
El Hombre Nuclear
Los avances tecnológicos permitirán cumplir con aquella fantasia de los 70
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El Hombre Nuclear (The Six Million Dollar Man, en la original en inglés) fue una serie de televisión sumamente popular que se emitió a mediados de los 70. En ella, Steve Austin, astronauta y piloto de pruebas, pierde sus dos piernas, un brazo y la visión de un ojo durante un accidente y es reconstruído con partes biónicas.
En la serie, la integración de biología y tecnología era perfecta. Nunca veíamos a Austin quejarse de dolores o tener problema alguno como consecuencia de su combinación de biología con prostética. Más aún, esos componentes tecnológicos en su cuerpo no sólo le devolvían la funcionalidad perdida: dotaban al hombre nuclear de velocidad y fuerza sobrehumanas, así como de visión telescópica e infrarroja. Quienes veíamos la serie, frecuentemente fantaseábamos con tener un cuerpo como el suyo. Aquella historia de ciencia ficción de hace algunas décadas ahora asoma en el horizonte como una posibilidad cada vez menos alocada.
Las prótesis que se utilizan habitualmente ante la amputación de un brazo o una pierna son piezas inertes, enganchadas a nuestro cuerpo pero no conectadas a él. Por esa razón, resultan un reemplazo muy pobre del miembro perdido. Sin embargo, la aparición reciente de prótesis robóticas empezó a transformar esta realidad. Los prototipos más recientes pueden vincularse directamente a los nervios del cuerpo, de modo que reciben las órdenes eléctricas que el cerebro envía a través de nuestro sistema nervioso. En otras palabras, no solo se mueven, sino que pueden ser manejadas directamente con el pensamiento, del mismo modo que movemos nuestras extremidades biológicas.
Devolver la movilidad resulta de por sí una hazaña considerable, pero DARPA, la agencia de investigación avanzada del Departamento de Defensa estadounidense, anunció el mes pasado un nuevo logro sorprendente: añadir a una mano robótica sentido del tacto. Es decir, no sólo la mano recibe e interpreta las señales eléctricas que el cerebro le envía, ejecutando los movimientos. También puede recoger información mediante sensores, convertir esos datos a impulsos eléctricos y enviarlos a través del sistema nervioso, de modo que el cerebro pueda sentir lo que la mano está sensando.
Es razonable pensar que con la mejora continua de estas prótesis biónicas en algún momento podamos construir un brazo o una pierna capaces de cumplir la premisa de la serie televisiva: no sólo devolver a su portador las capacidades perdidas, sino dar a su vez habilidades nuevas, asombrosas, inalcanzables para quienes tengan un cuerpo solamente biológico. Podremos darnos nueva fuerza, pero también nueva sutileza. El tacto es sólo el comienzo: incorporando otros sensores que nuestras manos no tienen, adicionaremos sensaciones enteramente nuevas, inaccesibles de otro modo, al mundo sensorial que conocemos.
La pregunta será entonces: ¿habrá quienes elijan transformar su cuerpo para mejorar su desempeño sin tener que sufrir la tragedia de una amputación por un accidente? ¿Habrá quienes se sometan a una cirugía para tener la posibilidad de experimentar el mundo transcendiendo algunas de las limitaciones impuestas por nuestros cuerpos?
Si tantas personas forman fila afuera y pasan la noche a la intemperie esperando para comprar el día del lanzamiento el último modelo de celular inteligente, no me parece excesivamente aventurado pensar que algunos hagan fila para ser los primeros en tener las capacidades aumentadas del hombre nuclear y muchas más que nuestra imaginación de los 70 no alcanzó a concebir.
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