
Empecé en el garaje
Sus proyectos nacieron en pequeños lugares, empujados únicamente por las ganas de hacer cosas. Ahora, disfrutan del éxito. Cinco historias de argentinos que lograron transformar un sueño en una empresa
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Esa empresa que hoy fabrica de a miles en una planta con línea de montaje, depósito para almacenar sus productos, showroom para mostrarlos y una cadena de locales para venderlos, alguna vez funcionó en un lugar mucho más chico e improvisado: en un garaje, en un galpón, en una cocina. Ahí, en la casa de gente con una idea y muchas ganas de emprender un camino nuevo. "Empecé en un garaje", pueden decir hoy, orgullosos, muchos de aquellos principiantes cuentapropistas argentinos que con los años se convirtieron en pequeños empresarios. Cinco de ellos le contaron a LNR su historia. Cómo comenzaron, desde su casa, saliendo a vender en el barrio productos armados a mano, hasta ver que esa idea tenía éxito y se convertía en un negocio. Como padres que miran una foto vieja y no pueden creer cómo crecieron sus hijos, ellos cuentan, entre el asombro y la emoción, la historia de esa empresa que hoy fabrica de a miles, la que pasó a ser, con los años, un hijo más.
Nucha
De las tortas repartidas por la casa a una cadena de cafeterías
Para Javier, era como vivir en un cuento: su casa estaba hecha de tortas. Tortas en los pasillos, en las habitaciones, en el garaje. Quedaba en Belgrano, sobre la calle O’Higgins, y era su mamá, a quien todos conocían como Nucha, la que hacía que esa casa oliera a crema y bizcochuelo. Lo hacía en la cocina, sin batidoras ni hornos especiales, primero como un hobby, después con repartos a pubs y cafés de la zona, y años más tarde abriendo la puerta del garaje para que los vecinos pudieran conocer el sabor de los pasteles que veían desfilar todos los días frente a sus veredas.
Todavía hoy la conocen como Nucha, pero Nucha ya no es la señora que salía de la cocina para atender a los vecinos mientras se limpiaba las manos con el delantal. Hoy es una repostera experta que prueba nuevas recetas y sabores en la pequeña cocina-laboratorio de su fábrica en la Paternal, mientras en las zonas más paquetas de la ciudad su nombre figura en una cadena de cinco cafeterías que emplean a 120 personas. Su hijo, Javier Ickowicz, que a los 14 años la ayudaba a batir las cremas con una espátula, hoy es el alma comercial de Nucha. Fue quien la convenció de que vendiera sus tortas al público, de que sirviera café, de que abriera locales. "Es que a mí en realidad no me gustaba la idea de la exposición al público", cuenta Nucha, que tiene un DNI argentino donde aparece como Regina Vaena (Reginucha, en tiempos de infancia).
Todo empezó a fines de los 70. Todavía trabajaba con su marido en una empresa maderera cuando una amiga abrió una confitería y le pidió ayuda con lo que ella más sabía hacer: tortas. "Ese local nunca tuvo éxito, pero me dije: «Si puedo hacerlas para ella, también puedo hacerlas para mí»", y salió a recorrer los cafés de la zona y a ofrecer bandejitas con pedazos de torta. Una de sus especialidades era la africana, que describe como "muy chocolatosa, húmeda, con una crema de chocolate con leche muy suave y una cobertura blanda de chocolate".
La cocina le quedó chica y se mudó al garaje. Puso mesas, una batidora y una heladera. El auto pasó a dormir en la calle. "En ese momento, me di cuenta de que éste era mi trabajo", cuenta Nucha. Cuando, a fines de los años 80, la industria maderera entró en crisis, esa mujer, que en una época sólo hacía tortas para que su hijo vendiera en las kermeses del colegio, pasó a ser el sostén económico de la familia.
