
Hoteles Boutique, cocina gourmet y turismo regional, entre los Valles Calchaquíes y la Quebrada de Humahuaca
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Por Valeria Burrieza / Fotos de Fernando Gutiérrez
TILCARA >> la robustez de las montañas y la personalidad de un pueblo tradicional que enamora a los viajeros.

La travesía comienza a un par de horas de Buenos Aires, en un avión de línea y, sin embargo, lleva a lugares remotos. Porque en los caminos del noroeste se pueden encontrar algunas de esas puertas que se abren en la cáscara del mundo y ponen ante el viajero agujeros pardos, profundos sumideros, por los que es posible colarse hacia rincones donde una placidez perfecta parece indicar que se acaba el mundo, aunque los mapas aseguren lo contrario.
El itinerario abarca tres rincones con rasgos comunes y texturas diferentes. Uno está en la Quebrada de Humahuaca, Jujuy, entre amasijos de sierras sedientas y quebradas que mandan a la gente a vivir en pueblos encaramados en las laderas. Otro es un mar de sal chato y desierto como la nada más absoluta. El tercero, al sur de los Valles Calchaquíes, en Salta, es un oasis donde maduran y se destripan las uvas más altas del país, que alegran las copas de los viajeros.
Subimos por la ruta 9, desde San Salvador, hacia Tilcara, un pueblo que se debe descubrir desde su esencia pueblerina y cosmopolita a la vez, donde conviven raramente la tradición colla y la atmósfera de Palermo Soho, la cocina gourmet andina y las empanadas regionales, los mochileros europeos y los huéspedes de encantadores hoteles boutique.
Tilcara fue declarada hace tres años Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por la Unesco. El pueblo conserva el nombre original de una de sus calles, Sorpresa, que es el lugar donde se instalaron los primeros pobladores sedentarios alrededor del año 400 d.C.
Ancianos, músicos y cultores de viejos oficios habitan en las tripas de esa callejuela de piedra. A la mañana, alguna furgoneta reparte su mercancía y las ancianas barren inútilmente su trozo de calle. Es difícil, en ese sopor de calma chicha, imaginar la fiebre de tiempos más aguerridos.

A doscientos metros de la iglesia, en la ladera del cerro Negro, el Paseo de la Falda es un recorrido en el que se enlazan varios siglos de historia. Las construcciones más antiguas del pueblo, del 1800, son vecinas de modernos ranchos de adobe y vidrio que balconean sobre los riscos.
En las afueras de las cuatro manzanas teñidas de urbanidad, se apilan casas sin terminar con mucha historia. Las obras comenzaron hace algunos años y quedaron paralizadas, dejando las paredes desprovistas de techos, puertas y ventanas, porque con cada pala que se hundía en la tierra aparecían restos arqueológicos. Ahora el área quedó en manos de los investigadores y alimentará la maravilla de los museos.
El gran atractivo de Tilcara es su Pucará, un asentamiento fortificado de antigüedad milenaria que fue restaurado a mediados del siglo xx. Ahora, el criterio empleado para su reconstrucción es motivo de divergencias entre los especialistas, pero sigue siendo interesante recorrer los laberintos de piedra donde vivieron unas dos mil personas a partir del año 1000 d.C.
En verano, vale la pena una escapada a Juella, un pueblo de agricultores tradicionales, 10 kilómetros al norte de Tilcara, por la ruta 9. A simple vista, sólo hay una calle de tierra con pasajes que la cruzan en medio de campos de maíz, pero en los patios y en las veredas crecen los duraznos más deliciosos del país. Nadie que tenga la suerte de probarlos olvidará el nombre de este pueblo que no figura en los mapas.
PURMAMARCA >> un pueblo pequeño con corazón andino es la antesala de la segunda salina más grande del país.

