Clase 1: identificar dónde hacemos foco

Eduardo Chaktoura
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11 de octubre de 2014  

Crédito: Eva Mastroguilio

Puede parecer simple o sencillo, o una pérdida de tiempo comenzar este entrenamiento emocional con la idea de ejercitar nuestro foco de atención. Pero les aseguro que si hay algo que estamos necesitando es volver a sintonizar con lo simple o sencillo, con lo básico y esencial, para retomar el camino del crecimiento y la satisfacción. En este mundo cada día más disperso, celebro la idea de entender el boom de la espiritualidad y/o el crecimiento personal, como la imperiosa necesidad de volver a casa, de volver a nosotros…, de tomar contacto con quien somos y qué deseamos verdaderamente, de encontrarle el sentido.

Y en este sentido, quienes estamos en busca del cambio podríamos coincidir en que identificar dónde solemos hacer foco (es decir, en qué cuestiones invertimos nuestro tiempo, energía y dinero en lo cotidiano) se convierte en un punto de partida positivo y concreto.

Siempre digo que resulta fundamental establecer las diferencias que existen en torno de tres conceptos sustanciales: ver, mirar y observar.

Ver es la capacidad que tenemos todos aquellos que podemos percibir nuestro entorno, gracias a los rayos de luz que alcanzan el ojo. Mirar es dirigir la mirada, percibir, fijar la vista en un objeto. Observar es ir un poco más allá. Es fijar la vista (a conciencia), es tener la posibilidad de descubrir, de recibir y aprovechar una nueva oportunidad. Sin embargo, no se trata de andar observándolo todo.

Así como la luz que el minero lleva en la frente, sujeta al casco que lo protege de cualquier golpe o desmoronamiento, siempre podremos echar luz en medio de tantos estímulos y oscuridades permanentes. La pregunta es: ¿qué estamos buscando; qué información seleccionamos en la búsqueda; cuál sería la piedra preciosa o el tesoro a poseer?

Demasiado esfuerzo hace nuestra mente respecto de todo lo que percibimos cada segundo como para insistir con focalizar en aquello que no hace más que sumarnos estrés e insatisfacción. Podrán contemplar, imagino, la importancia del asunto de hoy: dónde hacemos foco. Comprenderán la importancia de revisar nuestro criterio habitual de selección. En medio de tanta oferta y menú informativo, ¿qué elegimos consumir? ¿Qué temas me interesan, qué personas elijo para relacionarme, cómo me relaciono, cuáles son mis fuentes, cuáles los eventos de los que participo…? ¿Cuál es el sentido?

La vida puede someternos a un sinfín de hechos y condicionantes, pero soy yo quien debo trabajar para elegir, para discernir qué sí y qué no…, qué merece y qué no…, qué es coherente con mi plan o proyecto…, cuánto tiempo, energía y demás vale la pena invertir.

Más allá de las preguntas que nos venimos formulando desde la primera línea, en concreto, el ejercicio de hoy propone reflexionar (y, de ser posible, tomar nota) sobre estos puntos:

1) ¿Qué temas me ocupan (y preocupan) a diario?

2) ¿Hay algo (o alguien en particular) que me obsesiona o demanda demasiada energía y esfuerzo?

3) ¿Qué cuestiones (y/o relaciones) creo que merecen la pena y cuáles no?

4) ¿Puedo tomar conciencia plena de mis criterios de selección y jerarquización? Es decir, de los equis temas o proyectos que tengo en mente, ¿qué (o quién) ocupa el primer, segundo… décimo lugar?

5) ¿Puedo revertir este criterio? ¿Qué me limita o condiciona?

Algo importante: no forcemos la actividad ni las respuestas. Aunque persistamos en la idea de que es una pérdida de tiempo (o de que no tenemos tiempo para esto), algo se habrá activado en quienes hayan llegado hasta aquí.

Hemos dado un primer gran paso.

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