Tras la hiperinflación de 1989, el garaje terminó de llegar al público: hicieron una abertura en la puerta y colocaron un mostrador y una heladera. "Yo no sabía envolver las tortas –recuerda Javier–. Les daba el papel a los clientes para que las envolvieran ellos."
Para Nucha, las crisis fueron siempre pasos hacia adelante. En 2001 alquilaron un local en la esquina de O’Higgins y Zabala. Sería el primero de cinco. "En las crisis apostamos más que nunca –cuenta Javier–. Los locales los abrí a partir de 2001. Uno por año. Había muchos lugares disponibles y era el momento de invertir."
La idea de transformar la pastelería en una cafetería surgió por casualidad. "En el garaje teníamos dos mesitas y les servíamos café a los clientes mientras esperaban su pedido. En el primer local pusimos seis mesitas. Un día nos dimos cuenta de que la gente hacía cola para sentarse en las mesas y tomar café", dice Javier. Es que la evolución de Nucha tiene que ver con ese olfato. El olfato comercial. El mismo que hace 30 años percibía aromas dulces en los pasillos angostos de una casa en Belgrano.
Mit
Con pasión se convirtió en el primer fabricante de abrochadoras del país
Cada vez que usted saca una pila de hojas de la impresora y las abrocha, está homenajeando a Mauricio Trzcina. A ese polaco que en 1930, a los 20 años, cruzó el Atlántico para llegar a Buenos Aires. Su pasión por la herrería lo llevó a fabricar herramientas agrícolas en su Malkin natal, cerca de Varsovia. Esa misma pasión fue la que aplicó para fabricar la primera abrochadora del país. Hoy, a los 97 años, todavía pasa algunas horas en el garaje de su casa, donde se hizo instalar un pequeño taller tras retirarse de la empresa que dirigen sus hijos y nietos, y que lidera el mercado local de abrochadoras. Pasea por allí en su silla de ruedas, mientras observa, maravillado, las herramientas que cuelgan de la pared, como si fueran sus amigas, sus compañeras de toda la vida. En ese momento, Mauricio vuelve al lugar donde todo empezó.
No fue en un garaje, pero sí en una cocina. La de su casa en el barrio de Versalles, a fines de los años 40, donde con un torno que él mismo había armado fabricaba mallas de relojes, hasta que un día apareció un comerciante italiano con la matriz de un objeto extraño que había traído de su país natal y le pidió que lo reprodujera. Gracias a ese pequeño contrato, los argentinos se enteraron de que era posible apilar hojas de papel y mantenerlas unidas…, abrochadas.
Mauricio trabajaba solo, pero cada tanto recibía ayuda de sus hijos: "Yo tenía 6 o 7 años… Fui su primera empleada", cuenta orgullosa su hija Esther, que hoy, junto con su hermano Alberto y su marido, José Gold, dirige MIT. Ese nombre le puso Mauricio a la empresa cuando decidió crear su propia matriz e independizarse, en 1957. Esas son las siglas de su verdadero nombre: Moisés Isaac Trzcina.
"Todo lo que se hacía en esa época era vendible –explica José–. Mauricio no sabía vender. Directamente lo llamaban para comprar." Cuenta Esther que, para él, lo que hacía no era un trabajo, sino una pasión: "Lo disfrutaba. No le interesaba la plata por el material terminado, sino tener una montaña de chapa para poder trabajar en su galpón". Ese galpón del que habla Esther es el que tuvieron los Trzcina unos años después, cuando se mudaron de Versalles. Más tarde vendría la fábrica de Villa del Parque, donde hoy trabajan junto con 55 empleados.
"¿Sale la bigornia?", pregunta Mauricio a la fotógrafa, y apunta a un yunque de acero, al costado de la mesa. "Es importante que salgan las herramientas", sonríe, y sostiene una abrochadora.
