
El mapa de Gulliver
Del 12 al 16 del actual, en el predio de la Rural, Gulliver será usted, y el mapa, uno de Palermo. Sobre su superficie de 6 m por 12 m, el público podrá plantear mejoras urbanísticas y también marcar los sitios de la nostalgia personal, quizá la casa que ya no está o aquella esquina de la barra de amigos
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Por algo será que en los cuentos infantiles, los tamaños cambiados han sido siempre un tema que vuelve sin cesar. Alicia que se alarga o que se achica, Pulgarcito que cabe en una nuez o, por supuesto, Gulliver entre los gigantes o los liliputienses nutren nuestras dos fantasías primeras, la de meternos en las rendijas o los bolsillos a espiar sin ser vistos, o la de pasearnos enormes por un mundo de hormigas.
La experiencia que tendrá lugar en Buenos Aires en estos días apunta a lo segundo, como si los organizadores supieran que estamos hartos de mirar desde abajo los imponentes edificios o la vida en general, y quisieran darnos por una vez la sensación de dominar desde lo alto. Caminar por sobre las calles de nuestro barrio en su versión reducida, señalar el sitio preciso de nuestra casa, éste es el juego al que nos invita un japonés, el arquitecto Junzo Okada, del Taishido Study Group de Tokio. Un juego que consiste en sacarse los zapatos y acostarse boca abajo, como los chicos, a escribir lo que deseamos: más plazas, más paseos, más carriles para bicicletas, más espacios para vivir. Un juego de participación ciudadana activa y directa, que no nos llama a reclamar cambios en abstracto, es decir, ceñudamente, sino de modo más tierno, poniendo nuestro cuerpo en contacto con el mapa.
¿Qué es ese mapa y de dónde ha salido? Sus creadores fueron los arquitectos Nakamura y el ya mencionado Okada que, a partir de 1988, reunieron alrededor de su mapa a los vecinos de Tokio, Kawasaki, Yufuin, Higashimato, Urawa y Tendo, en Japón; a los de Ashford, en Gran Bretaña; a los de Tela, en Honduras; a los de Lérida, en España; en 1990, a los de Luján, y en 1994, 1995 y 1996, a los de Buenos Aires.
La plazoleta de los Vecinos Sensibles de Palermo fue el marco de uno de esos encuentros organizado por el Taller Internacional de Urbanística Latinoamericana (TIUL), fundado en 1993 en la Universidad de Roma por iniciativa de su presidente, el arquitecto argentino Edgardo Berjman. Por si aún fuera necesario hacer notar las diferencias culturales entre Japón y la Argentina, leamos lo que nos cuenta este urbanista que ha organizado y organiza bienales sobre su especialidad en sitios tan diversos como Madrid o la Patagonia, Barcelona o Iquitos. "En Tokio -dice Berjman- existe una legislación que exige utilizar esta técnica del Mapa de Gulliver para detectar las necesidades de los vecinos de un barrio y obtener datos que permitan rediseñarlo y mejorar la calidad de vida de su gente." Casas más, casas menos, igualito que en Buenos Aires.
Pero aunque entre nosotros no haya leyes que obliguen a los municipios a hacernos sentir inmensos, las cuatro experiencias argentinas realizadas años atrás han conocido tanto éxito que el carismático japonés a cargo del mapa volverá a fascinar a los vecinos de Palermo, del 12 al 16 del actual, en la Rural. Fematec 2001, la multitudinaria feria de la construcción que reúne a 300.000 visitantes, con entrada libre y gratuita, incluirá en el stand del TIUL una actividad especial intitulada Construyendo la ciudad turística. Plastificado sobre el piso, un plano de 6 m x 12 m mostrará el barrio en su totalidad, desde sus centros de atracción -plaza Italia, el Zoológico, el Botánico, el bosque, el Planetario- hasta la plazoleta Cortázar o el Hospital de Niños. "Pero toda esta zona tiene un espacio público muy valorizado, como las calles de Palermo Viejo, la placita Freud de Charcas y Salguero, la avenida Sarmiento, que son los recorridos más habituales de los porteños y también de los turistas -agrega Berjman-. Aclaremos que los participantes llamados a expresarse con entera libertad sobre el mapa no son únicamente los vecinos de Palermo, sino los innumerables visitantes que utilizan la zona como lugar de esparcimiento."
