
El paciente animal
Una curiosa y entrañable peregrinación para salvar las mascotas en el hospital veterinario de la UBA
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Hace siete años compré un perro casi regalado por Mercado Libre. La descripción del producto decía: "Bruno es un schnauzer mini, está desparasitado y tiene todas las vacunas. Le gusta mucho tomar sol y jugar con chicos". La dueña lo entregó bañado, con cuchita de rigor, y se despidió con su mejor cara de póquer, sabiendo, íntimamente, que se sacaba un problema de encima. Lo que la mujer no había aclarado en el aviso es que el cachorro, encantador, tenía un agujero enorme en el paladar –un problema congénito que en las personas vendría a ser parecido a tener labio leporino– y que una parte de lo que comía se le iba directo a la nariz. Se podía morir en cualquier momento (y la verdad es que el cachorro también odiaba a los chicos). Entonces comenzaba un raid hospitalario que dura hasta hoy, pero que se encamina al final feliz.
En mi primera visita a una conocida guardia de animales en Palermo, la asistente que revisó al pobre Bruno se quedó paralizada cuando le abrió la boca. "Uh, mirá este agujerazo en el paladar", le mostró a su compañera de turno, y apenas pudieron contener un desaprensivo ataque de risa. Mi perro, el fenómeno, convertido en estrella de circo y monstruo de dos cabezas. La recomendación tuvo algo de sentencia: "Llevalo a la Facultad de Veterinaria. Si ahí no saben qué hacer, no va a saber nadie". La referencia era al Hospital Escuela de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Un cielo de alimento balanceado

Hay una llama blanca comiendo pasto sin prisa y con melancolía, mirando todo con cara de que alguien me explique cómo terminé acá; a pocos metros, en el mismo predio, un caballo se espanta las moscas del lomo. Los dos están en un tiempo paralelo al que dictan los bocinazos de la avenida San Martín. No muy lejos de ahí, por el Camino de la granja, chanchos y ovejas hociquean, curiosos, desde sus corrales, a los estudiantes que pasan. Un mundo verde y bastante insólito en pleno barrio de Agronomía: el Hospital Escuela de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires, un cielo de enfermeras y alimento balanceado para perros, gatos y todo bicho que camine.
Es una madrugada helada de agosto cuando meto el auto por la calle de tierra que lleva al viejo pabellón del hospital. Le abro la puerta del acompañante a Bruno y la llama lo mira de reojo, sin dejar de masticar, como pensando "otro que va al cuchillo". Con la recomendación expresa de llegar antes de las siete de la mañana para sacar número, me sumo a una fila de diez o quince personas, todos con sus animales de compañía. "Tranquilo, flaco, que acá es como que te lo vea Favaloro", me quiere calmar un anciano, caniche bajo el brazo. Los dos, hombre y minibestia, parecen expertos en esta clase de peregrinajes tempraneros.
El numerito, que recién se entrega a las ocho, es para ser atendido en el turno de las nueve. Me ubico en la sala de espera del pabellón, hundido en el olor a perro mojado y desinfectante, y veo pasar un boxer con vendajes en una camilla con ruedas. Su dueño me cuenta que un vecino se hartó de escuchar a José Carlos –así se llama el boxer– ladrando todas las noches hasta las tres de la mañana y le pegó un par de balazos. Así nomás. "Lo operaron hace un rato y parece que se salva", aclara, entre aliviado y furioso.
Mientras pasa el animal baleado –parece una película de Spike Lee en versión canina–, una señora sostiene un perro de la calle, que se le ahueca en la falda como un bebe. "Se me cayó del balcón, tiene las dos patas de adelante quebradas", me cuenta, y se nota que realmente es un hijo para ella. "El que no tuve", confirma, y es inevitable pensar que además de amor, el ser humano a veces pone demasiada neurosis en sólo cuatro patas, un hocico y un montón de pelos para acariciar.
Más adelante, charlando con los médicos, caigo en la cuenta de que este lugar, como todos los hospitales, es un increíble depósito de historias. Cada año se atienden en este pabellón más de 30.000 animales –entre 50 y 100 por día–, desde equinos hasta canes, gatos, tortugas, conejos, aves y reptiles, tratados en todas las especialidades clínicas imaginables. Hay mil relatos de mascotas a los que les pasó de todo, no tanto por travesuras propias, sino más bien por el descuido de sus dueños. Traumatismos de todos los colores, golpes y caídas para que tengan. Como el perrito que llegó con el pene atado con alambre, castigado por un vecino que no quería que le preñen a su ovejera alemán, luz de sus ojos. O la locura de una mujer que trajo a su cachorro Pug en un huevito de bebe y con un chupete.
Lo opera Favaloro

