
De la secundaria a la universidad
El paso de la escuela media a la Universidad es considerado uno de los más traumáticos de la vida. La llegada a los claustros es una forma, para muchos bastante impactante, de poner el pie en el mundo de la gente grande. La transición no es fácil: la mayoría llega con educación deficitaria, hábitos adolescentes y serias dudas vocacionales. Pero resisten. Y van. La historia de Marina y sus amigas, que aquí se cuenta, es una más, como la de tantas otras en estos días
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Era un gran pantalón. Un pantalón con espacio para las piernas de Marina Juhasz y las de algún miembro más de la familia, preferentemente pequeño. Marina lo usaba para ir al colegio: el guardapolvo bajaba hasta los muslos, y dos lenguas de tejido fláccido asomaban por debajo. Era sólo tela, pero a ella le gustaba.
Hasta que un día su madre habló de la ropa y la adultez.
-Esos pantalones no los uses más. Esto no es el colegio. Ahora que entrás en la Universidad tenés que ir como lo que sos: una futura profesional.
Fue a principios de este año y surtió efecto. Ahora Marina está entrando por la puerta de un bar en Junín y Paraguay, a dos cuadras de la sede de Uriburu en la que cursa el Ciclo Básico Común (CBC). Está vestida como una secretaria de estreno: tonos marrones, talle prolijo, una sonrisa parecida a la Muralla China, pero mucho más cálida y joven. Dirá unas cuantas cosas durante la charla, pero para empezar dirá lo siguiente: -A mí nadie me avisó que esto de la Facultad era así. Marina tiene 19 años, quiere ser socióloga, egresó en 2000 del colegio Normal 1. Está empacada con eso de que sigue siendo adolescente.
-No maduré, soy la misma del secundario y tengo la misma cuota de irresponsabilidad de siempre. Y mis pantalones hardcore me siguen gustando, pero la Universidad tiene esas cosas. Te dicen que éste es otro ambiente. Tenés que ser adulta, te dicen. Has crecido.
180 mil chicos pasan anualmente de la escuela media a la educación superior. Para los psicólogos, este tránsito es mucho más que un cambio de categoría en el estudio: es vivido como un pasaje a la adultez. Para los docentes, el ingreso en la Universidad deja al descubierto las fallas en el sistema educativo. Y para los estudiantes es, simplemente, un trauma. La sensación de llegar a un país con otros códigos, otros olores y otro idioma.
-Les explicamos hasta los cambios de nombre básicos: que las divisiones se llaman comisiones, que las pruebas se llaman parciales o finales, los hacemos recorrer las aulas, presenciar un práctico... -explica Marcelo Freddi, a cargo del Departamento de Orientación Vocacional y Retención Estudiantil de la Universidad de Morón-. Pero hay muchos mitos en torno de la actividad universitaria: el cambio no es tan terrorífico como los chicos imaginan.
Antes del ingreso a la carrera, las universidades públicas tienen una instancia de filtro y nivelación de conocimientos, que puede durar entre uno y doce meses. En el caso de las privadas, hay en cambio un fast track de aclimatación al sistema universitario que dura entre un día y un mes. Ahí, con un grado de pedagogía que para muchos es cuestionable por excesivo, se les explica el abecé de la vida en los claustros: cómo hacer un resumen, cómo tomar apuntes, cómo armar una monografía y cómo citar bibliografía.
-¿Tan bajo es el nivel que hay que enseñarles a tomar apuntes?
-Es variado, pero en general no es el mejor -explica Freddi-. Pero si no les enseñás cuestiones básicas pueden frustrarse, y eso puede terminar en el abandono de la cursada. Tenemos un 30 por ciento de deserción, y si bien las causas son principalmente económicas, otras tienen que ver con la adaptación al primer año.
Según un estudio hecho por la Universidad Nacional del Sur (con sede en Bahía Blanca), el 90% de los alumnos afirma que el secundario no le dio formación suficiente para acceder al nivel superior. Entonces aparecen ejemplos como el de Diana, una compañera de Marina Juhasz. Diana es de La Pampa y era muy buena alumna en su provincia, y ahora subraya los textos con distintos resaltadores. Los apuntes de Diana parecen una postal lisérgica y son los más alegres de la clase.
