
¿DE QUE NOS REIMOS?
Nadie se lo explica, ni los especialistas. Pero la verdad es que la Argentina es la tierra del humor
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Si a cualquiera le preguntan si la Argentina es gran productora de trigo o de tango, dirá que sí, no hay dudas, claro. Pero si le preguntan si es gran productora de humor, tanto profesional como amateur, se meterá en un brete.
No se amargue. En la Revista nadie tiene la más mínima idea y los entrevistados no se ponen de acuerdo. Roberto Fontanarrosa, por ejemplo, cree que sí; Carlos Ulanovsky, también; Carlos Marcucci no ve humor en la sociedad; algunos creen que el argentino hace humor, pero no más que en otros lados; Luis Landriscina cree que hay humor sólo en Santiago del Estero y, un poco menos, en Córdoba.
Sorprende verlo a Landriscina sin su mate y sin su termo. Dice: "En principio, tener sentido del humor implica poder reírse de uno mismo. Santiagueños y cordobeses saben reírse de sí mismos. En cambio, en las demás provincias les gusta hacer humor a costa del otro, pero cuando es a la inversa no les gusta nada".
Lo que dice Landriscina se vincula con lo que cuenta Jorge Guinzburg respecto de la revista Satiricón, a principios de los años 70. "A todo el mundo le encantaba la revista hasta que hablábamos de él; ahí ya no era humor, era una agresión gratuita. El argentino tiene mucho humor hasta que le hacen un chiste. Somos buenos generadores, pero no receptores."
Para Enrique Pinti, el argentino tiene humor. Pero Pinti creyó siempre que el porteño, en especial, se dedicaba a reírse de los demás y no de sí mismo. "Hasta que en Chile, Venezuela y Colombia me dijeron, una vez que vencieron el asco y la bronca que les generamos, que nosotros nos reímos mucho de nosotros mismos y que ellos no son capaces de eso."
Pinti vio que "en los últimos quince o veinte años, sobre todo después de la guerra de Malvinas, la gente se despertó de ese gran sueño de que éramos los mejores; se dio cuenta de que la habían engañado, que todo era camelo. Las decepciones producen humor satírico y autodepredatorio. El porteño comenzó a reírse de sí mismo. Antes, como no era un pueblo humilde, como era un pueblo que creía vivir en el mejor barrio de la mejor zona del mejor país del mundo, no se podía reír de sí mismo. Pero la decepción general lo hizo cambiar".
¿Y en los otros países no se han decepcionado lo suficiente? ¿La Argentina tiene el monopolio mundial de la decepción? "Ocurre que las tragedias, como lo fue la revolución mexicana, por ejemplo, no permiten el humor -sigue Pinti-. En cambio, lo nuestro no es tragedia, sino sainete. Lo nuestro es bochornoso, ridículo, lleno de tropezones, de tortazos en la cara; los militares fueron bochornosos, la aristrocracia es bochornosa, la clase media es chonga..."
Muchos sostienen que el humor argentino es producto, en buena medida, del caos; se relaciona con lo que decía Miguel de Unamuno: "El humor es la galantería de la desesperación".
Uno de los que se suman a esta postura -la risa para soportar la calamidad- es Fontanarrosa. Pero el argumento no parece tan sólido. ¿Nigeria es tierra de humoristas? ¿Woody Allen nació en Isidro Casanova? No, pero algunos entrevistados insisten con el tópico.
Jorge Luz postula: "En la Argentina se han robado todo, han habido problemas terribles, y si no hubiésemos tenido humor nos habríamos matado. Es como en los velorios, en los que se cuentan cuentos para apartar el dolor y el miedo. Y si bien es cierto que hay otros países con problemas, también tiene que ver con una cuestion de clima. En Siberia es difícil hacer humor porque te estás muriendo de frío".
El argumento meteorológico (frío igual angustia; calor igual risas y jolgorio) se deshace con el ejemplo de Inglaterra, donde el clima es un rolito. Nadie puede negar el humor de Oscar Wilde, de Benny Hill, de Chesterton...
