
CHARLIE BROWN Y CALVIN, DE PUNTA A PUNTA
Tienen aire de familia, casi como el que une a un padre con su hijo. Son las dos historietas más copiadas del mundo
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En el libro con el que, hace cinco años, Charles M. Schulz festejaba los 45 años de su célebre tira humorística, contaba la siguiente anécdota de su niñez: "Mi papá me cortaba regularmente el pelo en su peluquería. A veces, sin embargo, un cliente importante aparecía antes de que terminara su trabajo conmigo. Entonces me pedía que me sentara sobre el mostrador hasta que terminara con ese cliente. Siempre me sentí terriblemente avergonzado por tener que quedarme allí con un corte a medio terminar".
Una de las múltiples cosas que inventó Schulz fue que los adultos, papá y mamá incluidos, jamás aparecieron en su historieta, la ya cincuentenaria e inmortal Peanuts. Pero allí, sentado en el sillón de peluquero de papá, aparece Charlie Brown, rogando que ningún cliente importante entrara por la puerta.
"Estoy confundido, pa -le dice Charlie (¿Brown o Schulz)-. Me parece que lo que yo quisiera preguntarte es si sabés algo acerca del amor. Pero me imagino que no sabés. Estás demasiado ocupado aquí, en tu peluquería..."
Charles M. Schulz es hoy un hombre juvenil para sus setenta y pico de años y -cosa sorprendente para quien edificó un imperio que incluye films y ventas millonarias por el mundo con las aplicaciones de sus personajes- sigue dibujando cada mañana el episodio diario de su tira, como lo hizo siempre.
"Siempre me sorprenden las preguntas de mis lectores. "¡Oh! -exclaman algunos-, ¿todavía sigue usted dibujando sus propias tiras?" Esta es probablemente una de las cosas más insultantes que pueden decirme. ¿Quién creen que las estuvo dibujando todos estos años?", dice Schulz. Hay otras cosas que lo enojan: "El 24 de agosto de 1992, una reseña del Publishers Weekly decía, para descalificar un libro, que tenía la profundidad intelectual de una historieta humorística. Esa es la clase de frase que puede echarme a perder un día", recuerda con memoria homicida.
Porque Peanuts, como otras muy pocas tiras que en el mundo han sido, conjuga profundidad, calidad literaria y maestría de dibujo, lo que hace riesgoso volverse peyorativo con ella. Además, porque fue precursora de tantísimas otras. Para mencionar sólo a dos de sus descendientes argentinas, habría que hablar de Mafalda, de Quino, y de Matías, de Sendra.
Hoy las ocurrencias de sus monitos parecen habituales. En 1950, cuando comenzó a aparecer Peanuts, no existían personajes de historieta que vivieran y dijeran cosas parecidas. El género siempre tuvo exponentes de inteligencia superior al promedio, pero sus cultores más sensibles buscaron escapar de los límites por la vía del humor surrealista o absurdo. El ratón que apedreaba y al mismo tiempo amaba a Krazy Kat, creado por George Herriman en los años 40, no tenía vinculación alguna con la vida real. Pero el grupo de amigos sin padres ni maestros visibles de Peanuts hacía reír por reflejo, con cierto dejo de preocupación, y tomando como material las dudas, temores y alegrías de un chico de carne y hueso en un mundo en el que manda la incertidumbre.
No importaba que, con el tiempo, el personaje más popular de la tira terminara por ser el perro Snoopy, en el que van a parar todos los componentes fantásticos. Peanuts es humor sobre la realidad, hasta ligeramente psicoanalítico.
A propósito, Schulz -cuyo parecido con Brown es evidente: como le ocurre al dibujito, él también solía perder sus partidos infantiles de béisbol por resultados tan extravagantes como 99 a 0- también tuvo, de niño, un perrito que se llamaba... Snooky. Después, tuvo otro que se llamaba Spike, igual que el primo bigotudo e irresponsable de Snoopy en Peanuts.
"Siempre he tenido gran cariño por los perros, pero también debo admitir que la mayor parte de mi vida también me han dado un poquito de miedo. Siempre me acerco a los perros con precaución, porque no estoy seguro de lo que realmente van a hacer", dice Schulz. Así, Snoopy es verdaderamente el factor sorpresa de la historieta. A veces, desaparece del hogar durante semanas, guiado por el amor de una perrita. Otras, se imagina que es una gárgola, o ataca por sorpresa, convertido en aviador de la Primera Guerra Mundial, a la hermanita de Linus, la temperamental Lucy. Snoopy piensa, lee y escribe, pero no habla. Tiene un vestuario excepcionalmente variado, y su misteriosa cucha de perro es como una caja de Pandora de la que puede salir una heladera, un televisor o cualquier otra cosa.
