Cuán lejos estamos de Borgen

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2 de octubre de 2020  • 14:42

Borgen es la manera familiar con la que los daneses se han referido siempre al palacio de Christianborg, en Copenhague, un conjunto de edificios levantados en distintas épocas que reúne tanto al Parlamento como a la oficina del primer ministro y el Supremo Tribunal de Justicia. También la familia real cuenta allí con salones para recepciones oficiales, por lo que Borgen es tanto un símbolo de unidad para el país, como de la austeridad que caracteriza a su clase gobernante: es la única nación donde conviven bajo un mismo techo todos los poderes del Estado.

Su nombre resulta ahora conocido para los argentinos por el título de la serie que desde hace un par de semanas está en boca de todos. Aunque solo ahora Netflix la sumó a su catálogo local, Borgen, la serie, estrenó su primera temporada en la televisión pública danesa hace una década y se convirtió rápidamente en un éxito internacional. La historia se centra en las intrigas políticas que acompañan el ascenso al poder de Birgitte Nyborg, la primera mujer en convertirse en primera ministra de Dinamarca. Las políticas de alianzas propias de una democracia parlamentaria, donde las coaliciones suelen ser necesarias para formar gobierno; las implicancias familiares de la responsabilidad pública; la agenda de una nación avanzada, con sus debates en torno a la inmigración y el medio ambiente; las intrigas palaciegas; la ambición desmedida; el marketing electoral y la manipulación mediática son parte de la trama de esta serie, que, al igual que House of Cards, desnuda el fascinante y a menudo corrupto trasfondo del poder.

No deja de ser curioso, sin embargo, que Borgen cuente con tan positiva recepción del público argentino, acostumbrado a seguir por los noticieros escándalos políticos y negociados de corrupción reales, que dejan al guión de cualquier thriller de ficción como un cuento naïf. ¿Qué serie acaso exhibe en su argumento a un diputado en medio de un acto sexual en plena sesión parlamentaria o a un intendente confesando su indulgencia ante las ambulancias públicas que reparten droga en su distrito?

En Borgen se exhiben, claro, las miserias humanas que salpican a cualquier sistema político, pero a la vez la serie nos ilumina con esas luces de esperanza que ofrecen las democracias escandinavas, plagadas de gestos de austeridad y sencillez que invitan a confiar en que otra política es posible. Es lo que sentimos cuando vemos a Nyborg llegando a su oficina en bicicleta o a un primer ministro preocupado porque debió usar una tarjeta de crédito oficial para un gasto personal. Como recordó Pablo Mendelevich en una columna publicada esta semana en LA NACION, Dinamarca, gobernada como en la serie por una mujer, Mette Frederiksen, es actualmente, junto a Nueva Zelanda, el país menos corrupto del mundo. Y en buena parte, en esa sana envidia que nos provoca está el atractivo que Borgen tiene para nosotros.

¿Podremos alguna vez parecernos a los daneses?, nos preguntamos una y otra vez ante la pantalla. Quizá la serie nos da alguna clave. Mientras en la Argentina percibimos a los políticos como una clase separada del resto de la sociedad civil, en Dinamarca ocurre lo contrario. Los funcionarios se autoperciben como ciudadanos comunes, solo que con otra responsabilidad en la gestión del país. Y la sociedad los identifica igualmente como pares, y por eso aguarda y exige de ellos un comportamiento ético, austero y empático. Una idea del poder de la que estamos tan lejos como la Casa Rosada lo está de Borgen.

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