Otro integrante del TIUL, el arquitecto Rodolfo Graciotti, añade: "En la misma feria también presentaremos el Plan Territorial de Montevideo. Todas estas actividades, que serán proyectadas en pantalla gigante, integran el programa que estamos desarrollando en la IV Bienal Internacional de Urbanismo, auspiciada por la Unesco, con el tema Urbanismo y Turismo, y que culmina en Buenos Aires en 2002. Además, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires presentará un panorama de nuestra problemática urbana".
"Una vez concretada la participación de la gente en esta experiencia de Urbanismo Cartográfico -concluye la arquitecta Claudia Badano, asimismo componente del TIUL-, se realizará un relevamiento fotográfico de las huellas de Gulliver, o sea, de lo escrito por cada uno sobre el mapa, en diversos colores según su edad; se visitarán los lugares reales mencionados por grandes y chicos; se intercambiarán opiniones con los habitantes; y se ejecutará un Plano Herramienta capaz de influir en futuras decisiones urbanísticas".
Los escritos de los participantes ingleses, catalanes u hondureños que han dejado sus huellas sobre otros mapas de Gulliver llegados hasta mis manos prueban que "el mundo no es más que un gran vecindario", como lo afirman los Vecinos Sensibles de Palermo, demostrando merecer el adjetivo. Obviamente, sobre las frases en japonés se hace difícil opinar. Las otras me han parecido deliciosas, por lo que la gente exige y también por lo que rememora. Es que el barrio, y de eso el tango algo sabe, es el sitio donde lo vivido ha quedado tan grabado como en la propia mente. Lo que equivale a decir que el mapa de un barrio no sólo incluye lo visible: también las arenas que la vida se llevó.
Cualquiera que sea su edad, el que halla en el mapa el sitio de su casa, su colegio o el buzón donde se encuentra con la novia, lo hace mediante de una intrincada red de afectos y emociones. Un adolescente de Lérida marcó una esquina de su barrio con un corazoncito. ¿Para qué decir más? Otros pusieron, señalando un arroyo: Aquí me bañé por primera vez, o, en un punto de una plaza, Aquí nos reunimos todos los de la barra. Y otros, por supuesto, pretendían semáforos para evitar los choques, o que algún colectivo pasara justo ante su puerta. Pero el conjunto de los mapas, impregnados de aspiraciones, entretejidos con memorias, reflejaba un sentimiento colectivo que los transformaba en mapas de los días y los sueños de todos.
Desde los mapas del tesoro de las novelas de piratas, la idea de guiarse en una realidad tridimensional a partir de un dibujo plano a escala reducida encierra un poderoso atractivo. El Mapa de Gulliver tiene la misma seducción, pero alude a un viaje en el tiempo tanto como en el espacio. Tiempo de protesta para el presente, tiempo de proyectos para el futuro, tiempo de nostalgia. En 1994, los Vecinos Sensibles solicitaron a sus compatriotas de Palermo que trajeran fotografías antiguas para pegarlas sobre los sitios donde fueron tomadas. Una propuesta excitante que estimula en cada uno el deseo de ir a pegar la suya.
Mi abuela, por ejemplo, vivió en Fray Justo Santa María de Oro esquina Güemes. A mi Mapa de Gulliver de ese barrio no le pueden faltar las rayas de luz de la persiana que convertían a una abuela en abeja, ni la pulida escalera de ese mármol apisonado y verdoso de los años cincuenta, ni el colectivo 55 rojo que iba de Flores a plaza Italia, ni el bailongo La Enramada que hacía torcer el gesto de mi tía la soltera, ni los provincianos engominados y con anteojos de sol que se reunían en la plaza bajo el caballo de Garibaldi, apenas llegados a la Capital gracias al peronismo, ni las galletitas en forma de animal para los animales del Zoológico, ni el paquete de masitas compradas en Oro y Santa Fe. Cada barrio es infinito.
Deberíamos animarnos, después de todo, a tendernos de panza en el suelo, ante la sonrisa aprobatoria del carismático japonés, para aportar los propios laberintos al mapa interminable.
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