Taranto
El sueño de los motores de autos que traspasó las fronteras del país
“¿Cómo anda tu vieja, Norberto? A ver cuándo te venís a tomar unos mates”, le dice una señora de anteojos, y señala la puerta de su casa. Norberto Taranto la saluda y sonríe. “Debe de tener como 90 años”, comenta, y sigue caminando por la vereda de la calle Mario Bravo, en Avellaneda. En ese diálogo se encuentran el nene que jugaba al fútbol con los chicos del barrio y el empresario que hoy dirige una empresa de 800 empleados, con fábricas en San Juan y oficinas en San Pablo y en Barcelona. Para Taranto, todo ocurrió en esas dos cuadras.
Allí nació, creció, trabajó en la fábrica de su padre y un día de julio de 1980 compró una casa vieja con un galpón y se puso a fabricar juntas para motores de autos por cuenta propia. En ese predio, donde con cinco empleados y una prensita empezó a armar juntas blandas, hoy funciona el centro de distribución de Taranto SA. Cada año, desde la ventana de su oficina ve pasar cientos de miles de tapas de cilindro que van a parar a casas de repuestos de todo el país, de Brasil, de España.
“Mirá. Esta es mi primera estantería”, dice, y apunta a una foto de colores opacos donde se lo ve en una cena informal junto a un grupo de amigos. Detrás de ellos hay un mueble metálico, armado a mano, casi vacío. En ese mismo lugar hoy funciona una sala de reuniones donde cuelga una foto de Norberto saludando al presidente Kirchner, el día en que obtuvo el Premio Iberoamericano a la Calidad. “Fuimos la primera empresa argentina en ganarlo”, se enorgullece. Por ese premio compiten empresas de América latina, España y Portugal.
Desde que empezó, todo fue cuesta arriba para Taranto, que admite que casi ni se dio cuenta de las crisis que atravesó el país, aunque sí recuerda que en los peores meses de la hiperinflación de 1989 entraba a trabajar más tarde para no ver cómo salían los camiones cargados con mercadería. “Sabía que con cada camión perdíamos plata y si los llegaba a ver los frenaba”, cuenta.
“Pero nunca pensamos que no saldríamos adelante”, sostiene, hablando en plural. Siempre habla en plural cuando se refiere a su empresa. “Me sale así porque si no sería un yoyero, como diría mi viejo. Además, hace sentir cómodos a los demás.” Se emociona cuando habla de su padre, Antonio, a quien define como “un modelo a seguir”. Empezó trabajando con él, en otra fábrica de juntas, y todavía hoy recuerda sus consejos: «Si no tenés plata, primero que nada les tenés que pagar a los obreros y después a los proveedores, porque si no te quedás sin mercadería. El gobierno, si tiene que esperar, que espere…» Por suerte nunca tuve que tomar estas decisiones”, se ríe.
“Trabajo, suerte, visión, dedicación, perseverancia”, son algunos de los factores que enumera para explicar el éxito. Sin embargo, para Taranto, el crecimiento de la empresa se dio de una manera casi ajena a su voluntad. “Creció más que yo. Siempre sentí que se me disparaba, y que yo tenía que alcanzarla”, confiesa. Y a pesar de la distancia que parece sacarle la Taranto Sociedad Anónima al Taranto persona, ambos caminan juntos. La empresa se convirtió en un hijo más, además de Cinthia y de Diego, que también trabaja con él. “En los asados familiares, con mi hijo siempre terminamos hablando de trabajo”, se lamenta Norberto, el papá, el gerente, al que saludan los empresarios, los presidentes y las señoras del barrio.
City Kids
De la valijita para jugar a ser mamá, a una cadena de jugueterías
El problema era la lluvia. Porque cuando llovía el agua se filtraba por el techo y el patio se inundaba. Y si se inundaba el patio, se mojaban las Julianas. Entonces, Héctor y Ana despertaban a los chicos para que los ayudaran a sacar las cajas de allí y meterlas en las habitaciones, en la cocina, en el baño. Donde fuera, pero que no se mojaran. Así, cada vez que llovía.
