Ellas, entre el cielo y la tierra

Justo antes de su lanzamiento (llega a las librerías esta semana), un anticipo de Bendita tú eres. Las mujeres son las manos de la Virgen (El Ateneo). Su autor, Víctor Sueiro presenta en sus páginas a María Livia, una salteña que dice recibir mensajes de la Virgen María
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25 de septiembre de 2005  

Hoy se huele en el aire un tufo de anticatolicismo. En Europa hay países como Francia o España que fueron desde siempre tradicionales bastiones católicos y en estos días rifaron siglos de bautismo. En América en general la cosa tambalea y oscila entre la fe popular y ciertos gobiernos que no ocultan su ateísmo o su fobia a la religión. En Argentina hay mucha tensión con este tema, para decirlo suave. Digamos que en buena parte del mundo está de moda ser anticatólico. Uno empieza a saber, aunque sea en una dimensión muy pequeña, cómo se sintieron siempre los judíos. (…)

Si los católicos no hacemos algo para defender aquello que amamos, vamos a terminar en la vereda de enfrente, tirándole huevos podridos a la Iglesia, convencidos de que si tanto se repite el ataque, por algo será.

Nunca se está tan solo como ante el dolor.

A la Iglesia se la hiere desde afuera pero también desde adentro.

Unámonos para no estar solos ante el dolor de algunos ataques que tienen fundamento y de otros que son inflados.

Para unir y pelear, entonces, con las manos abiertas y el abrazo fácil, con ganas de reconciliarnos unos con otros, con amor y esperanza, no hay nada mejor que llamarla a la que puede todo eso, La Mamita, la Virgen, Nuestra Señora del Alma, una advocación que acabo de inventar y que me encanta como suena. Nuestra Señora del Alma. No hay nadie que sepa luchar mejor estas batallas.

Y el ejército que estará en la primera línea es el de las mujeres. (…)

La primera mujer

(Con humor, el autor imagina los primeros tiempos de la Creación)

Posiblemente Dios estuvo dándole un vistazo a Adán sin ser visto por él. Vio al hombre correteando desnudo por ahí, revolcándose en el pastito como un animalito doméstico, rascándose las nalgas, comiendo una frutita aquí y otra allá, orinando de parado y mojándose las piernas porque ni siquiera sabía cómo se hacía, riéndose con el sonido de sus propios flatos y eructando después de varios tragos de agua. No me miren así, ¿qué creían? ¿Que era un galán perfumado de mirada seductora? En verdad debe haber estado más cerca de Homero Simpson que de Brad Pitt. El Creador lo observó por un rato y hubiera mostrado su decepción musitando "¡Dios mío!" si no fuera porque Dios era él. Miró un rato más a Adán, que tal vez estaba jugando a tirar cocos a los hormigueros mientras se reía y se babeaba, y luego el Señor debe haber pensado: "Puedo hacerlo mejor". Y creó a la mujer. (De nada chicas, esa última hipótesis me la sopló mi hija.) (…)

Las mujeres y la fe

Descubrí, hace tiempo, que las mujeres son, por lo general, mucho mejores que los hombres en la relación con lo religioso.

(…) Es rigurosamente cierto que una mujer puede llegar a ser la pesadilla de un hombre, alguien que lo lleve a matar o a morir, incluso. Pero la mayoría son la luz nuestra de cada día.

(…) Son mejores que nosotros, los varones, en muchas cosas. Pero nunca lo diré públicamente, eso sí que no.

(…) Mujeres. Este librito es un tributo a ellas desde mi parte más masculina. No es un texto feminista ni femenino, ninguno de los dos sacos me quedaría bien. Es un homenaje de un macho viejo, gordo, miope y con poco pelo, a todas las que han hecho que su vida tuviera sentido. En la vida de todo hombre siempre hay detrás no sólo una mujer, sino muchas, contando a madres, esposas, hijas, hermanas, amigas, novias, secretarias o lo que fueran.