Pero no hay caso.
-Todo subrayadito y se sacó un cinco -recuerda Marina-. Te dan tanto para estudiar que aunque los pintes no sirve para nada. Antes de entrar, yo decía: si pude con doce materias en el colegio, voy a poder con tres en la Facultad. Pero no me imaginaba que los apuntes eran tan gordos. Y cuando no es la bibliografía son los docentes: tenés que prestarles mayor atención que en el secundario. Hay profesores que tenés que estar las dos horas escribiendo y se te acalambran las manos.
Alejandro Monteverde enseña Sociología en el CBC, y su mayor problema es que los alumnos le creen demasiado. Monteverde podría hablar una clase entera sobre el ordeño de la vaca según la óptica del materialismo dialéctico, y sus alumnos tomarían apuntes sin chistar.
-Podés decir cualquier cosa que para ellos es verdad. Principalmente a la mañana, cuando la mayoría son chicos que vienen del secundario, los mueve una especie de inercia. Son pibes que pueden estar toda la clase mirando el reloj, pero que no faltan nunca. Los veo muy desprotegidos: tu discurso tiene el valor de una certeza y no los podés reprobar por repetir lo que dijiste en clase, pero a la larga esa falta de actitud crítica los va a perjudicar. Pero no es culpa de ellos: la ruptura entre el secundario y la Universidad es muy grande. Durante todos los años de colegio les enseñaron a producir un conocimiento mecanizado, repetitivo, sin compromiso por parte de quien lo lee.
Una encuesta hecha por Mario Toer (jefe de cátedra de Sociología en el CBC y titular de Política Latinoamericana en la carrera de Ciencia Política) muestra que, a pesar de la inercia, los alumnos recién salidos del secundario tienen mejor rendimiento que los que dejaron pasar algunos años entre la escuela media y la Universidad. En una variable de rendimiento que incluye tres categorías (rendimiento bueno, aceptable y deficitario), los estudiantes de 18 años son deficitarios en un 10,6% y buenos en un 51%; mientras que los que están entre los 20 y 22 años son deficitarios en un 52% y buenos en un 20%.
Según este mismo trabajo, el grado de rendimiento varía en relación con el nivel socioeconómico del alumno. Para Julio Ignacio Lucero Schmidt, director del Departamento de Ingreso de la Universidad del Salvador, no existen variaciones significativas porque el alumnado proviene de familias de clase media en adelante. Pero esta situación, que suele repetirse en todas las universidades pagas, no se refleja en la educación pública. En la UBA, casi el 44% de los alumnos ingresantes es de clase media baja y el 33% de clase media alta. Los de clase baja tienen rendimiento deficitario en casi un 55%, y los de alta tienen rendimiento bueno en un 60 por ciento.
Marina pertenece al club de la clase media que resiste. En apuntes gasta cien pesos por cuatrimestre, y aunque su barrio está atorado de librerías (vive a una cuadra de la Facultad de Economía) prefiere caminar cinco cuadras para sacar fotocopias en un quiosco que cobra tres centavos por hoja. Por ahora no necesita trabajar, pero dice que en el futuro lo va a hacer. Y que, si se puede, quiere algo relacionado con su futura profesión: Sociología.
-¿Y por qué Sociología?
-Porque te abre un panorama distinto de la vida. Pero igual no la tengo tan clara: Sociología del CBC me la llevé a final, y en cambio Ciencia Política la promocioné. Ahora pienso que también mi carrera podría ser Ciencia Política. O la puedo estudiar después, o hacer Sociología pero después ejercer la política, o ser periodista. No es tanta la diferencia.
-¿Pero tu sueño cuál es? -Una empresa propia de marketing. Igual el trabajo de campo del sociólogo no sé de qué se trata, pero todo lo que implique acción a mí me gusta. Aunque nunca sabés dónde vas a terminar. Yo tenía una compañera en el secundario que no sabía si seguir Letras o Abogacía, y el padre le dijo: "Estudiá lo que te guste, porque vas a terminar siendo otra cosa".
