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Ceremonia de los Oscar: un refugio que la pandemia también se llevó

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Tengo un recuerdo muy vívido de mis años universitarios, allá por la segunda mitad de la década del setenta y principios de la siguiente. En un año que no puedo precisar, probablemente 1979, uno más, uno menos, por primera vez la televisión argentina transmitió la entrega de los Oscar. Era estudiante de biología, pero el cine, la música y cualquier otra cosa excepto el estudio riguroso y metódico me atraían y me distraían. Con un grupo de compañeras –yo era el único varón interesado- al día siguiente de la ceremonia comentábamos excitados las increíbles coreografías, el desfile de famosos, los chistes del anfitrión. Además de todo lo que ya sabemos, eran para la Argentina años de una chatura cultural enorme y aquel par de horas que nos regalaba la televisión resultaban una ventana a un mundo maravilloso, hecho de artificio e ingenio. No eran solo las películas sino la forma en que Hollywood se celebraba a sí mismo: frivolidad no exenta de inteligencia festejando a una industria no desprovista de arte.

Con el tiempo, la transmisión se impuso como una fecha fija en el calendario de los argentinos y del resto del mundo. Esa conjunción entre farándula, arte y deporte (el momento en el que en el cine hay ganadores y perdedores) resultaba irresistible. Durante un buen rato, y más allá de sobreactuaciones, discursos solemnes y películas decepcionantes, la conexión con ese mundo especial funcionaba perfectamente como un descanso de nuestras dificultades cotidianas.

El brillo y la alfombra roja, las coreografías, las canciones nominadas y el carisma magnético de las estrellas siempre convivieron con una necesidad de los asistentes a la ceremonia de mostrarse ante el mundo como personas sensibles Desde hace no mucho ese equilibrio se rompió.

Lo que la nueva era se llevó

Primero fue la dificultad de encontrar un conductor al que no se le encontrara en algún momento de su carrera un chiste o comentario que no se considerara ofensivo. Los que pasaron la prueba hacían sus monólogos con tanto miedo de ser cancelados (todavía no se usaba esa palabra, pero sí se conocían sus efectos) que el filo y el sarcasmo habían desaparecido. Las identificaciones con una causa (cintitas de diversos colores), los discursos bienpensantes, las nominaciones y premios de películas de temáticas graves se convirtieron en elementos que marcaban el tono de la ceremonia. Ya en los últimos años, la reacción antiTrump del mundo del cine, el #MeToo y la cultura woke terminaron de inclinar la balanza.

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El desbarranque final fue de la mano de la pandemia, en la ceremonia del último domingo. Producida por Steven Soderbergh, un cineasta inquieto y lleno de energía, lo que se pudo ver en la premiación fue lo contrario de esas virtudes. Estática, solemne, desprovista de humor e imágenes, cargada de “buenas intenciones” y aterrada de faltarle el respeto a alguna víctima, ya no solo del virus sino de alguna condición minoritaria de carácter étnico, sexual o imaginario. La humanidad, harta de encierros y de incertidumbres, necesitaba un entretenimiento que la sacara de su cotidianeidad, pero Hollywood ya no está para esas frivolidades. El escapismo ya no es lo suyo.

El evento fue el menos visto en mucho tiempo, menos de 10 millones de espectadores en EE. UU., la cuarta parte de lo que llegó a tener. La paralela reacción en las redes fue unánime. Aburrimiento, irritación, fastidio, y la frustración de dejar pasar la oportunidad de entregarse a la vieja y querida frivolidad.

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Uno de los momentos más esperados de cada ceremonia es el recuerdo de los fallecidos del espectáculo en el último año, el “In memoriam”: una sucesión de imágenes que incorporaba retratos y clips de películas, finamente editado y musicalizado adecuadamente. Es una sección que no necesita demasiada introducción, pero la encargada de hacerlo, la bellísima Angela Basset, de manera muy solemne en un demasiado largo monólogo prácticamente pidió disculpas por recordar a los muertos de su comunidad de artistas y técnicos de la industria, y tuvo que integrarlos con los muertos por la pandemia, por la violencia policial, por el odio y el racismo, etc. De los cuatro minutos y medio que duró el homenaje, la tercera parte fue la presentación de Basset. Luego, una sucesión apurada y perezosa de retratos de los homenajeados acompañados por una canción de Stevie Wonder que no parecía la más apropiada. Todo este trámite desbalanceado careció de fragmentos de películas, a pesar de que la lista incluía a maestros de la historia del cine, como Max Von Sydow, Christopher Plummer, Sean Connery y Olivia de Havilland, entre otros.

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Un refugio que dejó de ser

La consciencia que ha tenido siempre la industria de Hollywood respecto de que los Oscar son su presentación ante el mundo ha tenido consecuencias: las comedias no son apreciadas, las películas de género menospreciadas. La temática es más importante que su factura y en los últimos tiempos la necesidad de equilibrar en género y etnia a los galardonados ha primado sobre cualquier otra consideración estética. Sin embargo, hasta hace no tanto, algo de refugio de las miserias del mundo nos era provisto esa colonia de millonarios talentosos. Éramos felices en aquel entonces, pero no lo sabíamos.