
Esas malditas centésimas de segundo y la obsesión de los atletas por romper récords. Londres, el escenario donde un grupo de valientes buscará la inmortalidad.
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La barrera del sonido. La velocidad de la luz. La gravitación universal. Las fuerzas centrífugas. ¿Qué fronteras se atravesarán en Londres 2012? ¿Cómo enfrentará el hombre su triple desafío contra la historia, la naturaleza y las leyes físicas? ¿Cómo se rebelará ante los récords legendarios que perduran desde hace más de 25 años y que no parecen haber nacido en el pasado, sino en otro universo? ¿Cómo se volverán a pulverizar las marcas supersónicas que hasta hace poco sólo se creían al alcance de marcianos? Más que el reparto de 2.100 medallas en 39 deportes durante 17 días, los Juegos Olímpicos son una pulseada simbólica entre Usain Bolt e Isaac Newton, entre Michael Phelps y Arquímedes y entre Yelena Isinbayeva y Albert Einstein. Son el patio del colegio donde el hombre juega más allá de los límites.
"El límite del ser humano no viene escrito en nuestros genes como un número de serie o en forma de velocidad máxima. La manera que tenemos de predecir las nuevas marcas es sobre la base del análisis estadístico de las anteriores", explicó, en El País, el español Xavier Aguado Jódar, biomecánico del deporte y catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha. "¿Es el hombre un ser finito o infinito? ¿Evoluciona libremente o su desarrollo está fijado por un cálculo matemático? De eso nos habla Usain Bolt", reflexionó en Le Monde el sociólogo francés Christophe Brissonneau después de que el jamaiquino rompiera otro récord. Londres 2012 nos ayudará a encontrar una respuesta.

