Clase 3: sincronizar los relojes

Eduardo Chaktoura
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9 de noviembre de 2014  

En nuestras clases anteriores nos hemos ocupado de dar dos primeros pasos fundamentales: identificar en qué cuestiones y personas hacemos foco, y cómo priorizamos los temas y las relaciones que nos preocupan a diario. Selección y jerarquización. Llegó la hora de tomar contacto con otro aspecto saludable y fundamental: cómo opera nuestra mente en relación al tiempo. ¿Escucharon alguna vez esto del aquí y ahora (este espacio y tiempo)? ¿Lograron reflexionar al respecto o lo han descartado creyendo que es imposible, que no hay tiempo?

Está quien ha llegado a decirme que "esto del aquí y ahora es una frase hecha, lejana, imposible. Propio de la moda o el marketing espiritual del momento". Sea cual sea tu posición propongámonos, al menos hasta terminar el artículo, o hasta donde nuestro interés nos lo permita, ajustarnos a la lectura y la reflexión (y nada más). A esto que se nos propone en este momento, espacio y tiempo (aquí y ahora).

A lo largo de estas líneas la mente nos sorprenderá con ideas y emociones, así como pueden aparecer en escena otros sentires o pensamientos intrusivos. Así como el corazón late al ritmo necesario para impulsar la sangre a todo el cuerpo, nuestro cerebro late (presente) todo el tiempo al ritmo de la incertidumbre (futuro) y la nostalgia (pasado).

A la hora de sincronizar relojes, este ejercicio gira en torno de la necesidad de ajustarnos a qué nos ocurre en este instante, más allá de que lo que hoy sentimos y pensamos tenga relación con el pasado y el mañana (no el futuro, tan sólo mañana). ¿Sos de los que persisten en creer que el pasado fue mejor?, ¿de los que viven en función del futuro, de lo que serás, lo que nos depara el destino?

No se trata de reprimir o negar, ni de evitar cualquier tipo de proyección, sino de intentar estar lo más presente posible en la experiencia que nos ocupa, en nuestra propia vida cotidiana. ¿Qué dice tu mente en este instante? ¿Qué sensaciones o emociones están presentes? Acepta lo que surja, no lo juzgues. Así como el ritmo de tu mente, ayudará también tomar conciencia plena de tu ritmo cardíaco, de tu respiración. Pon la mano en tu corazón o en tu muñeca e intenta contar la cantidad de pulsaciones en un minuto. Cierra los ojos e intenta escuchar el paso del aire. ¿Dónde nace? ¿Dónde se detiene? ¿Es brisa, viento, ráfaga, tornado?

Acepta lo que surja, no lo juzgues. "Presta atención de manera intencional al momento presente, sin juzgar", dice Jon Kabat-Zinn, que hace unos 30 años fundó la Clínica de Reducción de Estrés en el Centro Médico de la Universidad de Massachusetts. Fue Kabat-Zinn quien introdujo la práctica del mindfulness (traducido como atención o conciencia plena), haciendo foco en promover la autoconciencia para reducir los síntomas físicos y psicológicos asociados al estrés, y mejorar así el bienestar general.

Aunque algunos presenten cuestionamientos o resistencias, la sola toma de conciencia (plena, sentida y auténtica) de lo que nos pasa ya es un primer gran paso para la sanación o el cambio de estado. Así como lo planteaban los budistas hace más de 2500 años –sin ánimo de convertirnos en Budas, sino de adaptarnos lo más saludablemente a nuestro ambiente y posibilidades–, el mindfulness es una invitación a despertar el verdadero interés y curiosidad por nuestro presente, por quiénes somos.

Más allá de detenernos, agudizar el foco y discriminar lo urgente de lo importante o necesario. Dará un gran paso quien se atreva a aceptar su realidad (aceptar no es resignarse), sin prejuicios, culpas ni condenas. La atención plena nos ayuda a recuperar nuestro equilibrio interno, físico, emocional y espiritual. Respirar, meditar (cada quien a su modo y posibilidades), ajustarse en tiempo y espacio, sincronizar relojes para que el tiempo no pase sin sentido. El presente (a conciencia plena) sana el pasado y fortalecerá nuestros próximos pasos.

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