El lenguaje y su trascendencia: símbolos de un amor que me niego a perder

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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6 de octubre de 2019  

Las palabras van cayendo en mis páginas como pétalos de magnolias, como hojas de rododendros o como los suspiros del silencio. Como mis amores y deseos, que parecen ir durmiendo uno a uno sobre mi piel, ajados de torpezas en los recuerdos de los días.

Era muy niño cuando en la escuela, en una clase de redacción, escribí con lápiz negro un corto ensayo. La maestra se acercó y me dijo: "Es muy especial lo que has escrito". No lo olvidé. Con el correr del tiempo, intenté coleccionar en mi memoria y práctica algunos lenguajes, poniendo en uso sus palabras como voces.

Encubiertos por un individualismo aguerrido en nuevas costumbres tecnológicas, año tras año parece acrecentarse la displicencia inconsciente en el uso y costumbre del lenguaje.

Hace siglos, cuando la noche de las casas y las calles eran iluminadas por lámparas de aceite y velas, las palabras aunaban a todos en voces y conversaciones. La palabra era el romance, una avenida que siempre parecía llevar a todos a un lugar de entendimiento, afecto, deseo, academia o irremediable levedad. Durante siglos nos expresamos y pusimos en letras nuestros conocimientos, y nos remitimos a libros para estudiar y aprender.

Crédito: Ilustración de Kalil Llamazares

Para ello, el correcto y erudito uso del lenguaje estaba aferrado a su etimología, pensamiento y convicción. No únicamente en libros académicos, sino también en la tradición de los sueños: con las novelas y el rigor de la historia; palabras escritas por cronistas con referencias y reseñas basadas en los anales de la historia humana.

Quizás entonces, el lenguaje tenía una trascendencia y significado de grandeza que parece hoy extinguirse entre los nuevos símbolos de pantallas tecnológicas. Un deseo abrumador de gratificación instantánea que mezcla onanismo espiritual con trivialidad. Un vacío inalterable de pobreza intelectual.

Así, con las horas que pasamos frente a los teléfonos, apretando y sosteniendo teclas que completan las horas de los días, meses y años, vamos relegando el lenguaje escrito a los cajones del olvido.

Siempre que puedo, voy adquiriendo "lapiceras fuente", como decía mi abuela, objeto añoso de escritura con tinta y pluma que parece olvidado. Es símbolo de un romance que me niego a perder, ya que es el hilo colector de mi intimidad, el que escribe con mi sangre en un papel que, luego de ser completado, doblado y dispuesto en un sobre con estampilla, cruza el océano, como un gesto de crítica al encierro solaz del teléfono.

El lenguaje hace homenaje a la paciencia de la espera y a la convicción de que las palabras, junto con el escribir, son el bien más bello que podamos tener.

Mientras crecemos, las palabras, el lenguaje y los idiomas parecen ir sumando conocimientos, como un ahorro subliminal de entendimiento. Lo más bello es que este saber nos acompaña a todos lados sin peso alguno. Para ello no necesitamos valijas o mochilas, solo el deseo de usarlas de la mejor forma posible.

Anoche, en Hong Kong, cociné en un restaurante. Entre los comensales finalmente conocí una joven pareja, con la que hace meses conversé para hacerles su casamiento en la jungla de esta maravillosa isla. A lo largo de la noche los observé y prácticamente no hablaron, estaban permanentemente mirando y escribiendo en sus teléfonos.

Será que hoy el amor se propaga así, entre símbolos, allí reside la intimidad, es la memoria del teléfono que tomó la nuestra. Allí habitan la emociones, a través de mensajes instantáneos y fotografías que van retratando nuestros pasos.

Que los dioses tengan compasión, clemencia y bondad con el lenguaje.

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