Y, por supuesto, está Ella, a quien le decimos: "Bendita Tú eres entre todas las mujeres". La Mamita. Nuestra Señora del Alma. (…)

María Livia

(En el libro, cuenta el autor lo que está ocurriendo en Salta, donde una mujer llamada María Livia dice que ve a la Virgen y recibe a miles de personas en un cerro cercano. Ella dice que prohíbe dejar dinero u ofrendas y que le llama la atención que hasta allí lleguen muchos "apellidos ilustres y personas de muy buen pasar y de una educación superior a la media". Hay una suerte de "reconciliación con Dios", dice el autor.)

A ese acto se le llama oración de intercesión, ya que se intercede por esa persona ante lo divino y se producen cosas impensadas. No sólo la gente cae hacia atrás y es sostenida por los servidores de la Virgen (…), sino que los que vivieron todo eso cambian de una manera increíble. Lo irán viendo ustedes a través de los testimonios de gente conmovida, llena de alegría, mareados de milagro. Pero eso vendrá después, incluyendo una charla con María Livia por primera y única vez, ya que guarda un prudente y razonable silencio, aunque en esta ocasión los dos sabemos que estamos en la misma trinchera y, además, yo me encomendé a la Virgen. Si era para bien, debía lograrlo. Y bueno, ha de ser para bien porque lo logré.

(…)

(Cuenta el autor que Gonzalo Tanoira (35) y Pilar, su esposa (34), relatan que una amiga, Paula Lacroze, les hace conocer a María Livia. Pilar ni siquiera iba a misa o había leído la Biblia antes de eso ("para mí Jesús era como una figura histórica, como Colón"). Gonzalo, gerente general de una compañía de inversiones, era más reacio aún. Le cuenta lo que sigue, en diálogo, al autor del libro.)

–Yo, de acuerdo a mi manera de pensar, decía: "¿Cómo se te puede ocurrir ir a un lugar donde hay alguien que dice que ve a la Virgen?". No cabía ni en mis más remotos sueños creer que eso era verdad. Era lo que vos le preguntaste a Pilar: "¿Y por qué pensaste que María Livia decía la verdad?". Definitivamente, para mí era todo un verso. Pensaba: "En algún lugar del cerro hay algún tipo de beneficio económico; alguien se debe estar llenando de guita con este cuento".

–No. No lo hay. Yo también pensé eso al principio, es natural. Investigué de todas las maneras y no hay ningún tipo de beneficio económico, al contrario. Los Obeid pierden tiempo y también dinero. (…)

(En el libro se relatan muchos hechos inexplicables que les ocurren a los Tanoira. Uno de ellos, poco antes de ser operado su hijo Santos, de 3 años.)

–Estábamos en el hospital –cuenta Gonzalo–, esperando que vinieran a buscarlo para la operación y Pilar jugaba con él sacudiendo las sábanas sobre su cuerpo para distraerlo. Santos estaba desnudo, boca arriba, riéndose y jugando con su mamá que lo tapaba y lo destapaba y, por ahí, Pilar le saca las sábanas del todo y vemos que tiene una medallita en el medio del pecho, una medallita sin cadena, apoyada en el pecho…

–¿Una especie de tatuaje, de dibujo sobre la piel?

–No, una medalla plateada, algo tangible, material.

Pilar: –Una medalla plateadita. La tengo acá (la muestra).

–Pero, ¿cómo estaba apoyada en el pecho si estaban jugando?

Pilar: –Es lo que no sabemos. Y el juego no era tranquilo; Santos daba vueltas carnero, se revolcaba en la cama, yo lo tapaba y lo destapaba y en un momento dado le hago "cu-cu" como descubriéndolo y lo destapo de golpe. Y ahí estaba la medallita. Sobre el pecho. Sin cadenita.

–¿Era una medallita del nene?

Pilar: –No. Nunca la habíamos visto antes.

–¿Y de dónde salió esa medalla?

Pilar: –Ni idea.