<b> LOS RÉCORDS DE LA SOSPECHA </b>
Con el Muro de Berlín cayó una máquina deportiva sospechada de doping. Le sobreviven seis marcas que serán difíciles de romper.
Los seis registros más antiguos del atletismo resisten desde la década del 80 amparados bajo una delicada sombra en común, las tinieblas del doping en la República Democrática de Alemania (RDA) y en el resto de los regímenes comunistas centrales o satélites: dos fueron conseguidos por atletas alemanes orientales (una velocista y un discóbolo), otros dos por soviéticos (un lanzador de martillo y una lanzadora de bala), otro por una saltadora búlgara y el restante, el más antiguo, por una sprinter checoslovaca. Son marcas establecidas entre 1983 y 1987, años en los que, detrás de la Cortina de Hierro, pero en especial en Alemania Oriental, un puñado de deportistas conseguían tiempos más robóticos que humanos, más alucinógenos que reales, como si personificaran un intento desesperado por validar una utopía que muy pronto terminaría en la desaparición o escisión de esos países. En cierto modo, esos registros también pertenecen a un mundo que ya no existe y que, probablemente, sólo haya existido en la invención de un estado decidido a mostrar récords de probeta.
Los seis resultados imbatibles fueron homologados y permanecen en vigencia, pero su legalidad moral continúa en duda. Una vez desaparecida, la ex RDA (Deutschen Demokratische Republik) también pasó a ser conocida como la Deutschen Doping Republik (República del Doping de Alemania). Sus atletas consumían tal cantidad de anabólicos que eran farmacias ambulantes; según un libro publicado en 1991, poco después de la reunificación, 10 mil deportistas de la Alemania Oriental (en especial las mujeres) habían mejorado escandalosamente sus tiempos gracias al Oral-Turabinosi (UT), una droga producida por la compañía farmacéutica VEB Jenapharm.
Ya en 2007, el Gobierno alemán debió indemnizar con 3 millones de euros a 157 de esos ex atletas que, sin saberlo, habían sido conejitos de indias de un brutal sistema de doping organizado. Aquellos récord, en épocas en que los controles eran más vulnerables, provocaron un reguero de atrocidades; en una entrevista anónima realizada a comienzos de este siglo a 52 atletas de la ex RDA, el 25% tenía cáncer, el 93% presentaba daños óseos y el 50% de las mujeres sufría enfermedades ginecológicas, además de haber mutado a un aspecto masculino, con bello en la cara y en el pecho. También los hijos de las campeonas pagaron la locura: algunos bebés nacieron ciegos y la cantidad de abortos respecto de la población normal fue 32 veces superior.
Entre los principales nombres sospechados –aunque no habría que hablar de victimarios, sino de víctimas– estuvo Marita Koch, campeona de los 400 metros del Mundial de Canberra el 6 de octubre de 1985, día en el que consiguió un tiempo que, desde entonces, fue imposible de igualar: 47:60 segundos. En realidad, se presume que la marca continuará vigente varias décadas; en lo que va del siglo XXI, sólo la mexicana Ana Guevara (48:89) y la estadounidense Sanya Richards (48:70) bajaron los 49 segundos.
La marca de Koch fue tan sobrenatural que debajo de los 48 sólo hubo otro único caso, y también a cargo de una atleta de la Cortina de Hierro, Jarmila Kratochvílová, de República Checa, en 1983. "Los avances tecnológicos no cambian tanto en nuestras disciplinas. Las zapatillas no modifican mucho", se defendió Koch en 2010, en el 25° aniversario de su récord, al que muchos le adjudican una inmunidad garantizada para que en 2085 cumpla 100 años de vigencia.
Pero la de Koch es la segunda marca más antigua. El 26 de julio de 1983, la propia Kratochvílová, una mujer con el cuerpo hipermusculado, más formateado para fisiculturismo que la velocidad, marcó 1:53:28 minutos en los 800 metros. No corrió, voló. Pasaron 29 años y nadie le hizo cosquillas a la representante de la entonces Checoslovaquia. La única mujer que relativamente puso en peligro el récord fue también una soviética, Nadezhda Olizarenko, con 1:53:43, el 9 de septiembre de 1989, dos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Pero fuera del eje comunista, sólo una atleta bajó los 1:55 minutos. La keniata Pamela Jelimo, en 2008. Como la marca de Koch, la de Kratochvílová será eterna: mató el tiempo.
También en hombres, el tiempo con mayor antigüedad pertenece a un país que ya no es tal: el discóbolo de Alemania Oriental Jürgen Schult lanzó el disco a 74,08 metros el 6 de junio de 1986, en Neubrandenburgo (ex RDA). Otra vez, como en los registros de Kratochvílová y de Koch, Schult seguramente morirá con el récord en su poder; el mejor registro de 2011 fue del húngaro Zoltan Kovago, con 69:50. El lanzamiento de disco femenino permite otra excentricidad: las diez mejores marcas de la historia fueron conseguidas entre 1983 y 1989 por seis alemanas del Este, una soviética, una búlgara y una rumana, o sea, todas atletas del eje comunista.
En agosto del año pasado, Schult superó al mítico estadounidense Jesse Owens al frente de los atletas masculinos que más tiempo retuvieron un récord. El velocista negro que ridiculizó a Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín 36 mantuvo entre mayo de 1935 y agosto de 1960 el récord de salto en largo con 8,13 metros, pero esos 25 años de vigencia fueron superados en 2011 por Schult. El segundo hombre en esta lista es el soviético Yuriy Sedykh, que en 1986 lanzó el martillo a 86,74 metros. Un cuarto de siglo después, su marca es de las pocas vigencias que mantiene la Unión Soviética, al igual que la de su compatriota Natalya Lisovskaya, quien en junio de 1987 lanzó la bala a 22:63.
El sexto caso es de una búlgara, la saltadora en alto Stefka Kostadinova, quien marcó 2,09 metros en agosto de 1987. Un año después, en el mismo mes de 1988, una compatriota, Yordanka Donkova, consiguió otro de esos récords con olor a eternidad, los 12:21 segundos que tardó para los 100 metros con vallas. Pero antes y después del registro de Donkova, en lo que vendría a ser el séptimo y el noveno puesto de la tabla de los récords más antiguos, aparece por duplicado el apellido más emblemático de la era de la sospecha. Recordar su nacionalidad rompe con la noción de inocencia que se presumía sobre el resto del mundo: no era una atleta del Este sino una estadounidense, Florence Griffith Joyner.
La velocista californiana todavía mantiene el récord de los 100 metros femeninos (10:49 segundos, en julio de 1988) y de los 200 (21:34, en septiembre de ese año) pero, a diferencia de Kratochvílová, Koch, Schult, Sedykh, Lisovskaya y Kostadinova –los seis primeros de la lista, todos ellos europeos del Este, todos ellos vivos–, ya murió. Fue en septiembre de 1998, diez años después de su gloria, que ocurrió su destrucción: Griffith Joyner murió por una apoplejía cerebral. Tenía 38 años, dos récords y mil sospechas de doping.