En 1984, Héctor Bircz, que trabajaba en dos fábricas de plásticos, y su esposa, Ana, docente en una escuela secundaria, decidieron que era hora de trabajar por cuenta propia y de incursionar en el negocio de los juguetes. Su primer producto fue una valijita de plástico con sonajeros, mamaderas y pañales para que las nenas jugaran a ser mamá. La bautizaron Julieta, pero ese nombre estaba registrado por la conductora de programas infantiles Julieta Magaña. Así que pasó a llamarse Juliana. Hoy, más de una treintañera recuerda cómo jugaba con esa valijita. Esa misma con la que hoy se divierten sus hijas. Porque Juliana Mamá se mantiene intacta. Recién este año sufrirá el primer cambio: el sonajero será reemplazado por un mordillo.
De esa casa chorizo sobre la calle Elpidio González, en el barrio de Flores, pasaron a tener una fábrica (a cuatro cuadras de allí), y años más tarde se sumó City Kids, una cadena de jugueterías con siete locales donde venden productos propios e importados. Yael, que, soñolienta, se quejaba cuando tenía ir a sacar las cajas del patio aquellas noches de lluvia, hoy dirige la empresa junto a sus padres. Pero, en realidad, sus tareas empezaron cuando tenía 7 años y, junto a su hermana, hacía trabajos de consultoría: probaba los juguetes nuevos que diseñaban sus “jefes” y los aprobaba, o no, según cuánto se divertía. Además, sin saberlo, también fue diseñadora gráfica. “Como no teníamos presupuesto para contratar a un diseñador gráfico, les pedí a mis hijas que escribieran con su propia letra de nena la palabra mamá, muchas veces. Después fotocopié la versión que más me gustó y quedó como logo del producto”, recuerda Ana.
Durante el primer año, los Bircz dedicaban sus días a sus respectivos trabajos. Por las tardes, armaban las valijas, con ayuda de algún empleado por hora que llamaba a la puerta respondiendo los avisos que pegaban en los postes de luz del barrio. Para el primer Día del Niño habían fabricado 2000 Julianas y tuvieron que apurar 3000 más por el éxito que tuvo. “Me acuerdo de ese primer Día del Niño –cuenta Ana–. Les estábamos dando los regalos a nuestros hijos y yo pensaba: «En este momento hay 5000 nenas que están recibiendo algo que hice yo»… No lo podía creer.” Así como tampoco pudo creerlo aquella tarde en que, manejando su Citroën por la calle Cuenca, vio una Juliana en la vidriera de una juguetería. Frenó el auto, bajó y se quedó durante diez minutos, petrificada, delante del negocio.
“Era una industria manejada por hombres y no había muchos juguetes para nenas”, cuenta Héctor. ¿El éxito fue a pesar de estar en la Argentina o gracias a estar aquí? “Las dos cosas –responde–. La Argentina es imprevisible e impredecible. El caos puede hacer que todo se vaya al diablo o que uno aproveche la oportunidad. En un país más estable sería más difícil crecer como cuentapropista. No es fácil encontrar algo que salga de los caminos tradicionales.”
Cheeky
Cuando los chicos se convirtieron en los mejores modelos
“Tienen onda”, dijo la mujer, mientras miraba las muestras de vestiditos y pantaloncitos, y enseguida preparó una orden de compra por 200 unidades. Daniel y Patricia se miraron, incrédulos. Hacía poco que habían decidido ponerse a fabricar ropa para chicos y el primer intento de venta era un éxito. Ese sería el paso inaugural de un emprendimiento que por esos días se llamaba Cheeky Child, tenía una colección de 20 prendas y su fábrica era un garaje en San Isidro. El primer éxito de una empresa que fabrica ocho millones de unidades al año, emplea a 1100 personas y tiene más de 160 locales, que van desde la Argentina hasta Singapur.