Cuando Diana Aisenson empezó la Universidad sintió que era uno de esos pasos definitorios, un hierro candente estampándose en las ancas de su propia historia. Ahora Diana es psicóloga, coordinadora de la Dirección de Orientación al Estudiante de la UBA, y se dedica a responder consultas de chicos -mil por mes- que llegan con un drama menor: el futuro.
-El temor a equivocarse de carrera es uno de los miedos universales, que se acentúa por la situación económica que los hace pensar que tal vez no consigan trabajo de lo que quieren. A esto se suma la angustia porque deben entrar en el mundo de la gente grande. El pasaje escuela media-universidad ha sido considerado una de las crisis vitales por especialistas como Piaget, porque implica cambios personales muy importantes. Esta instancia es reconocida como el período que marca el final de la infancia y el ingreso a la adultez.
-¿El impacto de esta crisis varía según el nivel socioeconómico?
-Para los chicos con más dinero, el pasaje puede significar solamente la continuidad de los estudios, incluso a veces en la misma institución o en una universidad privada. En ese caso, simbólicamente, el ingreso a la adultez se posterga para un futuro, a veces lejano. Suelen mantener horarios escolares, existe la figura del recreo, se les da cierta contención. Pero para la mayoría esta transición implica un cambio mayor. Es tan fuerte que en el último congreso sobre educación de la Unesco se instó a los gobiernos para que los ciudadanos, en especial los jóvenes, puedan tener acceso gratuito a la orientación personal, educativa y laboral. Nuestra reforma educativa reconoce el derecho de los chicos a la orientación vocacional en las escuelas, pero concretamente no la efectivizó. Entonces la mayoría de los adolescentes tiene problemas para bucear en cuáles son sus intereses y facilidades.
-La mayoría no tiene muy claro para qué está acá -asegura Eduardo Laplagne, secretario académico y docente de análisis matemático en el CBC-. En los primeros días de clase los provoco para que participen, les pido que duden de lo que digo. Y eso es bueno porque los obligás a pensar. Mi primera clase la dedico también al tema libros: la mayoría no sabe aprender leyendo, e incluso en una encuesta hecha en el CBC figuraba que muchos no habían leído un libro completo en toda su vida. Ni hablar de cultura general: atribuyen hechos históricos a gente totalmente fuera de época y contexto, mezclan nombres y apellidos de gente de la historia, incluso de distinto sexo y distintos países. Y los parciales muestran toda esta confusión: muchas veces entregan una hoja toda escrita, pero la respuesta no está. Y les preguntás dónde está la respuesta y te dicen: "Escribí tanto que me cansé".
Pero Diana Rosa no es así: es brillante. Diana tiene 18 años, estudió en la Escuela Argentina Modelo y es buena hasta para explicar los motivos de su angustia existencial.
-En el Renacimiento, Leonardo podía ser escultor, arquitecto, teórico, todo junto -dice con voz limpia y relajada-. Hoy es casi imposible: aunque estudies sin parar no vas a poder agotar un tema porque hay mucha información. Entonces tenés que tamizar el texto, y eso no te lo enseñan en el secundario. En la escuela la cantidad de bibliografía es abarcable y la podés memorizar. Pero cuando llegás a la Facultad te das cuenta de que hay que razonar los textos para poder tomar lo esencial, y ahí te querés morir.
Además de estudiar, Diana es maestra de primario en una villa y pasa los domingos a la mañana trabajando en una reserva ecológica. El año que viene, cuando haya terminado el CBC, piensa cursar Economía y Ciencia Política. Las dos a la vez.
-Las elegí porque a los 17 años hice un seminario de jóvenes de las Naciones Unidas, y terminé saliendo con el coordinador. Y justo había un conflicto en el Valle de Cachemira, y discutíamos mucho entre nosotros: que si tienen la nuclear, que si el petróleo, que si sancionamos a Irak. El iba por la India y yo por Paquistán. Y ahí supe que me gustaría hacer eso el resto de mi vida. Creo que podría disfrutarlo. Y como las decisiones políticas están muy sujetas a la economía, quiero hacer las dos carreras.
