
Darle una costa al río
Sobreviviente del relleno indiscriminado, el furor inmobiliario y la contaminación, la ribera metropolitana busca, aun en las difíciles circunstancias actuales, un nuevo rumbo
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Desde el aire todo parece más lindo, limpio y ordenado. En un helicóptero cedido por la Prefectura, sobrevolamos con el fotógrafo el borde irregular del Río de la Plata. Está ligeramente fresco, pero el sol brilla fuerte como para compensar. Son algo más de cien kilómetros los que median entre las islas del Delta y la costa abierta de Quilmes y Punta Lara. El trayecto es considerable, pero bajo el impulso de las hélices podemos cubrirlo en poco más de cuarenta minutos. Lo primero que nos preguntamos al observar tanta diversidad es dónde está la costa que buscábamos. Porque salvo algunas escasas y accidentales manchas verdes y levemente salvajes –con arena, juncos, bosque, pantanos y otros elementos que hoy resultan exóticos– lo demás configura un perfecto muro de concreto. Por todas partes hay paredes, lujosas marinas, escalinatas, torres de dudosa belleza y solidez –por ejemplo en Tigre–, así como también bares nocturnos, clubes náuticos, diques, playas de estacionamiento, barrios privados y otras señales inequívocas de la civilización moderna.
Las excepciones son pocas pero son: las reservas naturales o no tanto de Vicente López, San Isidro y Costanera Sur; los bajos de Quilmes –muy cerca del flamante Paseo de la Bahía y del hoy acotado, pero aún glamoroso club El Pejerrey–, la selva marginal de Hudson, la reserva de Punta Lara, alguna que otra playa perdida entre los escombros, recuerdos presentes del paraíso que asombró a Solís, quinientos años atrás, antes de que los charrúas se lo comieran vivo. En casi todas partes, por suerte, la naturaleza parece empeñada en no dejarse vencer. Y por momentos daría la impresión de que se divirtiera quebrando los espacios que la encajonan, infiltrándose en el cemento, asomando con sauces, arbustos y gaviotas en casi todos los lugares de donde fue expulsada. Pero, claro, en esa guerra silenciosa gana por ahora la contención artificial y riesgosa de las aguas –alimentada por la absurda pretensión de reprimir la sudestada–, la idea de que todo espacio vacío debe ser aprovechado –cuando no negado o, en todo caso, rápidamente urbanizado– a los fines de producir utilidades mensurables y perentorias. Pero ahora todo se ve muy lindo, limpio y ordenado. Desde el aire, ya se ha dicho, el mundo se muestra más amable.
“Nuestra costa no siempre fue así”, se apura a subrayar –unos días después, en tierra firme– la profesora Ercilia Olivero de Allocati. La mujer está a cargo de la comisión de Ecología de la diócesis de San Isidro y es una activa y sensible vecina de la zona. “Yo recuerdo que hace años aquí había balnearios y quintas. Y hasta fines de la década del sesenta nos seguíamos bañando en el río. La costa estaba poblada de juncos, sauces y pájaros. Luego aumentó la población, hubo que edificar y se urbanizó sin tener en cuenta la preservación de los espacios verdes.” Los amantes del río y la vida bucólica todavía evocan los tiempos no tan lejanos en que existía el balneario El Ancla, en Vicente López; o el de Saint Tropez –más al Norte, conocido antes como Punta Bikini– o incluso el mítico Balneario Municipal, luego abandonado. En los años treinta, el balneario de Quilmes congregaba cerca de 50 mil personas los domingos. Y el de Punta Lara, cerca de La Plata, era un breve paraíso que sólo dejó de serlo cuando empezaron a aparecer, entre otras cosas, extrañas multitudes de sábalos muertos en sus costas.
Pero el recuerdo, ya se sabe, puede llevar a engaños muy cercanos a la idealización. O a suponer, parafraseando a Luis Alberto Spinetta, que “todo tiempo por pasado fue mejor”. ¿Mañana será mejor en la ribera? Eso está por verse. De todos modos, conviene recordar que ya a comienzos de los años setenta Saint Tropez mostraba, en su bajada al río, una playa cubierta de botellas rotas y latas que obligaban a los bañistas a caminar con mucho cuidado. Y que también Olivos, a excepción de la bonita y obviamente ordenada playa del Círculo Militar, se convirtió poco a poco en un basural. Con el tiempo, el río se hizo cada vez más lejano (la ciudad le dio la espalda, como se decía entonces y aún se dice con razón), más sucio y también más privatizado que nunca.