Gonzalo: –No sabemos. Le preguntamos a las enfermeras y ninguna sabía nada tampoco. (…)

Aceptación

(El libro ofrece otro testimonio acerca de María Livia. Jorge Parini (40) habla con el autor de lo ocurrido a su hijo.)

–Estaba cansado de pinchaduras, estudios, de cablecitos que le ponían, de tubitos que le conectaban…

–Lo sé. Llega un momento en que no querés saber más nada.

–Vos lo sabés, claro. Es muy duro. Yo le pedí a Dios que me cambiara, que el que tenía que estar en la camilla era yo. ¿Sabés las veces que le pedí eso? Le decía "poneme a mí, no me lo pongás a él". Bien, ¿eh?, nunca renegado, jamás me renegué de Cristo, porque yo sé que está conmigo. Yo sé que Cristo y yo, mayoría absoluta. De eso no tengo la menor duda.

–Qué lindo es eso. "Cristo y yo, mayoría absoluta".

–Mayoría aplastante. Cuando me entero de lo de Salta, yo no pensé en la cura de Gonzalo. Alejandra, mi esposa, estaba quebrada, ya no encontraba de dónde agarrarse, más allá de ser una mujer de fe (…) Por eso, yo no pensaba pedir a la Virgen que Gonzalo se curara, quería pedirle que nos diera fuerzas, que pusiera sus manos en los médicos que tenían que hacer la cirugía, que la fortificara a Alejandra en su momento y que… bueno… si las cosas no salían como tenían que salir, que nos diera aceptación. Eso es lo que yo le pedía a María. A María.

–Aceptación. Estabas dispuesto a recibir lo que fuera.

–Sí.

Jorge Parini dijo un "sí" inmediato, enérgico, seguro, como un hacha que cae sobre manteca. Me impresionó esa certeza; por eso, al oírla otra vez en el grabador, ahora, necesito transmitirles a ustedes ese tono.

–Eso es una entrega total en serio.

–Yo pedía aceptación. No resignación, ni en pedo.

–De acuerdo. Resignación es una mala palabra. (…)

Las apariciones y la Iglesia

¿Qué piensa la Iglesia actual de las apariciones marianas?

La respuesta es impecable e inobjetable. En su Informe sobre la Fe, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, actualmente más conocido como Benedicto XVI, escribió una definición que no tiene desperdicio ni admite dudas y que reproduzco textualmente:

"No podemos ciertamente impedir que Dios hable a nuestro tiempo a través de personas sencillas y valiéndose de signos extraordinarios que denuncian la insuficiencia de las culturas que nos dominan, contaminadas de racionalismo y de positivismo. Las apariciones que la Iglesia ha aprobado oficialmente ocupan un lugar preciso en el desarrollo de la vida de la Iglesia en el último siglo. Muestra, entre otras cosas, que la Revelación –aun siendo única, plena y por consiguiente, insuperable– no es algo muerto; es viva y vital." (...)

Mano a mano

(El autor dice que más que una entrevista periodística, el diálogo con María Livia es una larga charla entre amigos.)

"Quiero que quede en claro que yo no tengo nada extraordinario. Las cosas extraordinarias que pueden sucederme son únicamente por la aparición de la Virgen", dice María Livia. También dirá en otro momento:

–Vos vas a escribir un libro donde vas a contar todo lo que está pasando en Salta. Tratá de que yo no aparezca mucho, más bien que brille la Virgen que es lo único que en verdad importa.

–Esa es la idea, pero acá, en este caso, vos sos el instrumento humano que está en el medio.

–Nada más que eso. Una persona común (…)

–Yo creo que ése es uno de los motivos que hacen al mensaje más atractivo.

–Tal vez lo que la Virgen quiera es mostrar que se puede estar cerca de Dios y, al mismo tiempo, hacer lo común, lo que hacen todos, trabajar, cuidar la casa, criar a los hijos. Somos gente común. La Virgen quiere que todos seamos santos, pero en casa esa santidad cuesta. (…)

–¿Qué ocurre cuando vos apoyás tu mano sobre una persona?