Hasta ahora sacó diez en casi todas las materias. Dice que la clave está en estudiar una hora todos los días, y cuando lo dice sus compañeras -Marina Juhasz y Cintia González- asienten con mirada bovina, como preguntándose qué puede estar fallando. Hoy, a las 9, hubo parcial, y en los ojos flojos de estas chicas también hay sueño: Marina se levantó para repasar a las 3.30, Cintia a las 4. Diana a las 7: lo que no estudiaste durante la semana no lo vas a aprender en una hora, dice ella, con una cara sacada del manual del alumno.
-Diana tiene razón -asumirá más tarde Marina-, pero su caso es una excepción. Depende mucho el colegio del que vengas. Yo mañana tengo parcial de pensamiento científico y es un lío, porque tiene mucha lógica y en el secundario la profesora de filosofía nunca nos dio eso. Ella nos dijo: "Les voy a enseñar temas de sociedad y estado, porque así los voy a ayudar más", y resulta que en sociedad y estado jamás vimos lo que ella nos dio, ¿entendés?
Cuando uno está nervioso a veces parece que está alegre: Marina sonríe. Su mejor consuelo es que los demás tampoco entienden.
Un salto riesgoso
Por Guillermo Jaim Etcheverry
Analizar los problemas que hoy plantea la transición entre la educación media y la superior supone no sólo debatir tradiciones con fuerte arraigo, sino fundamentalmente asumir una posición concreta sobre la misión de la Universidad. Para eso, es preciso tener en cuenta la realidad de nuestra sociedad, tanto en lo que respecta a las circunstancias materiales que la condicionan como a las expectativas de su gente en materia de educación. Es decir que en torno de esta cuestión se plantea el debate sobre lo que la institución universitaria debería ser.
Encarar este complejo problema supone tener en cuenta que un porcentaje muy importante de los jóvenes que hoy concluyen sus estudios medios carece de las herramientas intelectuales imprescindibles para acceder al escrutinio medianamente elaborado de las realidades complejas que debería enfrentar en la educación superior.
Relaté tiempo atrás que en un aula universitaria, promediando un multitudinario examen escrito de biología, se advirtió una cierta inquietud en muchos de los jóvenes alumnos. Algo no comprendían. ¿Una fórmula compleja, la característica de alguna molécula? No. Los estudiantes desconocían el significado de la palabra precede. Quienes están en contacto con grandes poblaciones juveniles pueden seguramente relatar experiencias similares.
Esta realidad no debería extrañar porque muchos jóvenes argentinos concluyen su educación media con graves deficiencias en su formación. Así lo confirman, año tras año, los resultados de los operativos nacionales de evaluación de la calidad educativa. Un elevado porcentaje de esos jóvenes es incapaz de efectuar sencillos procesos de abstracción, no comprende lo que lee y tiene serias dificultades para expresarse en forma escrita. Aunque no se investiga la expresión oral, no se requieren muchos estudios para demostrar su pavoroso empobrecimiento cultural.
Cuando se incorporan a la Universidad estudiantes desprovistos de esas habilidades básicas, los profesores se ven obligados a disminuir, a veces sin advertirlo, la complejidad de los conocimientos que imparten. Si, en cambio, mantienen niveles de exigencia elevados, enfrentan la posibilidad de fracasos masivos. Es ésta una alternativa inviable: por razones políticas en las universidades de gestión estatal y por motivos comerciales en las de gestión privada.
Ante esta situación, en lugar de preocuparse por lo que sus hijos ignoran, muchos padres se movilizan para demostrar la perfidia de los docentes que, según denuncian, se oponen a sus legítimos deseos de lograr un título, objetivo muy distinto al de incorporar una educación universitaria, que cada día interesa menos. Se generaliza así la idea de que el título es un derecho adquirido y no la culminación de un esfuerzo sistemático y prolongado.
