Ernesto Catena: "Soy un creador de vinos y regalo sensaciones"
Heredero de una de los apellidos más tradicionales de la vitivinicultura, creó su propia bodega y abrió una galería de arte
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Créateur de vins. Eso dice su tarjeta personal. "Me gusta verme así, más bien como un artista que crea cosas y regala sensaciones, no como un técnico de la industria." Ernesto Catena creció en un mundo rubí, y en cada botella que elabora, o mejor dicho, crea, él antepone su mirada estética. Se define como un hedonista, un hombre apasionado y amante de la belleza. Será por eso, tal vez, que le resulta casi igual de complejo elaborar un buen vino como diseñar una buena etiqueta. "Puedo estar más de un año trabajando en un diseño. Es una pieza de arte minimalista que debe llevar sólo lo necesario, lo justo, pero ser atractiva y representar el concepto y la personalidad de ese vino", dice Catena, en el altillo de su galería de fotografía contemporánea Foster Catena, en Palermo, que dirige su mujer.
Para él, el vino es un puente entre la naturaleza, la cultura y el arte, y amalgama todas sus pasiones con sus distintos proyectos. Como presidente de la bodega premium Escorihuela Gascón, ya hace más de diez años, creó un equipo de polo que participa en torneos locales y también alrededor del mundo. En Foster Catena, las muestras fotográficas alternan con las exhibiciones de vino, y, además, tiene un proyecto propio, su tesoro más preciado, con el que inspira y deja rienda suelta a la experimentación: Ernesto Catena Vineyards.
Aún con pañales, como en casi todas las familias de tradición vitivinícola, Ernesto Catena recuerda sus corridas por la finca, los caballos y los juegos entre las vides. Pero siempre habla de la casa de su abuelo, Domingo Vicente, a quien reconoce como una de las figuras más influyentes en su vida. Fue su padre, sin embargo, Nicolás Catena Zapata, el hombre que consagró el apellido y que, con la elaboración de un vino de alta gama, le dio proyección internacional. "Los primeros años de mi infancia en la finca de mi abuelo me marcaron para siempre", dice. Vivió en Nueva York, estudió en Europa y pudo haberse dedicado a casi cualquier actividad que se hubiera propuesto emprender. Pero volvió a Mendoza. Allí están sus raíces, y allí también levantó su propia bodega, una pequeña finca de 70 hectáreas en Vistaflores, que Catena compara, otra vez, con una obra de arte. "Tiene caminos anchos, bosques y plantaciones en forma de laberintos", describe.
-Pertenecés a una nueva generación de bodegueros, que vienen de familias tradicionales, pero tienen sus propios proyectos. ¿En qué rompiste con los moldes paternos?
-Por empezar, salvo cuando era chico, nunca trabajé en Catena Zapata. Cuando volví de Londres, donde además de estudiar me quedé algunos años más para conquistar a mi mujer, surgió la posibilidad de tomar el mando en Escorihuela Gascón y, simultáneamente, desarrollé mi viñedo. Podría decir que mi padre es más racional, académico, más disciplinado. Yo me parezco más a mi abuelo, un hombre intuitivo, más sensorial, amante de la belleza.
-Hablando de conquistar, ¿qué botella hay que descorchar en una cena romántica?
-Hay un vino que es infalible, el Tokaji húngaro. El nombre Tokaji viene por la región de Tokaj, en la historia del reino de Hungría. Tiene un tipo de uva dulce, muy dulce. Acá es difícil conseguirlo, pero vale la pena probarlo.
-¿Provoca algún efecto especial?
-Le decís que sí a todo [se ríe]. Es ideal tanto para una conquista como para cerrar un buen negocio. La dulzura natural de las uvas te pone de muy buen humor, y se toma frío.
-¿Y un vino tinto se puede enfriar, o es un delito?
-En muchos países mediterráneos es una costumbre, y está bien refrescarlos en verano. Lo ideal es ponerlo en una frapera con cuatro hielos, ni uno más ni uno menos. El que mira con mala cara no entiende nada.
-¿Cuánto de genuino y cuánto de moda hay en el afán por saber cada vez más sobre vinos?
-El vino está en la historia de la humanidad. Desde los griegos y los romanos, y siempre se habló mucho más de vino que de cualquier otra bebida. Hoy creo que los jóvenes son los más ávidos por conocer. En general, están en una etapa de la vida donde se están definiendo en muchos aspectos y les gusta probar distintas cosas.
-¿Cuál es el mito que quisieras desterrar definitivamente?
-Que cuanto más caro, mejor. La calidad de los vinos ha mejorado muchísimo. Actualmente, hay vinos baratos y muy buenos, que cuestan alrededor de 50 pesos.
-¿Cómo cuáles?
-Los vinos de Familia Gascón, una línea de vinos jóvenes y muy buenos. Y Padrillos, un pinot noir joven, uno de mis favoritos de Ernesto Catena Vineyards. Pero si no hay dinero para comprar un buen vino, lo mejor es encontrar un buen amigo, en buena compañía cualquier vino es bueno.
-¿Qué les falta a las bodegas argentinas para tener la fama mundial de las francesas o las californianas?
-Nuestro vino insignia, el malbec, tiene fama internacional y está de moda en todo el mundo. Su éxito es rotundo, y tenemos la ventaja de que en el único lugar donde se puede hacer un malbec de calidad es acá. Tiene su hogar natural al pie de la montaña mendocina.
-Sobre lo que está de moda, ¿cuál es la tendencia actual en la industria?
-Hacia vinos menos estructurados, más salvajes, que tengan la menor intervención posible en su proceso, como un animal no amaestrado.
-¿Te referís a los vinos orgánicos, como los varietales de tu línea Animal?
-Sí, por ejemplo, provienen de viñedos certificados como orgánicos, lo que les aporta un estilo muy natural. Esta agricultura ecológica es un método de cultivo con un sistema de producción sustentable, sin la utilización de productos de síntesis.
-A tu criterio, ¿cuáles son los tres vinos que uno no debería dejar de probar en esta vida?
-Además de elegir un vino también habría que agregar el lugar donde tomarlo. El primero sería un Retsina, un vino griego con un sabor único, ya que en la antigüedad se le agregaba resina de pino para impedir la entrada de aire en los recipientes, y así lograr mayor longevidad. Obviamente, habría que tomarlo en una isla griega. Segundo, un Primitivo, gran vino italiano, y tomarlo en la costa amalfitana. Por último, un vino mendocino, un malbec, en las altas cumbres. Pero ojo, porque en altura el efecto de una copa de vino se multiplica por cinco. Lo sé por experiencia.
El misterio de Alma Negra
No podía ser de otra manera, Ernesto Catena eligió para la ocasión una botella de su propio viñedo. Alma Negra "es mi obsesión", dice. Más que un tipo de uva, su creador lo describe como un concepto. "Nunca decimos de qué está hecho el Alma Negra, es un misterio, un desafío que hay que descubrir a partir de los sentidos". Sólo reveló la cosecha, 2010, e invitó a degustarlo. Elegante y complejo.
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