<b> LOS DESAFÍOS DEL HOMBRE MÁS VELOZ </b>
Bolt llega a los Juegos con un objetivo: pulverizar las marcas que él mismo consiguió. La ciencia detrás del fenómeno.
Agendada para el domingo 5 de agosto a las cinco de la tarde de Argentina, la final de los 100 metros en Londres 2012 podría convertirse para el universo deportivo en un evento similar a lo que significó el 21 de julio de 1969 para la astronomía, cuando el hombre pisó la Luna. Usain Bolt también persigue un objetivo que va más allá de lo conocido: un alunizaje en Londres.
El jamaiquino, una flecha infiltrada entre corredores, necesitó los 15 meses que pasaron entre mayo de 2008 y agosto de 2009 para acelerar el récord del mundo en 16 centésimas. Primero, en una reunión de Nueva York, marcó 9:72 segundos, un tiempo que rompió la barrera anterior, de 9:74 (conseguido por su compatriota Asafa Powell). Ya en los Juegos Olímpicos de Pekín 08 llegó a 9:69 y, finalmente, en el Mundial de Berlín 09 bajó a 9:58. En esas tres carreras, distanciadas entre sí en poco más de un año, Bolt pulverizó un lapso para el que anteriormente habían sido necesarios 17 años, seis atletas y ocho récords; la progresión de las 16 centésimas anteriores a Bolt se retrotraen a los 9:74 de Asafa Powell en 2007, 9:77 del mismo Powell en 2005, 9:78 de Tim Montgomery en 2002, 9:79 de Maurice Greene en 1999, 9:84 de Donovan Bailey en 1996, 9:85 de Leroy Burrell en 1994, 9:86 de Carl Lewis en 1991 y 9:90 del propio Burrell, también en 1991.
Pero el hombre más veloz de la historia no se conforma. Dice que puede correr en 9:40 segundos. Aunque no tan optimista, el entrenador de Bolt, Glen Mills, también cree que el margen de mejora será aún asombroso: "Usain puede correr en 9:49", pronosticó. El límite de la velocidad humana es un cosquilleo que fascina a físicos, biólogos y biomecánicos, pero ninguno se pone de acuerdo. Predecir el próximo récord de Bolt, o de su sucesor, tiene mucho de científico pero a su vez de azaroso, porque depende de decenas de factores, algunos de ellos coyunturales, como la temperatura, la humedad, el viento y la altura de la pista. Y, sin embargo, no hay dilema más tentador.
Los límites de lo posible se corren como si fueran atacadas por un ejército invasor; así como hasta hace diez años nadie aventuraba que el hombre pudiera superar la barrera de los 9:60 (y a mediados del siglo pasado era insospechable que el límite estuviera por debajo de los 10 segundos), un biólogo de la Universidad californiana de Stanford, Mark Denny, estimó en The Journal of Experimental Biology que Bolt o cualquier otro hombre podrían correr a 9:48, pero no más rápido.
En cambio, un profesor en Ciencias Matemáticas de la Universidad británica de Cambridge, John Barrow, aventuró un tiempo similar al que el jamaiquino jura que será capaz de alcanzar: 9:40. "El tiempo de los 100 metros es la suma de dos partes, la reacción a la pistola de largada y la corrida posterior. Si Bolt pudiera bajar su tiempo de reacción a 0:13 segundos, que es bueno pero no excepcional, haría un buen progreso", dijo Barrow en cuanto a la única debilidad de Bolt, su reacción a la largada. Y, seguramente para no sobrepasarlo con la presión, Mills, el entrenador, ya dijo que la humedad de Londres conspirará contra un nuevo récord.

Denny estimó, además, que la plusmarca de los 200 metros, también de Bolt –quien en Berlín 2009 marcó 19:19–, puede bajar a 18:60. La carrera de los 200 metros, aunque menos popular que la de 100, supone una debilidad para los atletas, ya que es la distancia en la que el hombre consigue su mayor velocidad. Bolt unió los 200 metros a 38,6 kilómetros por hora o, si se prefiere, 10,73 metros por segundo, gracias a 80 descomunales zancadas: 42 en el hectómetro inicial y 38 en el final; las primeras medían un promedio de 2,50 metros y las segundas, un promedio de 2,63.
Tal vez el único récord de alta velocidad que no tiene Bolt es uno que, paradójicamente, no entrega medallas de oro. El atleta que corrió más rápido un hectómetro fue el estadounidense Michael Johnson en Atlanta 96, cuando de los 19:32 segundos que tardó para los 200 metros (lógicamente, ganó la carrera), sólo 9:20, en una formidable explosión de energía, le bastaron para la segunda parte. Lo mejor de Bolt en la última mitad de los 200 metros –el tramo en que el hombre consigue su mayor velocidad– fueron los 9:32 que cronometró en Berlín 2009.
La barrera que el hombre nunca romperá, según el estudio matemático del biólogo estadounidense, son las dos horas en el maratón. Denny asegura que la velocidad máxima sostenida a lo largo de los 42,195 kilómetros no puede ser mayor que los 20,988 kilómetros por hora, por lo que todavía existen chances de mejorar el registro actual, las 2:03:38 horas del keniata Patrick Makau, pero nunca nadie bajará de las dos horas. Salvo que haya otro alunizaje en Londres.

