
Cóctel de güevo
En el antiguo portfolio de los revigorizantes para nenitos enclenques, el batido de yemas con el abuelo supo ser multiuso
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Cómo cambia uno as time goes by , dijo Humphrey Bogart. Fíjese, a partir de nuestros actuales maduros contornos de zapán expandida varios agujeritos del cinturón, a la gente le cuesta imaginarnos de chicos, siete u ocho años, curtiendo look flaco, de contextura enclenque. Que entre muchos es mi caso, debo admitir.
Era también medio la fashion por entonces. Crisis de los 30 para contrarrestar, por cuyos efectos mi madre me hacía comer día por medio dos yemas de huevo revueltas con azúcar y batidas con oporto nacional fortificado más o menos. Estas yemas eran un reconstituyente muy difundido entre las progenitoras de aquellos años, lo mismo que el abominable aceite de hígado de bacalao con gusto a máquina de coser Singer a pedal, las espinacas salteadas al estilo Popeye, el plato de lentejas con chorizo colorado y otras culinarias ricas en hierro, de esas que ningún péndex acepta comer salvo bajo presión de varias atmósferas.
Pero las yemas, que en mi casa eran mencionadas como el cóctel, constituían un placer: riquísimas, adictivas. Había montones de liturgias acerca de ellas, detalles simbólicos, matices, exigencias, sofisticaciones. Como por ejemplo que el huevo de gallina bataraza era un must, supermejor que el puesto por gallina Leghorn blanca así nomás. O batir todo el mejunje en el sentido de las agujas del reloj, salvo versiones para zurdos. También sobre el oporto, que debía ser El Abuelo. Si alguien intentaba por ventura imponernos otra opción, ni locos: armábamos protesta piquetera. Pero no en la avenida 9 de Julio -que era entonces un proyecto descuajeringado, tal como sigue siendo ahora-, sino en los ámbitos domésticos, con pancartas vengativas, en esa atmósfera de hidratos de carbono que a la sazón predominaba en las cocinas.
Pero ocurrió que a la vuelta de unos cuantos meses las yemas empezaron a producir efectos raros, especiales. Yo era un angelito, créamelo, un papanatas inocentón sin la menor idea sobre La Cosa, pero, de un día para el otro, mi madre me prohibió que entrase y saliese todo el tiempo del cuarto de las mujeres. ¿Por qué? Me habrá pescado, conjeturo, pispiando un poco demasiado las partes mofletudas de las piernas. Yo andaba, sin darme mucha cuenta, con inquietudes tipo angurria. ¿Conoce la palabra? Con ganas raras imprecisas de no sabía bien qué.
Después lo supe. No eran las yemas de huevo (güevo en la filología suburbana lunfa de La Paternal), sino más bien el despabile de dos clases prácticas magistrales que me había dictado una mucama santiagueña empleada por horas en mi casa. A partir de ahí ya no paré más.
Todo muy discreto, nadie sabiendo naranja, pero en su momento ardió Troya. Entonces me suspendieron las yemas batidas, pero ya era tarde. Yo vengo así, desde chico, con la líbido siempre de empecemos nomás.
No estoy seguro, pero sí supongo que la yema ayuda. Una vía de acceso elegante para consumirla es con el pousse-café, un bajativo que toman los franceses un rato después de comer. Se prepara con licores de distintos colores y densidades, en sucesivas capas multicromáticas servidas con mucho cuidado para que no se mezclen. Pero cuando los comensales invitados se limitan a una sola, se puede reemplazar el licor, en una de las capas del medio, con yema de huevo cruda, batida con azúcar rubia y... chácate.
El antedicho pousse-café taimadito se llama pousse-l´amour, y con una sola copita basta. Más no, para evitar que la susodicha se alcolemie y nos eche en cara a posteriori que hubo abuso de confianza.
1. For export
En el último Malbec Reserva 2008 Fabre Montmayou ($ 54), Hervé Joyaux propone un tinto púrpura negro por sangría bien New World Wine style. Aromas bajos, con sabores astringentes y sensible presencia de madera. Típico una copa, apto para ceremonias del cult wine entre fieles a Parker.
2. Para añejar
Atenti: opción Goyenechea muy apta para añejar en su botella. El Centenario Malbec 2007, de austeros $ 33. Un vino nuestro, no para cada día, pero sí para cada tanto. Buen color, aromas sensitivos y paladar amistoso, algo dry por la madera. Esos mismos taninos lo mejorarán mucho con la guarda. Estibe dos cajas por dos años.
Entre copas
El mejor té Para The New York Times, el mejor lugar para tomar el té en Buenos Aires es Sirop Folie. Ubicado en el Pasaje del Correo, ofrece todas las tardes una propuesta de manjares: tostadas de pan casero, scones, un minicake a elección, finger sandwiches, petits fours, Tealosophy y café Nespresso. Reservas y pedidos: 4813-5900. En Vicente López 1661.