“La costa hoy es un infierno –carga las tintas el prestigioso biólogo Ricardo Barbetti, un conocido militante del río y su entorno–. La perdieron, la llenaron de toneladas de basura, la agredieron por todos los medios.” Desde su fabuloso jardín de La Lucila –una mezcla de selva, bosque, prado y hasta jardín acuático donde vive con su familia y más de cincuenta variedades de aves–, Barbetti dispara toda su batería, sobre todo contra el relleno sistemático y poco razonable de la costa. “Dicen que es un espacio inutilizado y que por eso hay que taparlo y contenerlo con una pared vertical. Creen que el universo funciona nada más que en forma de negocio, sin comprender que primero hay que cuidar el universo.” De inmediato, el entrevistado toma un papel y un lápiz, y hace un dibujo como para que se entienda mejor lo que quiere decir. En el boceto improvisado se ve cómo las olas del río provocadas por la sudestada llegan primero a la costa –formando algo que técnicamente se conoce como humedal– para luego distribuirse hasta debilitarse y finalmente desaparecer. Después crece un bosque y más allá una laguna, un paisaje bello y agreste que todavía puede apreciarse –como una rareza o un lindo recuerdo– en lugares como Punta Lara o incluso en la siempre asombrosa reserva de la Costanera Sur. "En vez de dejar que las cosas sucedan de este modo –contrapone Barbetti, entre cuyos logros figura la feliz creación del refugio natural de la Ribera Norte, en San Isidro– los rutinarios y mercantilistas de siempre arrasan con todo, eliminan juncales, arbustos, fauna y paisaje, para ganar espacio al río, como dicen desde su lógica triste y elemental.”
Preservar el paisaje
De Norte a Sur, la costa rioplatense presenta diferentes características, no aptas para generalizaciones apresuradas. En Tigre, donde la población viene creciendo de manera sostenida, parece primar la valorización económica del espacio por encima de todo. De ese modo, crecen los barrios cerrados, los clubes de campo y los countries náuticos, además de las torres que se alzan en la mismísima orilla del agua y, por consiguiente, el tamaño de las zonas bajas e inundables. Tapándose los ojos del sol fuerte que ya baña el cielo y las islas, Carlota Sánchez Aizcorbe –de la Fundación Pro Tigre– confirma que las cosas no vienen funcionando del todo bien en el Delta. “Gran parte de nuestra costa fue enajenada –dice–. La gente suele no enterarse de los proyectos en marcha; y cuando lo hace, ya es tarde para dar marcha atrás.” La entrevistada hace un gesto amplio que parece abarcar los casi cinco kilómetros que alcanza el borde costero en esta zona habitada por unas 255 mil personas. Recuerda que el nuevo Tigre apuesta por sobre todo a las inversiones inmobiliarias. Hay más de cincuenta barrios cerrados ya finalizados o en construcción –en un lugar que ha sido renovado con la puesta en marcha del Parque y el Tren de la Costa– en tanto que los vecinos dudan de la conveniencia de convertir el Tigre en una Miami de aguas negras.
“No estamos en contra de los buenos negocios –advierte Carlota por las dudas–, pero preferimos que este oportuno redescubrimiento del río vaya acompañado de un cuidado a tiempo de la calidad de vida.” Los habitantes de las islas temen especialmente el anunciado proyecto de crear un camino interisleño, cuya iniciación (de todos modos) se ha visto demorada por falta de financiamiento.
La necesidad de empezar a pensar en el futuro de la región brinda también sus frutos. Por algo en San Fernando se ha declarado al territorio insular (que supera los 900 kilómetros cuadrados de superficie) como Reserva Municipal de Biosfera. La idea de conservar el paisaje ribereño –o al menos una parte de él– ha prendido también en San Isidro con la creación del Refugio Natural Educativo de la Ribera Norte. Uno de sus principales encargados –el guardaparque Willy Bryant, de 55 años y un espíritu ambientalista a toda prueba– se jacta de defender este “último pedacito” de diez hectáreas en donde la costa aún se mantiene virgen y agreste. Allí sobreviven más de 350 especies de plantas nativas, 170 variedades de aves, reptiles, mamíferos e insectos. “Hasta hace treinta años atrás contábamos con quinientas hectáreas, desde la General Paz hasta el Tigre. Pero ahora sólo nos quedan estas diez, y algunos pocos bolsones más como el de Vicente López, que sirven como refugio para la naturaleza autóctona y cuentan con un gran valor cultural, histórico y educativo”.