<b> EL REGRESO DE LA NATACIÓN </b>
El doping también puede ser tecnológico, y eso fue lo que pasó en la natación con las mallas impermeables, que ahora están prohibidas.
La natación en Londres 2012 será la última etapa de una invocación a los orígenes pervertidos, el regreso final al espíritu olímpico tras una etapa de fingimiento en que, durante dos años, todo quedó desvirtuado por la irrupción del doping tecnológico. Tal como lo definió Craig Lord, el especialista del diario inglés The Times, entre 2008 y 2009 no hubo natación sino surf. Las tablas eran los trajes de baño.
En ese período, los deportistas, resguardados por mallas impermeables con dos láminas de poliuretano, rompieron 255 récords mundiales (algunos imbatibles desde hacía 30 años) y, desafiando las leyes de la naturaleza, salían completamente secos de las piletas: estaban plastificados desde el cuello hasta los tobillos. Flotaban. Se deslizaban. Ni siquiera se mojaban. Como si fuese Fórmula 1, importaba más el traje (Speedo, Jaked o Adidas) que el nadador. El pasado fue descuartizado: el mítico Ian Thorpe Ian Thorpe (quíntuple campeón olímpico 2000-2004), que en 2008 tenía la 47ª mejor plusmarca de la historia en los 100 metros libres, un año después yacía en el puesto 258. Bastaba con calzarse el nuevo traje.
Pero en 2010 los bañadores impermeables fueron prohibidos y reemplazados por los de siempre –los textiles–, y durante los 12 meses siguientes nadie mejoró ni siquiera un registro; quedó al descubierto que las hazañas habían sido una puesta en escena tecnológica que sólo perseguía más espectacularidad y dinero. Pero demasiado show y tan poca credibilidad no fue negocio. Ya en 2011, en el Mundial de Shanghái, se volvieron a quebrar dos récords, muy pocos en comparación con los 43 del Mundial de Roma 2009, los años de apogeo de los trajes flotadores, aunque mucho más válidos que los de aquella catarata de triunfos ilegítimos.
Pero lo que veremos en Londres 2012 –ya otra vez en tiempos de slips de tela– será mucho más impactante que un récord o no; está anunciado como el gran duelo de la historia. De un lado, el estadounidense Michael Phelps, el mejor de todos los tiempos, 14 veces campeón olímpico en Atenas 2004 y Pekín 2008. Del otro, su compatriota Ryan Lochte. Como mínimo se enfrentarán en dos pruebas: los 200 metros libres y los 200 metros de estilo. Cada uno, por su lado, buscará más hazañas: Phelps competirá en seis variantes y Lochte, en siete. Y esta vez sí serán proezas humanas provocadas por metabolismos prodigiosos y no por tablas de surf con forma de mallas.
<b> La mayoría de los argentinos van a competir. Estos ocho, en cambio, van a ganar </b>

Emanuel Ginóbili – Básquet
Última función olímpica para un mito viviente del deporte argentino. De candente final de temporada en la NBA, el bahiense viaja a Londres para el rescate emotivo de un equipo carcomido por las lesiones y las inactividades de varios de sus jugadores, y con un fixture temible en primera ronda. Si se tratara de otra Selección, el pase a los octavos de final sería como escalar el Everest sin oxígeno. Pero la Generación Dorada (Manu, Scola, Nocioni y compañía) sabe de qué se trata. Ellos son la épica.