Existen, sin duda, países que producen más humor que otros. Si se piensa en dos potencias culturales como Italia y Alemania, se piensa en el cachondeo expansivo del itálico y en el cejijunto drama del alemán; en Alberto Sordi y en Goethe.
El dibujante y humorista Napo, que vivió durante años en Europa y trabajó en prestigiosos medios franceses, informa que tanto en Francia como en Suiza o en Alemania hay humor. Sólo que es distinto. "El humor francés es más intelectual y sutil", opina.
"De cualquier modo -agrega-, el argentino siempre tuvo un agudo sentido del humor. Banaliza todo mediante el humor, pues de otra manera sería difícil vivir aquí. Es la válvula de escape. Todo termina con un chiste." Napoleón no cree que esto sea bueno. Esa banalización, dice, no es común en Europa. "Allá, sobre los temas realmente serios no se hacen chistes", sostiene.
Es un poco lo que dice el sociólogo y reflexionador Horacio González. El ve como un hecho patético el humor que se hizo y se hace sobre el presidente Carlos Menem. "El progresismo creyó, al decirle a Menem que se equivocaba con aquello de que Sócrates había escrito libros o ese tipo de cosas, que Menem estaba listo. Pero Menem es hijo del furcio. El mismo es una construcción humorística muy pesada."
Al gobierno le encanta que se haga humor sobre sus fallas. Eso dice Napoleón. Que el tema se banalice le sirve al poder. Y cree que hay que tener mucho cuidado cuando se hace humor gráfico político. En los medios franceses, explica, los chistes políticos se discuten y se aprueban o no en reuniones de redacción. Dice: "No quedan librados a lo que se le ocurra publicar al humorista. Eso es peligroso, pues el efecto de un chiste puede ser muy fuerte".
Hay algo indudable: la Argentina tiene grandes humoristas gráficos. Tiene una tradición poderosa forjada a partir del siglo pasado, con las revistas dedicadas al humor político. En estas últimas décadas hay varios productos exportados, sobre todo a países de habla hispana: Quino, Mordillo, Fontanarrosa, Crist, Napoleón y los nombres siguen.
¿Y en el área del humorismo amateur? Ulanovsky ve que hay mucho humor en la cancha, en la calle, en la oficina. Y piensa que los argentinos han generado una curiosa alquimia. "Aunamos cara de traste e ingenio", sostiene el muy maleducado Ulanovsky, que no usó la palabra traste.
Si uno se fija en la política, no se usa mucho el humor. En los Estados Unidos, todo el que aspire a ser presidente debe hacer, al menos, cuatro o cinco chistes por mitin; tienen casi la obligación de provocar risas francas y un ondear de banderitas.
Acá los políticos suelen ser graves, impostados y solemnes, salvo Moisés Ikonicoff, que se cayó de la política y aterrizó en el varieté. Otro que tiene humor es Jorge Yoma; ese humor cínico, pícaro, muy difícil de disfrutar salvo para su propia bancada. Menem es un caso aparte.
Hay quienes no ven nada de humor en el aire. Según Marcucci, en la Argentina "todo es llanto, amargura, venganza. El argentino es un tipo depresivo y melancólico que se manifiesta, fundamentalmente, en el tango".
Marcucci no ve hoy un país predispuesto a la risa. Sí recuerda que en los años 50 la radio era una "catarata de humor" y que la gente estaba feliz.
En los 60 el humor, que había sido inocente y cordial, comenzó a cambiar. "Antes, la Argentina era un país con problemas, pero plácido, que se creía el mejor del mundo -explica Pin- ti-. A fines de los años 60 cambió la sociedad y cambió el humor; se profundizó la violencia y el humor se tornó más sangriento. Tenemos un humor cruel porque la realidad es cruel y frustrante. La Argentina es como un hotel cinco estrellas en el que nada funciona; tiene limusinas, pero nunca aparecen y están llenas de ratas; las canillas son cromadas, divinas, pero de ellas no sale agua o sale barro. Y nos hacemos tanta malasangre porque sabemos que damos para más."
