
EL RITO QUE VIENE DEL ABETO
Hace relativamente poco que los abetos se usan como símbolo decorado para celebrar la Navidad. La costumbre consagrada por los cristianos tiene raíces paganas, hundidas profundamente en el pasado del hombre; hoy se ha estilizado, como se muestra en esta nota
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Toquemos madera. Si es de roble, mejor que mejor; no hay otra que resulte tan apropiada para alejar la mala suerte.
Las tribus germanas de hace 1200 años veneraban el roble; ese gigante de regia madera despertaba en ellas impetuosos raudales de misticismo. El manzano ocupaba un segundo puesto en las preferencias, pero entre ambos árboles mediaba casi un abismo de prestigio.
Nadie hubiese imaginado entonces que el cristianismo lograría reemplazar la veneración del roble por la de un tercer árbol -ni siquiera el manzano- ante el cual ningún germano había doblado jamás la rodilla. Ese fue el abeto, cuya silueta triangular se prestaba para simbolizar a la Santísima Trinidad.
Así, como por arte de un birlibirloque botánico, los misioneros cristianos asimilaron las devociones paganas al terreno de su fe. Y de tal manera dio comienzo la historia del árbol de Navidad. Pero hay también una protohistoria.
Hubo, durante las épocas oscuras del mundo, hombres que pusieron su fe montaraz en los espíritus arbóreos. En invierno reemplazaban las hojas caídas en otoño con sartas de guijarros y guirnaldas de telas coloreadas. Creían aquellos hombres que los espíritus abandonaban los árboles a causa de la fealdad de sus ramas desnudas, pero que luego, cautivados por su follaje artificial, volvían trayendo con ellos la primavera. Esta creencia pagana convivió largo tiempo con la fe cristiana en las ciudades de la vieja Europa.
Al mismo tiempo que la desnudez invernal de los árboles de calles y jardines continuaba siendo tapada con abalorios, los abetos cristianizados habían ido ganando el interior de las casas germanas como símbolos novedosos de la Navidad. De allí a la decoración de los abetos con el mismo estilo pagano que los árboles de ramas peladas hubo un solo y corto paso, dado sin mayor demora.
En los hogares, a cubierto de las inclemencias del tiempo, la gente pudo variar la decoración de los abetos con elementos más bonitos y frágiles que los empleados en los árboles del exterior: se emplearon cuentas de vidrio, frutas, panes de jengibre y miel, caramelos en vistosos envoltorios, rosas de papel en homenaje a la Virgen y velas que simbolizaban a Cristo como luz del mundo.
Para fines del siglo XIX, el árbol de Navidad ya era popular también en Gran Bretaña, Escandinavia y Estados Unidos. Por entonces, el gran Hans Christian Andersen escribía uno de sus cuentos infantiles más célebres: El abeto, que describe la gozosa consagración del árbol a la fiesta de Navidad, sus grandes ilusiones durante el año que luego pasa en un desván y, por último, su trágico desencanto cuando sale de allí, seco y deslucido, sólo para servir de alimento al fuego de la chimenea. Ese final sugiere un retorno a las ceremonias paganas, porque el abeto acaba sus días como un leño Yule...
Antes de Cristo, los salvajes antepasados de Andersen celebraban el solsticio de invierno, momento en que el sol se halla debilitado al máximo y las noches boreales son más largas que nunca. En ese punto de extrema postración de la naturaleza, sólo es posible esperar que el sol vuelva a nacer, que todo resurja. El ciclo de las estaciones responde naturalmente a tales expectativas, pero en aquel entonces cobraba un carácter mágico merced a la fiesta de Yuletide, donde las divinidades vikingas Odín y Thor eran exhortadas a favorecer al hombre con un mundo nuevamente soleado y feraz. En tales circunstancias, con enormes leños ceremoniales se encendían grandes fogatas para simbolizar el anhelado regreso del verano.