Lucas Calabrese y Juan de la Fuente – Yachting
Están cualquier domingo de primavera: miles de barquitos frente a las costas de Buenos Aires, paseando o compitiendo. El Río de la Plata y la cuenca del Paraná son un tremendo semillero de navegantes y de allí han salido muchos campeones (con ocho, el yachting es un gran aportante al medallero olímpico argentino). En estos juegos, Calabrese y De la Fuente intentarán mantener vigente esa tradición. Navegan en 470, una de las clases más veloces de la vela, salieron quintos en el último mundial y De la Fuente ya ganó un bronce en Sidney 2000.

Luciana Aymar - Hockey sobre césped
Muy por encima de las diluidas perspectivas para que la delegación argentina atrape alguna medalla de oro en Londres, la jugadora que en 2008 fue elegida por la Federación Internacional como la mejor de la historia de este deporte capitanea la mayor apuesta nacional en los Juegos 2012. Aymar es el talento individual que se necesita para contrarrestar dos rivales pesados: Gran Bretaña, la nueva potencia, y Holanda, el habitual verdugo olímpico de Las Leonas. Un lugar en el podio es factible. El primer puesto sería proeza.

Braian Toledo - Lanzamiento de jabalina
Un lanzador de jabalina en Argentina, y especialmente en la frontera oeste del segundo cordón del Gran Buenos Aires, es una intervención sobrenatural. Este chico de 18 años personifica ese milagro: un Quijote contra el desierto, que había avanzado sobre el atletismo argentino en los últimos 60 años (las cinco medallas olímpicas ganadas fueron entre París 1924 y Helsinki 1952). Toledo, que es el campeón mundial juvenil, viaja a Londres para sumar experiencia; su desafío verdadero será en Río de Janeiro 2016. Verlo en vivo es una experiencia del reino animal: sus bramidos al lanzar la jabalina desprenden una increíble explosión de energía.

Walter Pérez – Ciclismo
De las 17 medallas de oro que Argentina coleccionó en su historia olímpica, una, en coproducción con Juan Curuchet, le corresponde a este bonaerense de Isidro Casanova de 37 años por el triunfo en la prueba Madison (o americana) en Pekín 2008. Pero, desde entonces, sucedieron dos hechos que pulverizaron sus posibilidades de repetir un podio: Curuchet se retiró y la Madison fue abolida. En Londres 2012 (será su quinta participación olímpica), Pérez competirá en una prueba, ómnium, que no es su especialidad. En todo caso, nadie le sacará su lugar en el altar del deporte argentino.

Paula Pareto – Judo
Tal vez, junto con Las Leonas, la representante argentina cuyo radar sintoniza con mayor naturalidad la llegada a las semifinales, territorio de podio olímpico. La Peque asegura que competirá en Londres aun mejor preparada que cuando lo hizo en Pekín 2008, escenario en el que ganó su medalla de bronce tras una taquicárdica lucha contra una rival superior, la norcoreana Ok Song Pak. Entre ambos Juegos Olímpicos, Pareto fue campeona panamericana en Guadalajara 2011. Su exposición mediática, en comparación con otros deportistas argentinos, es tan subterránea como su altura (150 centímetros). Sus posibilidades de volver a construir algo grande, todo lo contrario.

Cecilia Biagioli – Natación
Un caso formidable de adaptación al agua en cualquiera de sus disciplinas. Con 26 años, la cordobesa clasificó para un Juego Olímpico por cuarta vez consecutiva en natación convencional, y participará en la prueba de 800 metros de pileta cerrada. Pero, además, Londres 2012 marcará su debut en aguas abiertas, prueba extenuante para la que es necesaria mayor resiliencia que velocidad. Biagioli fue quinta en el embravecido mar de China Oriental, en el Mundial de Shanghái 2011, pero el maratón olímpico (10 kilómetros) será en el Hyde Park, lo que supone aguas más tranquilas y menos chances para la argentina.

Facundo Conte – Vóley
Por portación de apellido (hijo del emblemático Hugo, uno de los mejores 25 jugadores de la historia del vóley) y por instinto asesino para jugar (goleador de la selección que dirige Javier Weber), este joven de 22 años y 198 centímetros lidera el grupo de los herederos. Junto a él, Iván Castellani (hijo de Daniel), Nicolás Uriarte (hijo de Jon) y Rodrigo Quiroga (sobrino de Raúl) intentarán repetir la medalla de bronce que sus padres y tíos ganaron en Seúl 88. Su sangre respalda ese objetivo.
<b> Seguí todas las instancias de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 en el <a HREF="http://londres2012.lanacion.com.ar/" TARGET="_blank">canal especial</a> de CanchaLlena.com </b>





