te analizás?

-Sí, para mí el psicoanálisis es de las cosas más revolucionarias que existen: es pensar que la palabra tiene un poder. Yo llegué a terapia muy rota, muy triste, así me senté en el diván de mi analista, y ahí empecé a hablar y ella me empezó a escuchar con atención, con afecto, sin conmiseración. Eso para mí fue maravilloso: "Alguien está escuchándome hablar, está prestando atención a mis palabras". Fue revelador. En el análisis entendí que me estaba empezando a parecer a la idea que tenía de mí misma.

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