Él de 25 y ella de 41: un amor sincero que nació a más de 4000 km de distancia
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En un rincón de Río Negro, desde su computadora, Ana emprendía todas las noches su propio viaje hacia la naturaleza. Toda ella le despertaba fascinación y, sin embargo, eran los lobos, esas criaturas hechiceras y legendarias en las mitologías universales, que la tenían especialmente encantada.
De todos los sitios que ella visitaba, había una página a la que retornaba una y otra vez, para observarlos en toda su expresividad y belleza. En cierta ocasión, una fabulosa criatura captó su atención de manera magnética: era una foto de un ejemplar sublime y no dudó ni un instante en darle su "me gusta", en realidad: "me encanta".
Y Juan Pablo, sentado a miles de kilómetros en algún lugar de Trujillo, había sentido lo mismo. Es que a él, como a Ana, los lobos le resultaban simplemente maravillosos. Y en esa imagen que la había encandilado a ella, en ese "me gusta" coincidente, se encontraron, a pesar de la distancia física que los separaba.
El amor virtual y los miedos
En ese preciso instante comenzó su amistad virtual, con solicitudes e intercambio de celulares. De pronto, con una intensidad impensada, la amistad se transformó en atracción y enamoramiento. Meses de noviazgo virtual pasaron hasta que un día, atrapados por los miedos que llegaron con los sentimientos profundos pero complejos y contradictorios, todo cambió y decidieron distanciarse.
"Optamos por separarnos y duró tres meses. Lo hicimos de manera virtual, con bloqueos, eliminar de agenda y cero contacto, hasta que un día, un 16 de julio, retomamos esa amistad y ese amor profundo y sincero que había crecido inevitablemente", cuenta Ana.
Los miedos los habían paralizado, pero su amor era más fuerte y, en ese alejamiento, comprendieron que extrañaban demasiado su contacto íntimo del alma; ellos se amaban y estaban decididos a concretar lo que les dictaba el corazón.
Los temores no habían nacido únicamente por la distancia y las diferencias culturales. "Yo tenía muchos prejuicios", revela Ana: "él tiene 25 años y yo 41, ambos solteros, sin compromisos ni hijos. Creo que los miedos eran naturales, pero decidí vencerlos".

Hacia su Ana
Fue así como, después de mucha conversación, análisis profundo y la revelación del romance a su familia, pusieron en marcha definitiva su historia de amor. Un 19 de enero extraño pero maravilloso, Juan Pablo partió en un viaje de casi 4500 km en micro desde su lugar en Perú hasta Buenos Aires y de allí, a Viedma.
La travesía hacia su amor resultó ser una odisea de seis días, de horas infinitas, en donde tocó territorio chileno, suelo en Córdoba y en Buenos Aires, con tan solo agua y galletitas. Pero cada segundo menos de viaje hacia su Ana lo valía todo.
"Me animé a realizar este viaje, porque era mi momento para vivir y realizar mi propia vida con una familia. Fue un evento que cambió mi vida por completo, más de lo que pensaba, tanto en lo emocional, como en lo físico. Sentí que fue una travesía que duró meses, incluso parecieron años. No la pase muy bien y llevaba una mezcla de emociones intensas por no saber qué es lo que de depararía mi camino. Fue un cambio radical hacia un futuro enigmático. Fue una gran decisión", afirma él.
A Juan Pablo, agotado y debilitado, pisar la tierra de su enamorada le recuperó en un instante toda la energía perdida. Fue inolvidable: el roce de sus manos, el contacto visual real, el abrazo, los besos y los aromas, instantes que atesorarán por siempre.

Un amor real
"Ambos tenemos el mismo tatuaje de lobo, en homenaje a esos seres que admiramos", confiesa una Ana sonriente, "y el 16 de julio cumplimos un año de novios, muy felices. En estos momentos convivimos y sentimos que estamos protagonizando nuestro sueño".
A pesar de todas las aristas que se habían vislumbrado desde el primer instante, las respectivas familias aceptaron todo, sin prejuicios, celebrando y bendiciendo su amor. "El día de nuestro aniversario nos comprometimos, como acto y promesa de un amor sincero y verdadero, que ni la distancia, ni los prejuicios, ni la diferencia cultural pudo anular ni destruir", expresa Ana emocionada.
"Desde que supe que vendría y dejaría todo: su país, su familia, su casa, amigos, carrera de arte, supe que esa persona sí valía la pena", continúa, "Ahora estamos en una familia de dos, esperando que pronto podamos ser padres y así afianzar aún más este amor tan fuerte que sentimos. En este tiempo hemos atravesado vicisitudes de todo tipo con mucha fortaleza, ya que es difícil para un extranjero vivir bajo una costumbre diferente, con prejuicios de la gente por el color de piel, la nacionalidad y tanto más. `Somos felices y estamos juntos´, eso lo repetimos casi como mantra, ya que sin ese motor diario, que es el amor, no hubiésemos podido continuar. No me arrepiento en nada ni cambiaría nada, y siento que sí vale la pena esperar a la persona correcta; el universo se encarga de acomodarlo todo", concluye feliz.
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