
En busca de Drácula: nada como hablar con los rumanos para quedar inmerso en la leyenda
Muchas historias se tejen en la neblina de los tiempos. Algunas son verdaderas, otras apócrifas. Las que más persisten en el tiempo son aquellas que tienen un poco de lo uno y lo otro.
Si Bram Stoker no se hubiese interesado por estas creencias tal vez la historia lo habría recordado con un perfil mucho más histórico y regional. Su vida, la admiración y el temor de su gente y el misterio de su desaparición hacen de Vlad Tepeš, El Empalador, más conocido como Drácula, una leyenda viviente.
Por eso estoy en este tren con destino a Sinaia y Brasov, Rumania, dos lindísimas ciudades para caminar y conocer la compleja historia de la región. Están a poca distancia entre sí, a unos 170 km de Bucarest, y son las puertas de acceso urbano a la leyenda. Mientras atravieso bosques y montañas de los Cárpatos no puedo dejar de sentirme un poco como Jonathan Harker, uno de los protagonistas del famoso libro del escritor irlandés. Me imagino las montañas al anochecer, los aullidos de los lobos y las antorchas encendidas, y me veo inmerso en mi propio film.
Vlad Dracul, llamado así por su padre que pertenecía a la Orden del Dragón, tuvo una infancia dura y cruel, alternando períodos de estabilidad y de alarma según la influencia y el poder que su padre ejercía como regente de la zona. Durante su adolescencia fue uno de los rehenes políticos que los boyardos valacos mandaban al imperio otomano como precio por los acuerdos hechos y como una más que convincente garantía. Esa experiencia la utilizaría más tarde contra los mismos que lo habían tenido como prisionero (aprendió los rudimentos combativos de los otomanos). Se dice que él era cruel, pero leal. Combatió tanto a los invasores externos como a los ricos y corruptos nobles locales.
Mientras en Europa Occidental se lo ve como a un tirano sanguinario, en Europa Oriental, más exactamente en Rumania, Bulgaria, sur de Hungría y algunos países balcánicos, se lo recuerda como un héroe que peleó por la independencia de su país. ¿Cuál es el momento en el cual se mezclan las dos facetas de su vida, real y fantasiosa? El entorno ayuda. La paleta de colores del paisaje es increíble. Se ven salientes, riscos y viviendas palaciegas perdidas en las laderas. Aldeanos de paso cansino y miradas perdidas en la lontananza. Cuando me apeo del tren respiro el aire fresco y sonrío pensando en mi primera parada. El castillo de Bran es una fortaleza construida a fines del siglo XIV por lo sajones de Krondstadt (Brasov). Era un paso importante entre las montañas de Valaquia y Transilvania, pero por sobre todo era una defensa muy importante contra los otomanos. El castillo se ve imponente a la distancia. No hay nada como hablar con los locales para conocer parte del folklore.
Todos parecen tener idea de lo que sucedió en esta maravilla arquitectónica medieval. Pasadizos, paredes de grandes caídas, gritos extraños en la mitad de la noche y la presencia para muchos de Vlad Tepeš, que si bien no vivió aquí, dicen que venía seguido en visitas secretas relacionadas con un algo secreto. Según los entendidos, Bram Stoker vio el gráfico de este castillo en un libro sobre Transilvania y lo usó como inspiración. El folklore local no cree en meras coincidencias. Tal es el hechizo que ha creado este personaje tanto histórico como literario que todo podría ser verdad y mentira al mismo tiempo.
Desconfío de mis anfitriones. En su dialecto me señalan con el dedo: Cuidado, que la sorpresa puede ser tremenda. Si quiero saber un poco más, debo dirigirme al monasterio de Snagov, en una isla a 114 km, donde se dice que está enterrado el conde.
Emprendo mi viaje. Me han avisado que no me detenga en el camino y trate de llegar antes de la caída del sol. Esta vez espero sentirme más como el profesor Van Helsing que como Jonathan Harker.
El autor conduce el programa Resto del mundo, de El Trece






