El sueño del cóndor y la estrella de mar: ella le habló de su soledad y destierro

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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2 de febrero de 2020  

Ella, con esencia de abundante audacia, era su único imperio. Emancipada de toda levedad, parecía caminar llevando consigo los valles de su niñez, poblados por pasturas de flores y añosos árboles, avisados de saber por abuelos, padres y hermanos. Sus mansas reciedumbres, a veces ignoradas, establecían su propia regencia, convirtiéndola en un manjar de intelecto y abundancia. Un reinado de agrado, agudeza y elegante recato.

Todo formaba parte de su erudición, que llegaba además a los más pequeños e íntimos gestos de piel y placer. La delectación profana, minuciosa de sus manos y boca revelaban los detalles más resguardados de complacencia. Sus triunfos carnales eran de tal erotismo que, recibientes, hombres y mujeres, quedaban para siempre prendados por los extensos, lentos e insondables espasmos que asemejaban una misma muerte civil, ya que la vida a partir de aquellos profundos y elevados asombros de embeleso daban parte a una nueva vigilancia, alerta y expectación.

Su sustancia estaba cimentada en la más compleja y detallada intuición femenina, la que solo germina en un silencio de silencio. Similar al que atesoran los ríos con su hormigueo de andar preciso y custodia. Las aguas y sus cauces, al correr insistentemente, como ella, arrasan con impecable claridad y perseverancia el más bello enunciado de esperanza, arropando a huérfanos de soles y saciedad.

Ella vivía en una casa pequeña con tres pisos y un jardín al que daban tres ventanas muy grandes y redondas. Cerca de la pared había hecho crecer limoneros, con minucioso arte topiario, guiados por una estructura de hierro iban contorneando las tres ventanas en formas de ochos como enredaderas. Desde adentro se veía una corona de limones y verdes follajes envolventes. Al verlos siempre sentí que aquellos gajos cítricos en rodeos eran una extensión de sus brazos, parecían abarcar los más complejos gestos del placer en los desiertos de la memoria.

Crédito: Ilustración de Kalil Llamazares

Se había criado en las montañas con sosiego de viento y lluvia. Todo comenzó a los nueve años, cuando una mañana se despertó con un sueño notorio y exacto. En él, ella era una hermosa estrella de mar que luego de estar atrapada en un glaciar miles de años, un día se vio liberada del frío y se encontró posada sobre una alta piedra al sol de la cordillera andina. Lentamente se fue despertando y observando que nada parecía familiar a su alrededor: bosques, lagos y ríos, desde la altura, la hacían sentir muy sola.

Una tarde un enorme cóndor se posó a su lado y al escucharla llorar le preguntó el motivo de su tristeza. Ella le habló de su soledad y destierro. El cóndor le dijo que muy lejos estaba el océano, y que allí él había visto sobre una extensa playa de arena muy amarilla muchas estrellas como ella. Le dijo: "Mañana al amanecer, con los vientos ascendentes del oeste, te vendré a buscar y volaremos por seis horas hasta el océano; allí encontraras a tu familia". Al amanecer volaron por encima de lagos y ríos de la Patagonia: guanacos, choykes y pumas parecían saludarlos temerosos hasta que una enorme mancha azul anunció el Atlántico con sus altos y empinados acantilados que daban al mar.

El cóndor la posó suavemente en la arena y saludándola la dejó rodeada de cientos de estrellas mar. Al despertarse, supo que era un alma antigua y universal.

Fueron sus mismos amores que la guiaron por los días y los años hasta que un día se vio posada como en el sueño del cóndor en París, en aquella casa y jardín de Saint-Germain-des-Prés donde estableció su vida de licenciosos romances.

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