
Cuento sin el primer signo
Por Leo Maslíah
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Estoy vistiéndome; hoy tengo mi primer encuentro con Penélope. Me pongo un jogging nuevo. Quiero verme joven, deportivo. No. Mejor me lo quito. Es muy de viejos gordos que quieren reducir su peso o desentumecer el "bobo". Opto por un shorts y un pulóver de cuello redondo. No sé si luzco bien, pero Penélope tiene interés en conocerme. Le gusté. Me vio el domingo, en ese boliche enfrente del cine Metro, con Pepe, mi compinche, que es su profesor de inglés. Y después lo buscó y le pidió mi número. Me telefoneó y me propuso vernos. Todo fue muy directo. El encuentro se fijó entre siete y siete y veinte, en su bulín. Es el momento; me tengo que ir. Estoy un poco tenso, pero curioso por ver qué sucede. No siempre recibe uno proposiciones de ese tenor, y menos viniendo de mujeres de ese porte. El colectivo no se detuvo. El chofer ignoró mi gesto como si yo fuese sólo un poste de teléfono o un buzón. Es lo mismo. Estoy bien, con tiempo. Tendré que mover los pies. Soy veloz: llego en quince minutos. Menos tiempo que el requerido por el colectivo; estoy seguro. Mi nerviosismo crece. Creo que tiemblo. Mis dientes no se entienden bien unos con otros. Mis músculos se mueven sin propósito ni ley. Sudo como un loco, como un cerdo que supiese los pormenores de su destino en el frigorífico. Pero se supone que mi futuro próximo es promisorio. No sé por qué me inquieto. No tengo que envolverme en el síndrome del debut. Se supone que soy experiente. Y no tengo por qué pretender sexo hoy. Puede ser prudente, en un comienzo, medir el terreno. De todos modos, ninguno de los dos tiene compromisos, por lo que sé. Bueno. Es ese edificio de enfrente. Toco timbre. Oigo el zumbido del portero eléctrico. Empujo. Entro. Subo. Estoy en el ring. Es el primer round. Penélope me recibe con besos imbuidos de incontenible frenesí. Tiene puesto un bikini rojo y verde con remiendos negros y celestes. Le digo piropos. No quiere oírlos. Mejor: son los que siempre digo, y no los pronuncio muy convencido. Penélope me pide que cierre los ojos y espere un minuto. Obedezco. Entonces oigo su voz, que viene del dormitorio, si no me equivoco. Me dice que entre. Veo el bikini en el perchero. El viento mueve sin ritmo los postigos. Penélope se tendió en el lecho y emite ronroneos seductores. Me desvisto. Entonces me dice que ¡ojo!, que no es el momento. Sostiene que primero debo decir qué sentimientos tengo. Pienso un poco y le contesto: -Te quiero.
-No es suficiente -me dice-. Yo sólo puedo tener rollos con quien experimente sentimientos de un orden superior.
-¿Qué sentimientos? No sé -le digo-.Yo recién te conozco.
-Es muy simple -me dice-. En vez de "te quiero" tenés que decir "te" y otro término que en un segundo sentido es sinónimo de "dueño".
-No sé qué término es -le digo-. Decímelo, y yo te lo repito.
-No, no quiero dormir con loros -me dice-. Es mejor que te retires. Olvidémonos de todo.
-Bueno, pero necesito el retrete -le pido.
Penélope me instruye sobre el recorrido que debo seguir. El sitio es muy frío. Yo cumplo con mis deberes fisiológicos, pero desconozco ese modelo de inodoro y no sé cómo remover el elemento que dejé. Y por el grifo no viene ningún líquido que me purifique los dedos y todo el extremo de los miembros que los unen con el resto de mi cuerpo. Vuelvo con Penélope y solicito su socorro. No me lo ofrece. Prefiere despedirme con prontitud y sin besos ni coqueteos de ningún tipo.
-Penélope, yo te estimo mucho -le digo, como segundo intento de descubrir el verbo que puede descorrer el velo de su erotismo.
-Yo no -responde-, y con tono de institutriz del territorio que otros siglos supo ser metrópolis, me dice: vete.
Yo desciendo los tres pisos y me voy corriendo por el cordón, como un niño que no quiere poner el pie sobre sectores prohibidos. Quiero ver si encuentro uno de esos libros que contienen en orden el compendio completo de voces. Es increíble que lo lingüístico determine de ese modo el surgimiento de un vínculo. Sinónimos de "dueño". Me fijo en Internet. No existen. Sólo veo uno, escrito con un signo que no conozco. Deber ser cirílico, o sueco. Penélope me hizo el cuento del tío. Debe ser del otro equipo. Jugué dos rounds, y perdí dos por cero.