Hay varios que coinciden con esto de que el humor argentino es cruel. Fontanarrosa tiene un amigo que vive en el exterior y al que le sorprende el nivel de crueldad del humor local. Guinzburg también coincide con el amigo de Fontanarrosa.
Ciertos productos, como el Videomatch de Marcelo Tinelli, son ejemplos de crueldad; es el caso de algunas cámaras sorpresa, cuya materia prima eran personas en situaciones límite, expuestas al infarto, la trombosis o la caída del cabello, por decir algo feo.
La de Tinelli es una crueldad peligrosa e innecesaria. La de Satiricón quizás estuvo, en algún caso específico, en el límite.
Ulanovsky, uno de los responsables de aquella revista, opina que, hasta Satiricón, el humor gráfico estaba colmado de chistes de náufragos en islas desiertas y de suegras con palos de amasar. "Con Satiricón, el humor se montó en la realidad. Y como la realidad avanzó hacia la crueldad, el humor también fue en ese sentido."
Algunos de estos especialistas del humor encuentran que el que se produce en la Argentina es bastante más elaborado que el de otros lugares de América latina. "El nuestro es más sutil -analiza Guinzburg- y, por lo tanto, menos universal."
También es localista, según la opinión de Ulanovsky, y eso vedó al humor argentino su ingreso en los países centrales.
Faruk, humorista e hijo de Lino Palacio, afirma que la expresión del humor argentino es la cargada, la gastada; y cree, también, que es cruel y punzante.
Todo muy lindo, pero, ¿es posible rastrear el origen del humor que hay en la Argentina? Quino, por caso, no ha reflexionado mucho sobre el tema, y se lo entiende. Pero aventura que puede tener que ver con el hecho de que los innmigrantes estuvieran solos, desarraigados. "El humor era la única manera de sobrellevar esa realidad", afirma.
En cuanto a las influencias específicas, otra vez aparecen los desacuerdos. Pinti piensa que es una mezcla dada por la inmigración judía y por la italiana. "El humor italiano es zafio, grosero y obsceno en su lenguaje; todo se grafica con elementos sexuales y genitales; eso es muy italiano y así es, acá, el humor de las ciudades, sobre todo. Y el aporte judío viene por el lado de la queja permanente."
Faruk opina que el origen está entre España e Inglaterra; Napoleón, en cambio, ve un origen español e italiano, y más del primero que del segundo. Esa influencia se nota, sostiene, en la cargada, en el guiño de ojos y en la gracia para mirar y nombrar. "Ya desde chico, en la escuela, el colorado es el colorado, el rengo es el rengo. Es un humor que parte de la observación; el argentino es un observador nato que enseguida carga las tintas, caricaturiza."
Según otras fuentes, que han pedido estricto anonimato, es decisiva para el humor argentino la influencia mongol y guatemalteca; otras fuentes ven el influjo del humor alemán (la famosa cachada teutona) y del proverbial gracejo bielorruso; otras fuentes dicen pavadas similares, así que ya está bien.
En donde no hay dudas sobre el origen es en Córdoba, que fue fundada como universidad por los andaluces, gente exagerada y graciosa. "Los que vinieron -ilustra Landriscina- eran la flor y nata de la sociedad andaluza: abogados, médicos, dramaturgos, catedráticos, etcétera. A esa inmigración agregale el tonito cordobés, que es gracioso de por sí, y ya está."
Tantas disquisiciones, tanto sesudo análisis y el pescado sin vender. ¿El argentino tiene humor? ¿Cómo es ese humor? Se equivoca, amigo, si piensa que va a encontrar la respuesta precisa en estas páginas. Mejor recurra a la ciencia; pregunte en el Conicet.






