
Definiciones sobre la intolerancia
Fundamentalismo, integrismo, racismo. En este texto, que pertenece al libro La intolerencia, editado por Granica, el escritor y semiólogo italiano distingue la naturaleza de cada uno de estos fenómenos para llegar a la raíz de todos ellos, el rechazo a lo distinto
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Generalmente se piensa que el fundamentalismo y el integrismo son conceptos estrechamente relacionados y que constituyen las dos formas más ostensibles de la intolerancia. En la definición de fundamentalismo que aparece en el Dictionnaire historique de la langue française encontramos una remisión inmediata al integrismo. Lo que nos induce a creer que todos los fundamentalistas son integristas y viceversa.
Pero aunque esto es así en muchos casos, no puede colegirse que todos los intolerantes sean fundamentalistas o integristas. Si bien en la actualidad nos vemos confrontados con diversas formas de fundamentalismo, y en todas partes se advierten algunos elementos integristas, el problema de la intolerancia es mucho más profundo y más peligroso.
Desde el punto de vista histórico, el fundamentalismo es un proceso hermenéutico, ligado a la interpretación de un libro sagrado. El fundamentalismo occidental moderno nace en los medios protestantes norteamericanos del siglo XIX, y se caracteriza por una voluntad de interpretar literalmente las Sagradas Escrituras, particularmente en lo que concierne a las nociones cosmológicas, respecto de las cuales la ciencia de la época parecía socavar la verosimilitud del relato bíblico. Corolario obligado de esta tendencia fue el rechazo, a menudo intolerante, de toda interpretación alegórica y de todo enfoque de la enseñanza que cuestionara las Escrituras, como se pudo constatar en la polémica contra el darwinismo.
Esta especie de literalismo fundamentalista es antiguo. Ya los padres de la Iglesia fueron testigos de los debates entre los partidarios de la interpretación literal y quienes, como San Agustín, propugnaban una hermenéutica más flexible. Pero en los tiempos modernos, el fundamentalismo no podía ser sino un fenómeno protestante, dado que la condición básica para ser fundamentalista es creer que el fundamento de toda verdad radica en la interpretación de la Biblia. En los medios católicos, lo que garantiza la interpretación es la autoridad de la Iglesia; el equivalente católico del fundamentalismo protestante se halla más bien en el tradicionalismo. Por cierto que también existen uno musulmán y uno judío. ¿La intolerancia es inherente a toda forma de fundamentalismo? En el nivel hermenéutico, sí, pero en el plano político tal asociación no siempre se da. Es perfectamente posible imaginar una secta fundamentalista que considera que sus elegidos gozan del privilegio de entender los textos sagrados de la única manera verdadera, sin que por ello sus miembros hagan proselitismo e intenten obligar a los demás a compartir sus creencias, o luchen por imponer dicha creencia a la sociedad en forma obligatoria.
Por integrismo entendemos una posición religiosa y política, a la vez, que persigue hacer de ciertos principios religiosos un modelo de vida política y la fuente de las leyes del Estado. A diferencia del fundamentalismo y el tradicionalismo, que son conservadores, hay integrismos que se jactan de ser progresistas e incluso revolucionarios. Existen movimientos católicos integristas no fundamentalistas, que luchan por alcanzar una sociedad inspirada en los principios cristianos, pero sin intentar imponer una lectura literal de la Biblia, y que aun están dispuestos a aceptar una cosmogonía inspirada en Teilhard de Chardin. (...)
¿Y el racismo? El racismo nazi era totalitario. Aspiraba a ser científico, pero no tenía nada de fundamentalista.
¿Se reduce la intolerancia, entonces, a ese juego de matices entre fundamentalismo, tradicionalismo, integrismo y racismo? Existen ciertas formas de intolerancia no racistas; por ejemplo, la intolerancia con los herejes o la intolerancia de las dictaduras respecto de sus opositores políticos. No, la intolerancia es algo mucho más profundo, que se encuentra en la base misma de fenómenos de naturaleza muy distinta.
El fundamentalismo, el integrismo o el racismo seudocientífico son posturas teóricas que presuponen una doctrina. La intolerancia, en cambio, es anterior a toda doctrina. En tal sentido, la intolerancia tiene raíces biológicas, que en los animales se manifiesta bajo la forma de defensa del territorio, cuyo origen se encuentra en reacciones emocionales que generalmente se verifican en un nivel superficial. No nos gustan los que son distintos a nosotros, sea porque tienen otro color de piel, porque hablan un idioma que no entendemos, porque comen ranas, perros, monos, cerdos o ajo, y porque llevan tatuajes...
La intolerancia es natural en el niño, igual que el instinto de apoderarse de todo lo que le agrada. La tolerancia se aprende poco a poco, del mismo modo como se aprende a controlar los esfínteres. Desgraciadamente, si bien el control del cuerpo se logra a temprana edad, la tolerancia requiere la educación permanente de los adultos. En la vida cotidiana estamos constantemente expuestos a la desagradable experiencia de lo diferente. Aunque se estudien las teorías de la diferencia, no se presta suficiente atención a la intolerancia espontánea, pues ésta escapa a toda definición y a todo análisis crítico. (...)
La intolerancia más peligrosa es siempre la que nace de impulsos elementales, al margen de toda doctrina, y allí radica la dificultad para aislarla y refutarla con ayuda de elementos racionales. El racismo teórico de Mein Kampf se puede desbaratar con una serie de objeciones bastante elementales. Si sobrevivió y sobrevive aún, a pesar de las objeciones, es porque se apoya en una intolerancia espontánea, una intolerancia estúpida que escapa a toda crítica. Yo considero más peligrosa la intolerancia de la Liga Lombarda que la del Frente Nacional de Le Pen. Este último dispone, por lo menos, de las doctrinas que le proveyeron algunos intelectuales traidores, mientras que Bossi sólo cuenta con impulsos primitivos, y por eso es más peligroso. (...)
Ese es, sin embargo, nuestro desafío: saber llegar hasta lo más profundo de la intolerancia espontánea. Cavar y cavar hasta encontrarla en sus propios orígenes, antes de que se convierta en objeto de tratados supuestamente eruditos.
El autor, italiano, ha escrito numerosos libros de semiología. Con El nombre de la rosa incursionó con éxito en la novela