Una primera mirada sobre la costa del río –por ejemplo en la coqueta ciudad de San Isidro– permitiría concluir que algo está cambiando en el lugar. ¿Para bien? No resulta fácil responder. Si uno visita los simpáticos boliches que florecen allí, barranca abajo y muy cerca del agua, todo parece ser más bonito. La recuperación más o menos reciente del Paseo La Farola (un antiguo balneario que hoy ya no es utilizable), así como la parquización de Treinta y Tres Orientales y del Paseo El Aguila permiten configurar alguna cuota de optimismo en un terreno bastante parecido a un tembladeral. No menos promisoria es la anunciada creación de un “parque público ribereño”, que sería de acceso irrestricto con un destino “recreativo, educativo, deportivo y cultural”.
Con todo, algunos vecinos se quejan del difícil acceso que presenta la costa en la actualidad. Y algunos no se olvidan de aclarar que todo lo que puede hacerse choca con un problema fundamental: de las playas a crear solo podrá utilizarse la arena, dado que el agua es por ahora, y hasta nuevo aviso, una cloaca a cielo abierto. "Cada vez que quiero ver el río me topo con guardias de seguridad –lamenta por ejemplo Mario Romero, habitante del casco histórico sanisidrense–. Hacia el Norte predominan los feudos privados, los clubes náuticos, el Centro Naval y otras instituciones que, si bien llevan muchos años instalados allí, no dejan de ser un estorbo para el acceso público." Entre las calles Arenales y Laprida –ya en Vicente López– ese acceso parece un poco más facilitado. Centenares de chicos y chicas se juntan en la costa antes de ir a bailar, ya sea para tomar sol, tocar la guitarra o aprovechar la discreción romántica del crepúsculo para tiernos besos y abrazos de ocasión. A la altura de Laprida, además, justo en el límite con la Capital, se construyó, en un área rellenada, un anfiteatro con capacidad para 30 mil personas, un nuevo espacio que según anticipa el arquitecto Osvaldo Lavalle, a cargo de las obras, será inaugurado con bombos y platillos esta primavera.
En la zona, sin embargo, el problema del cada vez más recortado espacio público sigue siendo un tema en debate. Lo afirma, entre otros, Carlos Constela, defensor del Pueblo de Vicente López. "Nuestro plan es recuperar el río para la gente –anticipa como para marcar una línea de trabajo–. Pero aquí hay un relleno que arrasó con arboledas, juncales y arbustos, además de un eventual aprovechamiento privado de un espacio que por ley pertenece a todos. Por ejemplo, el Círculo Militar, el Centro Asturiano, el Club Náutico y el Yacht Club Olivos están allí desde hace mucho tiempo, lo cual naturalmente no los exime de responsabilidad. Yo pienso que en los predios costeros del partido, sean fiscales o particulares, hay que mantener la línea de ribera histórica. De no ser así se estaría legitimando y estimulando a quienes, desde el sector público o privado, piensan apropiarse o enajenar bienes que están destinados al uso y goce de todos los vecinos."
En Vicente López, igual que en San Isidro, existe desde hace algún tiempo una reserva ecológica de seis hectáreas cuya preservación debería ser asegurada de un modo más enérgico. Otro tema conflictivo en la región es la suerte corrida por el mítico Puerto de Olivos –un sitio no desprovisto de leyenda y encanto– cuya eventual privatización, total o parcial, fue rechazada por la Asociación Civil Pro Vicente López mediante una acción de amparo. Los integrantes de esa tenaz asociación sostienen que el Puerto de Olivos "es un bien del patrimonio social de Vicente López, y que el vecindario rechaza que personas particulares se apropien y lucren con el mismo". Buenos Aires y el río es el nombre de un programa puesto en marcha por el gobierno de la Ciudad a partir de 1996.