–En ese momento yo apoyo mi mano pero es la Virgen la que apoya su mano y Ella es la que pide a Jesús, que allí se hace presente. Y Dios va a abrazar a esa persona, es Jesús mismo el que se acerca. Y entonces el alma de la persona, que es la que sabe, porque nosotros no sabemos con nuestros ojos, con nuestros pecados, reconocer a Dios en ese momento, pero el alma, que sí conoce, es la que cae en éxtasis… Es como un éxtasis lo que sufre la gente que se cae. (…)

–María, no es casual que en los últimos cincuenta años ha habido más apariciones de la Virgen que en los 1950 años anteriores. Algo está pasando.

–Leí en un librito que me regalaron que a una señora, al recibir la Eucaristía, la hostia se le transformó en carne… En Corea, creo…

–En Corea y en Japón hubo apariciones muy, muy fuertes. Pero, por eso te digo: por algo está apareciendo, por algo está apareciendo…

–Y acá, bueno, yo creo que esto es muy grande, esto es para el mundo entero. Los argentinos estamos señalados de alguna manera para la gran evangelización que va a preceder a la Segunda Venida de Nuestro Señor. Esa es la característica de esta aparición, ¿no?

Otros mensajes

Y lo que dice María Livia coincide en todo con otra aparición. En San Nicolás, el padre Carlos Pérez, rector del santuario de Nuestra Señora del Rosario, me decía hace trece años que "Argentina es la Nueva Jerusalén".

Los mensajes de la Virgen allí, desde 1983, repiten frases al estilo de: "Este ha sido el pueblo elegido por el Señor"; "Desde esta patria el Señor estará haciendo nacer en el cristiano un nuevo cristiano"; o "Este país se mantiene casi íntegro, comparado con otros países que están deteriorados, casi deshechos espiritualmente".

Una persona común

–María: ¿te queda tiempo para tu propia felicidad? Tu vida cambió mucho.

–Claro que cambió, en 180 grados. Pero si vos me preguntás cuándo era más feliz, si antes o ahora, te digo que ahora, mil veces. ¿Cuándo mi matrimonio fue más hermoso? Ahora. Y te digo que nos privamos de un montón de cosas. Tenemos muchos sufrimientos, pero somos muy felices. (…)

Le pregunté por qué no quería hablar con los medios.

–Mi palabra es palabra de hombre, no sirve para nada. Pero la palabra de la Virgen es fuerte, penetra. (…)

–El primer día. ¿Cómo fue el primer día?

–Bueno… Yo estaba rezando en mi casa cuando me habló la Virgen por primera vez. Allí empecé a tener un diálogo interior. Yo no la veía en ese momento. Ahí fue cuando Ella me dijo a qué venía y qué es lo que venía a decirme de parte de Dios, ¿no?... Fue hermoso. Para mí fue muy lindo pero, a la vez, muy sorprendente porque… en realidad yo soy una persona muy común, Víctor, más común que el común de los denominadores…

–Ya no sos una persona común (…) María, por supuesto no se trata de comparar, pero sí de señalar un ejemplo: ¿cómo era tu tocaya cuando estuvo en la tierra?

–Sí, claro. Era una mujer que no pasaba de ser la esposa de José.

–Vos tenés tu propio José, ¿no?, tu esposo te apuntala, te banca.

–Sí, sí. La verdad que Dios lo puso a él (…) No deja de ser un gran sufrimiento, quien crea que esto no tiene sufrimiento, bueno, no es así. Y el sufrimiento no es sólo mío, es de toda mi familia.

–Seguro… Con respecto a lo del sufrimiento, no tengo dudas. Cada don trae lo suyo, algo que no muchos advierten. Supongo que, a veces, subir el cerro es como subir un Gólgota propio, un calvario personal.

–Sí, pero es el camino de los cristianos.

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