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Está demostrado que cuantas más opciones de alimentos haya disponibles para elegir a la hora de comer, se tiende a ingerir más. Así, cuando nos enfrentamos a la carta de un restaurante estamos ante una oferta tan variada como calórica y es de nuestras elecciones que dependerá el “saldo final” de esa salida. Te propongo que como ejercicio pensemos, ¿dónde están las calorías extras cuando comemos fuera de casa?
Si sumamos solamente tres de estas variables tenemos como mínimo unas 600 calorías extra en un solo tiempo de comida.

Qué opción tomar o dejar dependerá del plan de vida, del momento en que estemos y de la frecuencia con que salgamos a comer afuera. Podemos optar por el vino o el postre, o también ir por ambas pero eligiendo un plato más liviano. Puede pedirse que no repongan la panera o que directamente no la traigan, evitar la entrada y condimentar uno mismo la ensalada.
Comer y pensar pueden parecer dos acciones incompatibles pero dejame decirte que no es así. No se trata de cuestionar cada bocado, ni de contar nutrientes y así sacar el encanto de la comida y su ritual.
Comer tiene que ser un placer y está bueno saber qué estamos comiendo, cuidar las cantidades y aprender a manejar las excepciones como momentos y no como rutina. Si logramos conseguir el equilibrio entre lo recomendable y lo que es preferido, cómodo y accesible estaremos en un camino de mejorar nuestra relación con los alimentos antes de vernos obligados a hacerlo por cuestiones de salud.
Con elecciones apenas pensadas, disfrutar de una buena salida a comer afuera siempre es muy recomendable.
Por Luciana Lasus