Su objetivo es recuperar para la causa del río democrático unos veinte kilómetros de ribera porteña. La idea, según el arquitecto Rodolfo Gassó –de activa participación en el programa– es salvar lo que se pueda de la costa. "Ya no podemos pensar en recuperar para nosotros una ribera salvaje y natural –advierte el entrevistado no sin un dejo de resignación–. Ya se le han ganado al río unos cuatro kilómetros de espacio, en una costa que hace muchos años llegaba hasta la avenida Leandro N. Alem. Se hicieron obras, algunas muy polémicas, y se avanzó peligrosamente sobre las aguas, a contramano de lo que sucede en casi todos los países avanzados del mundo, que tienden a liberar sus costas de la urbanización."
A su vez Francisco García Berdiña, director del programa, enumera con orgullo algunos proyectos importantes en marcha o ya ejecutados: el Parque de la Memoria, el Parque de los Niños, el espigón creado frente a Aeroparque y la remodelación de la Costanera Sur son algunos de éstos. Pero el plan en marcha aspira también a crear una nueva y atractiva rambla costera de intensa actividad social y cultural, a la ampliación de Puerto Nuevo. Renovados proyectos –de ciertamente difícil concreción por razones más que obvias– se agregan a los rellenos de la ex Ciudad Deportiva de La Boca, a la Reserva Ecológica, a las concesiones privadas de la Costanera Norte, a las excrecencias de la Ciudad Universitaria y a los nuevos parques costaneros que tocan a fondo el límite con Vicente López.
El problema (cuándo no) es que estos desarrollos sucesivos, más o menos progresistas, han hecho perder aún más la visión que se tenía del río desde los terrenos de la barranca. Mutilada ésta, sólo subsiste la visión a partir de los más altos edificios de la ciudad. Nadie puede negar la elegancia lograda por el complejo Puerto Madero, pero al mismo tiempo no se puede ignorar que esa edificación marcó una nueva pérdida de la visión del río que se tenía antiguamente desde la ciudad. Hasta hace poco, desde la hermosa Plaza San Martín en las cercanías de Retiro, podían verse barcos a lo lejos y hasta un pedazo de río. Pero ahora incluso esa ventana tan homeopática se ha visto prácticamente bloqueada.
Y si algo necesita la gente de esta comarca es la reconquista de un espacio de visión ilimitada.
¿Qué futuro le espera entonces a la agredida y tan alejada costa rioplatense que supimos conseguir y aun disfrutar? Acaso la respuesta esté "soplando en el viento" –como diría Bob Dylan– a la espera siempre abierta de producir enormes cambios en el último minuto.
Todos por el río
Una lista representativa, aunque obviamente incompleta, de algunas asociaciones, fundaciones y entidades que se preocupan y ocupan de la costa del Río de la Plata y sus problemas
- Fundación Ciudad
Galileo 2433, Capital; 4803-5557. Email: f.ciudad@inerlink.com.ar
- Refugio Natural Educativo de la Ribera Norte
(Acassuso, partido de San Isidro). Avda. El Fomentista s/n (alt. Libertador 15400) 4747-6179. - Reserva Ecológica de Vicente López
Entre las calles Paraná y San Lorenzo. Se puede obtener información llamando al Colegio Lincoln.
4794-9400. - Fundación Pro Tigre
4731-4004/4749-8429. - Asociación Ornitológica del Plata
25 de Mayo 749, segundo piso, Capital. 4312-8958. - Fundación Vida Silvestre Argentina
Defensa 251, sexto K, Capital. 4331-3631. - Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia
(Angel Gallardo 470, Parque Centenario, Capital).
4982-5243/0306/1154. - Asociación Proteger
Uruguay 280, Capital.
Tel/fax: 4373-5499/4931-6092. - Reserva Costanera Sur
Avenida Tristán Achával Rodríguez 1550, Capital. Informes: 0800-4445343. - Prefectura Naval Argentina Avenida Eduardo Madero 235. Departamento de Deportes
Náuticos. 4318-7644. - Programa Buenos Aires y el río
Carlos Pellegrini 291, 5º piso, edificio Del Plata, Capital; 4323-8359. - Centro de Guías de Turismo de Tigre y el Delta
4743-1648. - Asociación de Guías de Turismo de Buenos Aires
322-2557.






