
El circo del doctor Lao
Un inquietante clásico del género fantástico, para buscar en las librerías de viejo o en la pantalla de TV
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Desde ya les aviso, El circo del doctor Lao , de Charles Finney, es un libro bastante difícil de conseguir; hay que visitar seguido las librerías de viejo para tropezárselo en las bateas o confiar en que, a la larga, algún depósito necesitará ser vaciado y entonces cientos de ejemplares de la colección Nova Fantasía (Ed. Bruguera) poblarán las mesas de la avenida Corrientes (u otra calle del interior que el chauvinismo porteño nos obliga a ignorar).
Sin embargo, el esfuerzo no sólo vale la pena, sino que terminarán encontrando el libro que les faltaba en su lista de cosas para llevar a una isla desierta.
Pero aun si el lector sufre de un ataque agudo de pereza o una aversión a los libros usados puede llegar a disfrutarlo, ya que bastante seguido TNT programa Las siete caras del doctor Lao , la versión (bastante libre, por cierto) que en 1964 hizo Tony Randall (el Felix Unger de la serie Extraña pareja ) y en la que tiene la oportunidad de demostrar su histrionismo y su ductilidad interpretativa (hace siete personajes diferentes en la película, de allí que se llame las siete caras, no sé si se entiende...).
Obviamente, comparada con el libro, pierde por varios cuerpos, pero si uno hace abstracción de la existencia del original novelado disfrutará de una buena y (para la época) inquietante película en tecnicolor.
El libro, por favor
La historia es ésta: un circo llega a Abalone, un pequeño pueblo de Arizona y a partir de ese entonces ya nada es cómo era antes.
Porque el circo del doctor Lao no es un circo común y corriente, en vez de payasos y domadores sus atracciones están dentro de lo fantástico y lo mitológico: un sátiro (más precisamente, el mismísimo dios Pan), una sirena, un unicornio (no, no es azul, lo siento), una serpiente marina parlante, algo que algunos ven como un hombre y otros como un oso (finalmente, para zanjar diferencias, todos acuerdan en que se trata de un ruso), la gorgona Medusa; un adivino que siempre, absolutamente siempre dice la verdad por más cruda que sea y, por supuesto, el perversamente taoísta doctor Lao.
Así, casi imperceptiblemente, como un virus con paciencia oriental, toda la puritana hipocresía y la aparente calma del pueblo son perturbadas por la presencia del circo.
El desastre se cataliza, comienzan a aflorar pasiones que habían sido forzadas a permanecer ocultas y la inocencia irreversiblemente se pierde.
Una mención aparte merece el catálogo que cierra el libro y al que el autor califica como "una explicación de lo obvio, que ha de ser leída para ser apreciada", una pequeña obrita de la literatura cronopia que arrojará algo de luz sobre los puntos oscuros de la novela y viceversa, tanto que obliga casi a una segunda lectura de la historia, la cual, a su vez, lleva a releer el catálogo y así uno queda atrapado en un círculo virtuosamente vicioso en el que cada vuelta incrementa a niveles insospechados la sensación de gozo y felicidad que esta oculta joya de la sátira social y el humor negro nos produce.
Por eso, vale la pena hurgar buscando esta obrita, hasta en las bibliotecas de los amigos.