Esa noche de 1993, Daniel Awada y Patricia Fraccione sintieron algo especial. “Fue una emoción única e irrepetible. Una emoción que jamás volvimos a sentir. Y tenía que ver con haber puesto en marcha un proyecto”, recuerda Daniel, que en ese momento aún trabajaba en la empresa textil de su familia. Su conocimiento de la industria se conjugó con la creatividad de Patricia, que también estaba ligada al mundo de la moda: dos años antes había abandonado la carrera de modelo para dedicarse a la crianza de sus hijos.
“Cuando iba a comprar ropa para ellos veía que el rubro estaba mal explotado –cuenta Patricia–. Había pocas marcas y era todo muy clásico. Rosa para las nenas y celeste para los nenes.”
“No sabíamos si a ella le iba a gustar el trabajo, así que antes de invertir en un taller decidimos probar en nuestro garaje”, explica Daniel. El auto pasó a dormir en la calle y el lugar se llenó con rollos de telas y una mesa de corte. Patricia compró tres o cuatro revistas de moda y dibujó a mano los primeros modelos en un cuaderno que aún conserva en su oficina, situada en la fábrica de 35.000 m2 que ocupa Cheeky, a pocas cuadras de aquel garaje de la calle Don Bosco, donde su hijo y sus cuatro hijas jugaban con los rollos de tela como si fueran subibajas y toboganes. Así, jugando, los pequeños Awada se convirtieron en los primeros empleados de Cheeky. Al principio, sus padres los llevaban a lo de las modistas para que les tomaran las medidas. Cuando los modelos estaban listos, se los probaban y les sacaban fotos para las publicidades. Después, los llevaban a pasear por las pasarelas en los desfiles. Todavía hoy, Belén, de 15 años, hace de modelo para Cómo Quieres Que Te Quiera, una línea de ropa para adolescentes, y Nadine, de 20, trabaja con su madre en Pâtisserie, su nuevo proyecto de ropa infantil. “Para los chicos era una fiesta –cuenta Patricia–. Las nenas venían con sus amiguitas a probarse ropa, que era la mejor muestra para ver si el producto iba a funcionar. Hay cosas que, si no tenés chicos, no tenés forma de saberlas.”
En 1994 les ofrecieron un pequeño local en el shopping Alto Palermo y ellos pusieron su casa en hipoteca para obtener el dinero. “Fue una mezcla de ganas de hacer algo propio y de inconsciencia –resume Daniel–. Nunca nos pusimos a pensar en qué podía pasar si perdíamos la casa. Teníamos que poner 200.000 dólares para que nos dieran un quiosco, pero el shopping fue una vidriera increíble: a los 3 o 4 meses empezaron a llover propuestas para abrir franquicias y tuvo que venir mi mamá a ayudarnos a cortar telas porque no dábamos abasto.”
Fotos: Daniel Pessah y Graciela Calabrese
Para saber más
www.taranto.com.ar
www.citykidsweb.com.ar
www.cheeky.com.ar
www.mit-sa.com
El radar activo
Por Alejandro Mashad
Para que un emprendedor tenga éxito en la Argentina, como primer paso del proceso debe identificar una oportunidad de negocio y generar una idea para captarla.
Es decir, encontrar grupos de consumidores que estén dispuestos a pagar por productos o servicios, y generar una idea de negocio para proveerlos. Mientras más grande sea ese grupo de personas, y mayor sea la velocidad a la que crece, también mayor será la oportunidad. Esta etapa inicial en el proceso emprendedor es clave, y no sólo en la Argentina, sino en cualquier parte del mundo. Una de las características básicas de un emprendedor es que tiene un radar activo en forma permanente para descubrir nuevas oportunidades.