A 25 kilómetros de Tilcara, por la misma ruta 9, Purmamarca sorprende en medio de un paisaje de cardones que parecen tótemes punk tomando sol. Están, claro, la plaza, la iglesia varias veces centenaria, la feria de artesanías y las calles polvorientas que, en conjunto, guardan un gran parecido con los pueblos del sur de México. Pero también hay un cerro con más de siete colores, un silencio que es ley y un negocio diminuto sin carteles –a media cuadra de la plaza, por Belgrano– que ofrece una maravillosa selección de arte antiguo colonial, andino y cuzqueño.
Adentrándose en la ruta 52, está el lugar más impactante de la región: las Salinas Grandes. Se requiere fortaleza de estómago, habilidad para conducir por un camino zigzagueante que llega a los 4.140 metros sobre el nivel del mar, ropa de abrigo y atender algunos consejos de los lugareños para evitar el apunamiento. Lo principal: comer liviano y tomar té de coca.
La ruta es muy placentera: bien asfaltada y ancha, en días despejados tiene una vista increíble hacia pueblos mínimos donde nacen y mueren, desde hace siglos, generaciones de trabajadores de la sal. A una hora y media de viaje pausado, se atisba la difusa amplitud de un mar blanco a los costados de la ruta. De cerca se distinguen los bordes de sal que sobresalen de la superficie como el contorno de las hojas de irupé, formando dibujos octogonales que se multiplican en 12 mil hectáreas. Probarla es una tentación difícil de evitar y tomar algunos trozos como souvenir, un desliz que la sabia naturaleza sabrá disculpar.
CAFAYATE >> en un paisaje de quebrada espectacular, las uvas más altas del país.

Hay que tomar la autopista hacia Güemes para llegar a Salta de la manera más rápida y saludable. Paralela a un cordón de sierras, la ruta 68 une la capital salteña con las viñas de altura que se explotan en los Valles Calchaquíes.
El paisaje árido y pedregoso es interrumpido cada tanto por algunos islotes de verdor donde, apretados y compactos, los pueblos concentran su blancura. A medida que las curvas van atentando contra el aparato digestivo, el camino aumenta sus atractivos y el paisaje hace recordar, sin exagerar, al del Gran Cañón del Colorado, tanto por los colores como por las increíbles formas que toman sus montañas y que sorprenden a los viajeros más exigentes.
La primera impresión que se tiene de Cafayate es la de un friso chillón de carteles y propagandas en una urbanización demasiado espesa. Pero, después de algunas horas, se encuentra elegancia en las palmeras de su plaza, la disposición de sus sembradíos y el horizonte de cerros colorados.
Las vides trepan por todo el pueblo: los carteles de las calles llevan el auspicio de bodegas, las heladerías ofrecen helados de Merlot, los spas sugieren baños relajantes en aceites de Torrontés o Cabernet Sauvignon y los museos cuentan la historia de la vid. Un permanente homenaje al vino y a la tenacidad de los primeros bodegueros, que desafiaron las cuestas para crear esta verdadera meca de uvas sabias.
GUIA PARA EL VIAJERO EXIGENTE
DOS MUST DE LA COCINA REGIONAL GOURMET: RISOTTO DE QUINUA Y GUISO DE CORDERO

Hospedaje
Rincón de Fuego,
en Ambrosetti 445, Tilcara, es una magnífica opción. Silenciosas y cómodas, las habitaciones tienen alfombrados regionales y salamandra. El restaurante es muy recomendable.
La Hostería del Amauta,
en la calle Salta s/n de Purmamarca, es un hotel de diseño que ofrece habitaciones con una decoración elegante. También tiene restaurante. En Cafayate,
Villa Vicuña
(Belgrano 76) es un bed & breakfast de alto nivel que funciona en una típica casa colonial con ambientes que dan a un patio central.
Cocina de altura
La Chacana es un buen restaurante de cocina de altura a cargo de un chef joven y creativo, Marcelo Montero. Está en Belgrano 472, Tilcara. Se recomienda el risotto de quinua y el parfait de maíz colorado.
En Purmamarca, Los Morteros tiene propuestas gourmet en un ambiente sumamente agradable que no pierde su encanto regional. No se puede dejar de probar el guiso de cordero y la tabla de quesos. Calle Salta s/n, (0388) 49-08063.






