El vino de Lamadrid
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Me gusta encontrar los hilos invisibles que unen, aunque sea tangencialmente, los nombres de ciertas calles porteñas con hechos y personajes de nuestro pasado. Hace algunas semanas tuve la suerte de visitar ese barrio a la vera del Riachuelo que muchos de sus vecinos llaman, con gracia y orgullo, la República de la Boca. Allí me contaron que existió en la barriada un farmacéutico llamado Giuseppe Ragozza. Este inmigrante italiano llegó a Buenos Aires en 1873 y abrió su local en la esquina de Almirante Brown y Lamadrid, en pleno corazón boquense.
Por muchos años, el dueño de la farmacia hizo mucho más que expender medicamentos. Daba consejos a sus clientes, resolvía algunas consultas y hasta solía dar algún diagnóstico que luego confirmaban los médicos. Tan grande era la fama que había alcanzado este boticario en su comunidad por su sapiencia que, cuando una persona estaba muy mal o ya no tenía remedio, se solía decir: “A ese, ni Ragozza lo salva”.
Ahora bien. El farmacéutico de la ribera, que falleció en 1924, tenía el negocio y su hogar, como quedó dicho, en la esquina de Almirante Brown y Lamadrid. Esta última calle, que ya figura en los planos porteños desde 1866, conmemora al general Gregorio Aráoz de Lamadrid, militar destacado en la guerra de la Independencia y que luego, en los conflictos civiles del país, se convirtió en un oficial del bando unitario.
Pues resulta que el valiente uniformado que dio nombre a la calle de una emblemática farmacia de La Boca estuvo a punto de morir por el consumo de un medicamento, como lo cuenta el propio general en el primer tomo de sus memorias.
Lamadrid era tucumano, pero entre 1830 y 1831 fue gobernador de La Rioja. En ese tiempo le ocurrió el episodio que casi acaba prematuramente con su vida.

Abstraído por completo mientras escribía cartas a autoridades de otras provincias en su despacho, el general unitario apenas percibió que le había llegado una maleta con medicamentos embotellados provenientes de Córdoba. Cuando uno de sus ayudantes ingresó con la carga, puso todas las botellas en el suelo. Todas menos una, que había sido abierta en el camino, porque uno de los carteros se había puesto enfermo. La suerte quiso que, ante la distracción de Lamadrid, el ayudante pusiera este envase con medicina sobre una mesa, al lado de una botella de vino empezada la noche anterior.
Cuando se hicieron las dos de la tarde, el hambre apretó al ocupado general, que pidió que allí mismo le sirvieran el almuerzo. Queso de Tafí del Valle, charqui y huevos estrellados con tomate conformaron aquel menú, que el militar decidió rociar con vino. Por eso solicitó a su criado que le alcanzara aquel vino abierto. Pero el hombre se confundió y le pasó la botella con el remedio.
Ignoro si en aquellos tiempos el vino tenía gusto a remedio, o el remedio a vino, porque, como quien no quiere la cosa, el militar se embuchó dos terceras partes de la botella y definió su contenido como “muy bueno” y “dulce”. El asunto es que, al poco rato, se descompuso. Lo atacaron “calambres y dolores mortales por todo el vientre y el cuerpo”, con lo que se sintió en el final de su existencia. Hasta pidió la presencia de un confesor.
Entre terribles malestares, el unitario cayó en la cuenta de lo que en verdad había consumido. Mientras tanto, el alboroto alrededor del moribundo se había hecho enorme y las tropas del general, creyendo que lo habían envenenado, amenazaban con “pasar a cuchillo” al pueblo entero si se llegaba a morir.
Pero por fortuna apareció un cura local, el padre Bermúdez, que le recomendó al padeciente que se bañara en una “sangría de afrecho de trigo” (algo así como salvado y agua caliente) y se frotara bien todo el cuerpo, hasta hacerlo transpirar. De a poco, los calambres fueron pasando, y a la mañana siguiente, el hombre ya se había recuperado.
No es posible saber qué hubiera pasado si Lamadrid se terminaba de tomar aquella botella de falso vino. Probablemente no lo hubiera salvado ni Ragozza.
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