
El inevitable riesgo de vivir
Señor sinay: tengo 18 años y me puse a pensar sobre la inseguridad humana. Lamentablemente, debo escuchar ciertas opiniones de la gente que, en verdad, me parecen muy poco sensatas. ¿Qué es verdaderamente la inseguridad? ¿Podemos vivir con ésto toda la vida? ¿Cómo se puede superar?
Marisa Gatti
La inquietud acerca de si es posible vivir toda la vida con la inseguridad a cuestas está respondida por la historia de la humanidad. Desde que los seres humanos existimos nada nos ha sido garantizado. Vivir fue siempre una inversión de riesgo. A nuestros primeros antepasados los devoraban bestias primitivas, los calcinaban los rayos, no resistían a la menor bacteria. Con el correr de los tiempos se lograron paliar ciertos peligros, pero sólo para que los remplazaran otros. Las pestes diezmaban continentes en el medioevo; nuevas enfermedades sustituyeron siglo a siglo a las que se lograba dominar; los ladrones ejercen su oficio desde que empezó la historia; la aparición del automóvil sembró las calles de riesgos desconocidos; las armas se perfeccionaron y divulgaron de tal modo que cualquiera las porta y casi cualquiera mata, además de las masacres masivas debidas a esa industria. La inseguridad es parte de la vida, viene con ella. ¿Cómo saber si este no será nuestro último día? Nadie nos puede vender un seguro contra eso, a pesar de que ya existan pólizas para casi todo. Y aun así, nada está asegurado. La vida es una aventura de final incierto que se reanuda con cada amanecer.
La incertidumbre, ingrediente natural de la vida, es también un factor funcional a la misma. Ayuda a crecer, a desarrollar recursos, a forjarse en el imprevisto. Cuando imaginamos que todo lo bueno nos espera en el futuro, empezamos a no soportar nada que ponga a éste en duda. Y si pretendemos vivir como inmortales, nos frustra cada hecho con el que la vida nos recuerda nuestra condición mortal. Muchos de esos hechos, aunque pataleemos, son parte de la vida. Pueden resultar dolorosos, pero no son ni buenos ni malos ni injustos. Simplemente son. No cabe ante ellos la calificación moral. Otros factores de inseguridad, en cambio, caen bajo el prisma moral. Si quienes tienen el deber inexcusable de garantizar seguridad en las calles, en el transporte, en los estadios, en las rutas, en el aire, en el agua, en los alimentos, en la salud, en la circulación cotidiana no lo hacen, y si esa inoperancia es producto de corrupción, desidia, negligencia, manipulación política, avaricia o cálculos egoístas, entramos en el terreno de la inmoralidad y la perversión. Con la inseguridad natural de la vida se convive, se crece, se madura se explora la propia existencia. Frente a la inseguridad provocada (por acción o por inacción), y ante la evitable y no evitada, no hay excusa y tampoco perdón.
En La sabiduría de la inseguridad, un ensayo cada día más revelador y vigente, el filósofo Alan Watts (1915-1973) dice que cuando no nos atrevemos a fluir en el río de la vida desde su nacimiento hasta su desembocadura, aceptando cambios y misterios, pasando por la incertidumbre y explorando el sentido de la existencia, terminamos por buscar refugio en supuestas seguridades, a menudo falsas. Nos metemos en fortalezas ilusorias, como las del dinero, el poder, los blindajes físicos (de casas, autos, etcétera) y en nichos emocionales (mantener pocos vínculos, sospechar del otro). Paralizamos el flujo de la vida, postergamos las experiencias vitales. No hay ciencia, no hay creencia, no hay receta mágica que nos garantice seguridad. Somos seres equipados para vivir y desarrollarse en la incertidumbre. René Descartes (1596-1650), padre del racionalismo, proponía "avanzar con seguridad en la vida". Eso no significa desconocer la existencia del riesgo, sino confiar en los propios recursos para afrontarlo. El filósofo contemporáneo André Comte-Sponville ve, por su parte, dos actitudes en cuanto a la seguridad. Una consiste en una disposición del alma para ir hacia la vida desarrollando recursos propios, sobre todo internos, y compartiendo peligros con otros, vinculándonos a ellos. La otra es comprar seguros o suscribir todo lo que nos prometa que no sufriremos ni correremos riesgos. La primera actitud, dice, es una virtud. La segunda, sólo un contrato. No son excluyentes. Pero no conviene caer en la ilusión de que a mayor cantidad de contratos, gozaremos de más seguridad. Quien procura prevenirse contra todos los riegos suele terminar protegiéndose nada menos que de la vida.
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.
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