El buzón de las cartas navideñas

Existen varios poblados escandinavos que reclaman la ciudadanía de Papá Noel. Cada uno tiene su lugar para las cartas que le escriben, y uno de ellos es gigante
Javier Arguello
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14 de diciembre de 2014  

LONGYEARBYEN.– Entre sus curiosidades, esta ciudad noruega a 78º de latitud y a unos mil quinientos kilómetros del Polo Norte, posee, junto al fiordo que la enmarca, un enorme buzón pintado de rojo de unos diez metros al que se supone que se dirigen las cartas que los niños del mundo le escriben a Papá Noel.

Desde que el cristianismo sincretizara un puñado de tradiciones relacionadas con el solsticio de invierno en la figura de un obispo medieval llamado Nicolás, muchos son los nombres y atributos que ha recibido el mítico personaje. Parece ser que su relación con la Navidad se estableció definitivamente en 1823, cuando el escritor Clement Clarke Moore compuso un poema en el que se mencionaba a Santa Claus –nombre popularizado por Washington Irving y derivado de Sinterklaas (San Nicolás), patrono de los inmigrantes holandeses– como un duende que llevaba regalos a los niños. Posteriormente, y ya revestido de la imagen de gordo bonachón que le otorgó el dibujante Thomas Nast, el personaje llegaría a Europa y se fundiría con Bonhomme Noël, el origen del actual Papá Noel, y que gracias a una campaña publicitaria de la Lomen Company establecería su residencia en las vecindades del Polo Norte.

Existen varios poblados escandinavos que desde ese momento reclaman la ciudadanía del viejo barbudo. Santa Claus Village, un parque temático en la Laponia finlandesa, es uno de ellos. Otro, a una hora y media en barco de Oslo, se encuentra el pueblo de Drobak, en cuya plaza principal está la Casa de la Navidad y la Oficina de Correos de los Duendes de Papá Noel. Cada diciembre es el mismísimo Julenissen (nombre noruego de Papá Noel) quien recibe a los niños. Durante el resto del año también se lo puede encontrar ahí, pero haciéndose pasar por un primo suyo que se le parece mucho.

Longyearbyen, en el archipiélago de Svalbard, en pleno océano Glacial Ártico, es la comunidad con más de mil habitantes más septentrional del mundo. Tradicionalmente dedicada a la minería del carbón –actividad en franca decadencia– ha tenido un nuevo florecimiento gracias al turismo. Los barcos que recorren las altas latitudes árticas la han tomado como puerto base y la población ha aumentado hasta bordear los dos mil habitantes. Probablemente a eso se deba su entrada en la lucha por la custodia de la residencia de Papá Noel. El color rojo del buzón que se ha instalado a la entrada del pueblo así lo atestigua, color que, dicho sea de paso, ha popularizado para la Navidad la marca Coca-Cola, pero que data de los decorados de los atuendos religiosos con que se vestía a San Nicolás en las primeras representaciones de las que se tenga noticia.

Mucho antes de ese buzón existió en las inmediaciones una tradición nada turística que ubicaba la residencia de Santa Claus en una montaña. O tal vez sea más correcto hablar de la residencia de verano. Según los habitantes del asentamiento minero de Nybyen, la abandonada mina 2B, conocida localmente como Mina Santa Claus, sería el refugio estival del personaje. A los pies de la misma se instala cada diciembre un buzón mucho más modesto, donde los niños depositan sus cartas con la esperanza de que Santa baje a buscarlas. El aspecto lúgubre de la mina dota a la tradición de un halo de misterio que bien podría ser aprovechado por algún productor de Hollywood para rodar una original versión del mito: el lado oscuro de Papá Noel.

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