En la revisión a Bruno, que a cada bostezo estira la abertura de su paladar como un gimnasta ruso, el diagnóstico es claro y confirma los pensamientos de la llama: "Directo a cirugía". Lo que hay que hacer es bastante complejo, pero se explica muy fácil: cerrarle el agujero, como sea.
El día de la operación, me mandan a comprar un hilo especial con el que van a coserle el paladar. También cargo toallas y una manta para envolverlo en el camino de vuelta a casa, porque los animales se despiertan temblando de la anestesia y hay que tenerlos en brazos un rato largo hasta que se les pase el mareo. Toda la intervención costará la mitad o menos de lo que saldría en cualquier veterinaria privada, en donde se cobra desde 1500 pesos sólo por un estudio (una rinoscopia, por ejemplo) hasta $ 6000 o más por una cirugía importante.
Al igual que sucede en la mayoría de los hospitales públicos, en este pabellón trabajan los mejores. De hecho, el día que operan a mi mascota, caigo en dos eminencias en cavidad bucal: los doctores Sabás Hernández y Viviana Negro. Cuando les entrego a Bruno y se cierra la puerta del quirófano, para mí ellos son Favaloro y la Madre Teresa juntos.
La operación dura cerca de una hora. En el pasillo, veo entrar y salir estudiantes, porque el hospital es donde cursan las partes prácticas de sus materias. La cirugía es, también, una especie de coloquio en vivo y en directo para los alumnos. Al mismo tiempo, los médicos, como Hernández y Negro, desarrollan su actividad en las cátedras y se meten al quirófano por la mañana. Son unos 250 profesionales en total. Y da la sensación de que docentes y alumnos conviven bastante bien en el frente de batalla. Nadie pelea, todos ponen el hombro.
Finalmente, la puerta se abre y dicen que todo salió bien, que le cerraron el agujero del paladar duro, aquel que tanta risa inoportuna había causado, pero que todavía quedan comunicaciones del paladar blando hacia la nariz. Envuelto en una manta, lo llevo al auto. El mes siguiente me lo paso dándole de comer en la boca y metiéndole los antibióticos que me dieron. Al parecer, hay Bruno para rato.
Un asmático en la familia

Pasaron años desde aquella primera operación y, en este tiempo, tuve que hacerle otra cirugía para que le cerraran los agujeritos que le habían quedado en el paladar blando. Todo el ritual otra vez: la espera, los estudios de rigor, el médico, las mantas, las toallas, el tembleque del posoperatorio, el hilo de coser, la vuelta a casa entre algodones.
Hace un mes, Bruno volvió a tener algunos problemas. Regresé al Hospital Escuela como un hijo que vuelve a la casa de sus padres. Y encontré todo igual en el pasillo: un doberman sin las patas de atrás, que caminaba con ruedas como si fuera Arturito en La Guerra de las Galaxias. Y, esperando a mi lado, una mujer en sus treinta, hablándole al oído a su cocker: "Va a estar todo bien Camilo, en el verano nos vamos de vacaciones al mar, de nuevo, ya vas a ver", escuché que sollozaba. Nada había cambiado. Uno se hace el duro, pero cada historia mínima resulta conmovedora.
Previa visita a Sabás –a esta altura un semi Dios personal–, terminé en el consultorio del doctor Bokenhans, un gran especialista en temas respiratorios, que me recomendó usar un puff para Bruno, como el que se aplican los asmáticos cuando les falta el aire. Me entregó una botella de plástico vacía de una gaseosa de litro y medio, cortada en la parte de abajo, y me mostró cómo meter el hocico de mi perro ahí, para enchufarle el puff cada mañana.
Salí del Hospital Escuela con el schnauzer y la botella. Antes de ir al auto, crucé a propósito todos los pasillos del pabellón y me volví a sentar en los bancos de plástico. Yo también me estaba acostumbrando a estos peregrinajes. O, quizá, formaba parte. Después salí al camino de tierra, completamente empantanado por la lluvia, y, antes de retomar la avenida San Martín, contemplé por última vez a la vieja llama en el espejo retrovisor. Podría jurar que movió los labios para decirme: "Nos volveremos a ver".
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