Claro que el mundo (y con él los consumidores y sus preferencias y actitudes) ha evolucionado, y las oportunidades hoy están en sectores diferentes de los que veíamos hace 30 años. La masificación de los productos de lujo, los cambios tecnológicos, la tendencia al well-being (definición de “hacia una mejor calidad de vida” que generó infinidad de productos y servicios nuevos, como las cadenas de gimnasios, las aguas saborizadas, etc.) son algunos ejemplos. Además, hay otra diferencia importante: el entorno competitivo ha cambiado, y es más duro que hace 30 años. Hoy el mercado no es sólo la Argentina: es el mundo.
Los garajes argentinos de hoy en día están en sectores tales como la biotecnología, el agribusiness, el turismo, y todo lo que implica servicios de mano de obra calificada argentina hacia el resto del mundo.
Las crisis tienen una cara negativa y otra positiva en el análisis de su impacto en los emprendimientos. La positiva es que son fuente de nuevas oportunidades. Al cambiar ciertas reglas de juego, aparecen sectores que pueden competir cuando antes de la crisis no podían hacerlo. El sector de turismo en la Argentina luego de 2001 es un ejemplo. La negativa es que las empresas que tienen poco tiempo de vida son frágiles desde el punto de vista financiero, y las crisis ponen a prueba su viabilidad en el tiempo. Por ejemplo, el corte de la cadena de pagos durante la debacle de 2001 en nuestro país.
La forma efectiva de crear prosperidad en una sociedad es a través de una fuerte cultura emprendedora. Dado el contexto actual de la Argentina y del mundo, es un momento promisorio para ser emprendedor. ¡A animarse y empezar!
Director ejecutivo de Endeavor, organización mundial que impulsa y desarrolla la cultura emprendedora www.endeavor.org.ar
Para llegar a Silicon Valley
Transcurría 1998 y Susan Wojcicki necesitaba plata para poder pagar una hipoteca, así que decidió poner en alquiler el garaje de su casa en Menlo Park, California, por 1700 dólares mensuales. Eso fue lo que pagaron Larry Page y Sergey Brin, dos estudiantes de Stanford que instalaron allí la base de un llamativo emprendimiento comercial, un buscador de Internet, con un nombre más extraño todavía: Google.
Este es el caso actual más emblemático de pequeños emprendimientos que derivaron en grandes empresas a partir de un garaje. Hoy Google cuenta con 8000 empleados y fue recientemente valuada en más de 66.000 millones de dólares, convirtiéndose así en la marca más cara del mundo, según un ranking publicado por la consultora Millward Brown.
El año pasado, Page y Brin compraron aquella casa donde todo comenzó, con la idea de, algún día, transformarlo en un museo. Mientras tanto, Susan Wojcicki se convirtió en la vicepresidenta de gestión de productos de Google y hoy puede pagar todas las hipotecas que quiera.
Pero éste no fue el primer caso de este tipo que se dio en el mundo de la informática, ni en California. El garaje de la familia Jobs, en Los Altos, era donde Paul Jobs tenía su equipamiento para reparar autos. En 1977 decidió hacerle un lugarcito a su hijo adoptivo, Steve, que tenía una idea que parecía buena, aunque ya había sido rechazada por Hewlett Packard y Atari: fabricar una computadora personal. Así que Paul armó unas banquetas de madera y dejó el garaje en manos de Steve y su compañero Stephen Wozniak. El resto es historia conocida, más precisamente la historia de Apple. Sería interminable explicar la influencia de esta empresa en el mundo occidental de las últimas tres décadas.
Cerca de allí, cuatro décadas antes, Bill Hewlett y Dave Packard alquilaban una casa de tres habitaciones con un garaje. Era perfecta porque en las habitaciones podían vivir los dos, junto con la mujer y la hija de Dave. Y en el garaje podían fabricar lo que luego fue su primer producto: un oscilador de audio de alta precisión. Desde entonces, Hewlett Packard es uno de los líderes mundiales en productos tecnológicos. Aquel garaje fue restaurado y hoy funciona como museo. Muchos consideran que ése fue el comienzo de lo que hoy es Silicon Valley, la meca mundial de la informática.



