
El hombre tucán
El auge del turismo –favores del cambio mediante– hace posible el encuentro fortuito con lo extranjero, que es, también, un modo de redescubrir lo propio
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Desde hace un tiempo, al rubro turismo le salió un escenario exótico: nosotros. Así es que, hastiados de pirámides, elefantes, Monalisas, Estatuas de la Libertad y góndolas, los correcaminos se zambullen en el sur del mundo y amanecen en Ezeiza. Vienen a tocar una ballena, a vibrar con el azul del Upsala, a orillar la Antártida, y meterse en esa salsa distinta y asombrosa que son los argentinos urbanos. Algunos de los que arriban son más exóticos que nosotros.
No es común que un hombre se instale de pie en la calle Florida con el único fin de mirar en éxtasis el sol. Pero ese tótem humano estaba allí, policromo, casi canadiense, y rotundamente porteño a la vez. Plantado de modo olímpico. Digo ajeno al doble río de ansiosos que debían frenar y eludirlo. Distante, sin pedir nada, meditando, encendido de tanto color y emperifollado “como los dioses”. Atractivo y gratuito. Un monumento a la curiosidad.
No esa estatua viviente que nos enfrenta de golpe con Cleopatra o Napoleón. Esto era al natural. Esbelto, tostado, fina estampa, rondando los 70 años. Jeans celeste, zapatos con hebilla y sobretodo piel de camello abierto que exponía su pasión por el color: camisa verde, corbata blanca, chaleco rojo. Un modelo para desarmar. El último dandy en foto para la eternidad. Una figurita.
Me eché a un costado y saqué conclusiones sobre porteño tan piantao. Hasta pensé que, si subiese el río y quedase solo él, a los antropólogos del porvenir les habría sobrado para descifrar cómo fuimos (o por qué fue que dejamos de ser): falta de unidad, tendencia a lo dispar fragmentado, y a ese exceso de pasión cacatúa que era lo que más sobresalía de la pose del notable infatuado que digo.
Estuve contemplándolo un cuarto de hora hasta que, por fin, volvió a su ser (digo a su humana movilidad). Con parsimonia se ajustó el abrigo y, con paso casi de Balvanera, inició la retirada. No pude con el llamado de la profesión y, cortesía mediante, me arrimé para sacarme el enigma de encima.
–Soy turista. De Polonia –dijo–. Yo, profesor de tango en Cracovia. Allá, gran bailarín. Gustar mucho de Ojos negros. ¿Usted conoce Ojos negros, de Vicente Grecco? ¿Saber usted que en mi ciudad hay calle igual de paseo y llamarse Florianska?
Para retribuirle la columna, lo invité con un café. Lo que el aparente tucán Wladimir Stala conoce de tango sorprendería a Del Priore o a Godoy (que mucho saben). Me contó que Piazzolla se adueñó de las noches de Lodz, de Gdansk, de Varsovia. Que en su Cracovia natal se aprende esañol para poder cantar Trenzas y Malena.
Y tanto más. Pero fue al hablar sobre Osvaldo Pugliese que me dejó a mí hecho una estatua. Acariciándose el mentón, y como quien lo descubre en el acto de decirlo, alzó la cabeza con autoridad y sentenció: “Pugliese es el Chéjov del tango. Por sus pausas. Esto usted ya lo debe saber”.
Cuando reaccioné, Wladimir ya no tenía pinta de tucán. Los colores se le habían amortiguado y ahora el rojo (entero) estaba en mi cara. Quedamos en vernos antes de partir. Para otro café. Para otra lección. Es increíble lo bien que nos hace el turismo.