El cristianismo en sus albores asimiló también esos ritos y los transformó en celebraciones navideñas. Lo que en Yuletide era el nacimiento del sol, vino a convertirse en el nacimiento de Cristo. La quema del leño Yule cobró a su vez un nuevo sentido; dejó de simbolizar la temperatura del verano para representar el abrigo del pesebre de Belén.
El leño Yule era siempre gigantesco porque se pretendía que ardiera los doce días que duraba el festejo de la Navidad. Si se apagaba o se consumía antes de ese término, cabía esperar un año desastroso. El cristianismo, ya se ve, no podía desprenderse por completo de la superstición pagana.
La tradición del Yule se mantuvo ampliamente difundida en Europa mientras los ambientes y los fogones conservaron dimensiones homéricas, apropiadas para contener semejante tronco. Yuletide se festejaba con variantes locales, pero básicamente era cosa de procurarse en la víspera de Navidad un leño duradero. Se prefería un tronco de roble añoso o, en su defecto, como se dijo al principio, uno de manzano, árbol que por dar frutos tenía un claro simbolismo. Se desbastaba el tronco volteado y se lo amarraba con sogas que servían para arrastrarlo hasta el sitio de la hoguera. Este acto, del que participaban cuantas personas podían uncirse al tiro, era mágico también; aseguraba la buena suerte de quienes habían intervenido en el acarreo del Yule.
Una vez que el tronco era acomodado en la chimenea hasta donde cupiese, se imploraba que el Yule durara eternamente y se lo rociaba con vino propiciatorio. Luego se lo encendía con una tea hecha de algún resto del leño quemado el año anterior. A medida que se incineraba en las fauces de la chimenea, el tronco iba siendo empujado sobre sus propias brasas para que continuara ardiendo. A las cenizas del Yule se las creía capaces de curar cualquier dolor físico y de aplacar las más poderosas fuerzas naturales, así como de ahuyentar los malos espíritus en cualquier momento del año.
Actualmente, en Francia, los panaderos preparan el Buche de Noël (leño de Navidad), una masa decorada de manera tal que parece un tronco Yule. La imagen del leño mágico también se emplea todavía, aunque infrecuentemente, como decoración de tarjetas navideñas. Y esto es todo lo que resta de la Yuletide y también del Yule que, en algún instante ignoto de la historia, fue quemado por última vez. Cuando Andersen entrega su abeto al fuego en su célebre cuento, establece de manera poética la estrecha vinculación entre el Yule y el árbol de Navidad.
Hasta que la tradición del abeto navideño sentó sus reales en América latina hubo de transcurrir buena parte de la primera mitad del presente siglo. La Iglesia Católica había sido más conservadora en el Nuevo Mundo que en el Viejo Mundo en materia de tradiciones originariamente paganas. Allá, por obra de los casamientos que la política internacional concertaba, la realeza alemana propagó la costumbre de adornar los abetos. En 1840, el príncipe Alberto de Sajonia hizo instalar un abeto de Navidad para su enamorada esposa, la reina Victoria. Hacia 1860, ella había impuesto definitivamente la tradición que su admirado consorte introdujo entre los británicos por la puerta de la alcoba.
En la Argentina, el árbol de Navidad ha sido siempre la quintaesencia del símbolo, porque, fabricado con alambre y papel o hecho de plástico, simboliza al abeto de la naturaleza. A diferencia de éste, el siempre verde abeto de la Navidad argentina -falso de toda falsedad, hasta el punto que lo llamamos pino-, es por lo general un árbol feliz, cuya enorme dicha consiste en compartir con la familia todas las navidades de la historia familiar. Concluida cada Navidad, sus ramas son plegadas contra el tronco o sacadas de su encastre. Convertido así en un arbolito dormido, se lo guarda en su caja hasta el próximo diciembre. Hay en esta preciosa rutina de perduración una alegre y definitiva nota de cristianismo.
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