Entre las Ondas de amor y paz y la autoafirmación femenina

Nicolás Artusi
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8 de enero de 2017  

El órgano gospel de una iglesia y la grabación del funeral de una abuela ponen emoción y rareza en la canción más inspiradora del verano: el tema se llama Coconut Oil y aunque a simple escucha la letra pueda parecer superficial (“yo pensé que necesitaba huir y encontrar alguien a quien amar, pero todo lo que necesitaba era un poco de aceite de coco”), en realidad habla sobre una familia de mujeres fuertes. El solo de flauta acompaña los versos grabados en el entierro de la abuela mientras la cantante recuerda las cariñosas advertencias maternas y si hasta ahora el hip hop hablaba de los guetos, las drogas y las calles, las canciones edificantes de Lizzo suponen una revolución femenina en el género. A los 28 años, esta vieja amiga de Prince se propone como la nueva reina de la música negra, a tono con un mandato personal de la época: I feel good.

Sentirse bien con uno mismo y celebrar la identidad propia: con retórica de autoayuda, Lizzo es una mujer de talle XXL que desafía el arquetipo rapero de petisitas culonas. Coronada por una mata de pelo crespo que no piensa domesticar con los lacios artificiales que ofrece el aceite de coco, canta sobre el poder de las mujeres en una de las industrias más misóginas de la cultura popular. Nacida como Melissa Jefferson en Detroit, creció en Houston, donde obtuvo su apodo y estudió flauta clásica, y después se mudó a Minneapolis, donde puso su voz de soprano en Plectrumelectrum, el disco que Prince grabó con una banda de chicas, y conduce el programa Wonderland en MTV, un show de música en vivo. Se la empieza a ver en los lugares donde los estadounidenses encuentran a los miembros de su realeza bastarda: los late shows y las entregas de premios.

Aunque sus dos primeros discos hablan sobre la brutalidad policial y la opresión racial de un país donde los negros llevan más tiempo como esclavos que como personas libres, en su tercer álbum, Coconut Oil, rapea sobre los derechos de las mujeres en un continente cruzado por consignas como #NiUnaMenos en la Argentina o #NoEsNo en México. En sus ondas de amor y paz, a las que se superponen sus rimas vocales, canta con fervor casi religioso sobre la autoafirmación femenina, el respeto por la familia y la aceptación del cuerpo aunque no responda al canon famélico de la pasarela. En una oda al pensamiento positivo, ella dice que su máximo desafío es lograr que el público pueda mirarla y encontrar una persona bella, por dentro y por fuera.

En el folklore afroamericano, el aceite de coco es una cura para las cuitas del cuerpo y del alma: domador de cabellos y bálsamo contra el bajón, es sustancia casi sagrada. Con su Coconut Oil, Lizzo revoluciona la liturgia del hip hop, el género donde la mujer apenas es símbolo sexual o adorno decorativo. Si toda fábula de superación necesita una epifanía, ella dice que tuvo la suya el día que murió Prince, cuando se dio cuenta de que el rap también puede ser un canal para irradiar amor. “Al final de su vida, él estaba completamente enfocado en la música positiva y en asegurarse de que sólo salieran buenas vibraciones desde su estudio”, dijo a una revista, en plena revolución del pensamiento proactivo: “Ahora quiero que ése sea mi mantra”

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