Snoopy, su primo Spike, Charlie Brown y su hermana Sally -que tortura a las maestras con su candidez demoledora-, Linus el chupadedos y su hermana Lucy, Atilio -pianista y fanático de Beethoven-, Patty Pimienta, el torpe canario Emilio, son una galería increíble de tipos humanos, aunque algunos de ellos ladren o píen. No alcanza con conocer a Joyce: nadie puede jactarse de comprender el arte del siglo XX si no ha leído Peanuts.
Treinta y cinco años pasaron hasta que apareciera otra tira de calidad equivalente. En 1985, Bill Watterson comenzó a publicar Calvin & Hobbes, una aventura gráfica con mucho de poema que produjo otra enorme revolución en el género.
Calvin es un nenito brillante, posiblemente un futuro genio, pero muy crítico y solitario. El mundo exterior -su maestra y sus compañeros de escuela, por ejemplo- son tan amenazantes para él que muchas veces se los imagina como insectos gigantes u otras variantes de una vasta galería de monstruos. No tiene amigos, que de un modo u otro suavizan los fracasos vitales de Charlie Brown, excepción hecha de su tigre de paño, Hobbes.
En Calvin & Hobbes sí aparecen adultos. Cuando ellos están en el cuadrito, Hobbes es dibujado como un juguete. Cuando se queda a solas con Calvin, se transforma en tigre de verdad, hablador y, a la fuerza, aventurero. Comprende a Calvin más que papá o mamá, y es imprescindible para el chico. Una vez que entraron ladrones a casa y desapareció, Calvin entró en estado catatónico.
Watterson juega a fondo con su imaginación y con su medio. Transforma a su antojo los rígidos cuadraditos de la historieta, los hace redondos o desmesurados, explica menos de lo previsible en épocas en que se menosprecia la inteligencia del lector poniendo en su boca sólo papilla debidamente premasticada. Y, sin embargo, tiene un extraordinario éxito. Es, ciertamente, un tipo raro: odia el merchandising, y ha rechazado ofertas suculentas que le permitirían transformar a su tigre en oro.
"El mundo de una historieta humorística -dice- es mucho más frágil de lo que la gente supone. Resulta difícil construir personajes creíbles. Tan difícil como es fácil el destruirlos. Cuando un dibujante vende las licencias de sus personajes, su voz es cooptada por los intereses comerciales de los fabricantes de juguetes, los productores de televisión y los anunciantes. Mi historieta es acerca de las realidades privadas, de la magia de la imaginación y del carácter especial de algunas amistades. ¿Quién creería en la inocencia de un niño pequeño y su tigre si ellos convirtieran en dinero su popularidad vendiéndola en chucherías que nadie necesita?" Una conducta de semejante honestidad revela la altura de un artista. Watterson -cuya primera gran influencia admitida es la de Schulz, como consignamos por separado- cree en la categoría del género que practica, y también en su futuro.
"He escuchado -dice- que los lectores de hoy no tienen la paciencia de leer argumentos ricos y de disfrutar con dibujos bien hechos. Se citan estudios de mercado para justificar la opción por tiras más lineales. Estoy en desacuerdo. Es un error subestimar la inteligencia ajena. Los cómics pueden ser todavía mucho más que lo que son en el presente. Su potencial es extraordinario si los dibujantes aceptamos el desafío de crear siempre nuevos mundos."
Pequeños triunfos
Schulz vive muy feliz en Santa Rosa, California, con su esposa Jeannie y su fox-terrier Andy. "Una vez le hice decir a Charlie Brown -cuenta-: He decidido que probablemente nunca seré un buen estudiante. Nunca voy a ser un atleta. De hecho, creo que es posible que no sea jamás un gran hombre. Entonces, he tomado una decisión. He decidido que voy a dedicar el resto de mi vida a hacer feliz a mi perro. Bueno, esas mismas palabras se las digo yo mismo cada tarde a mi secretaria cuando termino de trabajar y me voy del estudio..."
Gracias a Peanuts
Dice Watterson: "Los libritos de Peanuts son la primera cosa que he leído. Entonces no me daba cuenta de cuán innovadores eran. Ahora, cuando los releo, me sorprenden siempre. Con seguridad, ninguna otra tira de historietas ha presentado un mundo tan cruel y hostil. Las torturas de Charlie Brown por sus constantes fracasos son tan cómicas como amargas, tristes y desesperanzadas. Creo que lo más importante que aprendí de Peanuts es que una tira cómica puede tener hondura emocional y que puede tocar los grandes temas de la vida de modo sensible y perceptivo".