Al igual que en otros ámbitos de nuestra realidad, optamos por ignorar esta alarmante situación. La universidad argentina -tanto la de gestión estatal como la de gestión privada- actúa institucionalmente como si la población estudiantil hubiera superado mágicamente las deficiencias descriptas durante el tránsito entre la educación media y la superior, un largo verano que se inicia al comenzar el último año de escuela, el dedicado al viaje.
Si la Universidad estuviera interesada en contribuir a mejorar el nivel educativo general del país, debería investigar seriamente si quienes se proponen incorporarse a ella poseen las herramientas intelectuales que les permitan comprender lo que leen, expresarse o manejar formulaciones abstractas. Si, luego de diagnosticar el grado de desarrollo alcanzado por los jóvenes interesados en seguir estudiando, la institución los ayudara a superar sus deficiencias en lugar de engañarlos impulsándolos hacia el despeñadero del fracaso, tal vez realizaría un aporte importante no sólo a la cultura de los interesados, sino fundamentalmente al conjunto de la comunidad y a su sistema educativo. Nuestro destino como país depende, hoy más que nunca, de contar con más y mejores graduados universitarios.
La educación en números
1.200.000 universitarios
- En la Argentina hay 6200 instituciones de educación media, de las que egresan anualmente unos 300 mil alumnos.
- 180 mil chicos ingresan anualmente a una universidad, de los cuales el 36% lo hace al CBC de la UBA.
- En el país hay 1.200.000 alumnos universitarios, repartidos en 40 universidades públicas (concentran el 80% del alumnado) y 50 privadas. La población de las universidades de La Plata, Córdoba y Buenos Aires UBA concentra el 37,5% del total.
- Sólo el 19% de los estudiantes de universidades públicas se gradúa. No hay un relevo general de las privadas, pero en el caso de la Universidad Nacional del Sur (UNS), la tasa de abandono alcanzó un 72% .
- Hay también 1700 instituciones de educación superior no universitaria ( 700 técnicos y 1000 profesorados), que cuentan con 400 mil alumnos.
- La relación entre educación media y superior está en aumento: en 1970 era del 28% , en 1990 del 37%, y en 1996 fue del 55% .
La opcion de los colegios preuniversitarios
Desde principios de este mes, los egresados del secundario tienen una nueva alternativa para continuar sus estudios: los colegios preuniversitarios. Ahora, los alumnos pueden cursar una carrera terciaria con la garantía de que el título obtenido será reconocido por una universidad. Esto significa que si el alumno quiere seguir luego una carrera universitaria, se le computará como rendidas hasta la mitad de las materias. Un ejemplo: si un alumno se recibe de profesor en Letras en un preuniversitario de Pehuajó, podrá hacer la licenciatura en cualquier universidad con un porcentaje de materias ya dadas, que puede ser mayor o menor de acuerdo con la carrera.
Este sistema -pensado para facilitar la movilidad de los estudiantes por medio de las instituciones- está inspirado en el modelo estadounidense, donde existen los colleges: una instancia semiuniversitaria que habilita para un título y una salida laboral en un período aproximado de tres años. El beneficio de los colegios, además de que la cursada es más breve, consiste en su ubicación: están en poblaciones chicas, donde no hay margen para levantar una universidad. "El provecho es doble -explica Alberto Taquini, miembro de la Academia Nacional de Educación y uno de los cerebros de este proyecto-. Por un lado, se evita el desarraigo de los chicos que para seguir estudiando tienen que emigrar a las ciudades. Un ejemplo es la Universidad de Córdoba: ahí hay 104 mil alumnos, de los cuales 30 mil son de afuera de la capital. Según estimaciones del Indec, cada alumno gasta entre 500 y 1000 pesos por mes en mantenerse y estudiar lejos de su casa. O sea que el interior le aporta a la capital cordobesa entre 15 y 30 millones de pesos por mes. Con este sistema habría menos gastos. Por otro lado, se descomprime la matrícula estudiantil de las universidades más grandes. Esto es importante si se tiene en cuenta que en los últimos años se incorporaron 500.000 chicos a la enseñanza primaria. Si las políticas de retención escolar comienzan a dar resultado en el secundario mediante becas y programas especiales, la demanda de los estudios superiores aumentará."





