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Bestiario

Es ciega y la abandonaron en un descampado, pero una foto cambió su destino

Jimena Barrionuevo
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5 de junio de 2019  • 00:29

Cuando ese invierno un amigo le propuso a Isabel de Estrada acompañarlo a una exposición de perros en la Sociedad Rural, su no fue rotundo. La idea le parecía inoportuna para alguien como ella que hace más de 15 años se dedica a rescatar galgos en situación de maltrato y cuyo libro "Correr para vivir", le valió un premio en la Legislatura porteña por denunciar la violencia social que sufre la raza. Pero su amigo insistió en que fuera para conocer desde adentro lo que luego intentarían combatir. "Una vez en la exposición, me dejé llevar por el espectáculo, y durante un rato olvidé todos mis prejuicios. Los participantes se preparaban para desfilar emperifollados con cintas de raso, hermosos collares, estrafalarios peinados, y los pelos más vaporosos que pudiera imaginar. Entre los muchos entretenimientos que tenían lugar alrededor de la pista de exhibición, uno de ellos acaparó toda mi atención. Y fue el inicio de lo que finalmente me condujo hacia una perra especial en mi vida".

Una larga fila de niños esperaba turno para que les vendaran los ojos y así colocar la cola a un chancho de cartón. Atropelladamente, entre risas y chistes, los que se acercaban a la regordeta silueta tanteaban la superficie sin éxito alguno. "Me quedé observando a una silenciosa niña de seis años que permanecía algo mas alejada. Cuando llegó su turno, sus ojos no fueron vendados, no hacía falta. La pequeña se acercó lentamente a la figura, y con gran suavidad y concentración recorrió con la mano toda la superficie, hasta dar con el exacto punto adonde correspondía colocarle la cola al animal. Su delicadeza me conmovió hasta el infinito".

A los pocos días de aquella particular experiencia Isabel vio en la pantalla de su computadora, la imagen de una galga negra cuyos ojos aparecían velados por una nube blanca. Debajo de la imagen decía: "Topacio tiene una triste historia. Está completamente ciega. Presumimos que desde su nacimiento, porque a pesar de su discapacidad sabe orientarse y moverse muy bien, aun en un lugar desconocido para ella como es el refugio. Topacio tenía un dueño que la curaba y la quería. Pero cuando falleció, terminó en la calle. Un vecino disgustado, cargó a la perra en su vehículo para tirarla lejos y alejarla de la zona. Un alma compasiva vio el momento en que la cargaba y convenció al hombre para que se la diera, asegurándole que la dejaría en el refugio del pueblo".

Efectivamente Topacio estaba a resguardo en el Refugio de Venado Tuerto. Pero su imagen persiguió a Isabel durante días. Y una noche soñó con ella. Entonces, a la mañana siguiente tomó coraje y envió un mail al refugio. "Quisiera adoptar a Topacio por todas estas razones. Porque su discapacidad hace que le sea aún mas difícil encontrar un hogar definitivo. Porque me hace feliz poder ofrecerle una vida en libertad. Porque su discapacidad me produce aún mas ternura que el resto de mis galgos (que es mucho decir..). Porque creo que cuando tenemos algunas de nuestros sentidos lastimados, desarrollamos una sensibilidad especial y quisiera descubrir la de ella. Porque cada nueva adopción es una nueva ilusión".

Pasó un mes y, en ese tiempo, los voluntarios del refugio prepararon a la perra para viajar y organizar su traslado desde Venado Tuerto. La trasladaron tres voluntarios en un pequeño Fiat. Uno de ellos, Juan Pablo, fue quien con paciencia había trabajado para hacerle perder el miedo y lograr que recorriera la distancia que la llevaría a su nueva vida, sin temor. Pero tanto había llovido ese día, que el auto no pudo entrar por el camino de tierra que conduce a la casa de Isabel. Entonces tuvieron que encontrarse sobre la ruta. "Yo los esperaba con un grueso abrigo de corderoy rojo para proteger a Topacio del frio. El encuentro con ellos duró solo unos minutos. Debían proseguir hacia Buenos Aires a entregar otra perrita vieja que llevaban también rumbo a su nuevo hogar. Nos tomamos unas fotos junto a Topacio y cada uno siguió viaje hacia su destino final".

Cuando llegaron a la casa, Topacio bajó desconfiada y durante todo el día olfateó a cada uno de sus nuevos compañeros y el nuevo territorio donde viviría. Luego durmió tan profundamente que cada tanto Isabel se acercaba para cerciorarse de que respiraba. Apoyaba su mano sobre su cuerpo sobre la zona del corazón buscando el corazón, preocupada. Ella dormía, ajena a todo. Cuando despertó, volvió a ladear la cabeza intentando entender dóonde estaba, olfateó atenta y recorrió los mismos senderos que había andado. "Tupi, como la llamé de inmediato, parecía dibujar en su mente las distancias y los recorridos y cada día se animaba un poquito mas. La observaba fascinada mientras se relacionaba con el resto de la manada. Y, poco a poco, a pesar de su miedo por recorrer nuevos trayectos, las distancias se alargaban. El límite eran los espacios cerrados. Imposible hacerla atravesar una puerta, por grande que fuera. Esas primeras noches heladas en que llegó, Topacio tuvo que dormir al amparo de un alero con su abrigo de lana y rodeada de mantas".

Un buen día Isabel escuchó emocionada los primeros ladridos de felicidad, al otro Tupi ya saltaba y la mordisqueaba para invitarla a jugar, y así cada día les revelaba una nueva conquista. A los pocos días Isabel leyó emocionada las palabras con las cuales Juan Pablo, uno de los chicos que la acompañó desde Venado Tuerto, describió ese primer encuentro que ella tuvo con la perra y su separación de Topacio.

"Algunos saben decir que los Refugios no sirven para nada y saben tener razón. Más de una vez solo son un depósito de perros para la gente que no tiene educación, pero yo estoy convencido de que no siempre es así. En el Refugio Canino de mi ciudad se salvan vidas a diario, en el Refugio de mi ciudad se desanudan carreteles de hilo rojo y se forman lazos irrompibles. Topacio estaba a la deriva, en la calle, caminando a ciegas en un laberinto repleto de manos frías que querían cargarla a un vehículo y llevarla a la muerte, de no haber sido por esas manos tibias que tomaron una mejor decisión, y de no haber sido por el Refugio de mi ciudad, la realidad de Topacio hoy, sería muy diferente. Apenas la vi me enamoré, me convencí de que el amor a primera vista existe por los perros y de que no hay nadie mejor que ellos para demostrarnos que las dificultades son nada si uno refuerza las virtudes. Eso hizo Topacio, agudizó sus orejas de cristal (intocables vaya a saber porqué), aumentó su precaución y se las arregló para caminar por un Refugio lleno de perros durmiendo que no esperaban ser pisados. Topacio no necesita ver, sabe cuándo tiene un árbol en frente, Topacio no necesita una correa para estar cerca tuyo, ella siempre va a estar atrás tuyo, apoyándote esa nariz con vida propia que tiene para saber que estás ahí y no la abandonaste, si vos corres ella corre, si vos caminas ella camina. Pasando tiempo con Topacio me di cuenta de que es una gema frágil, difícil de trabajar (nunca un nombre le sentó tan bien a un perro) imposible de bañar y que ponerle un collar le dolía tan solo porque no sabía lo que le estabas haciendo. Llevó tiempo pero se había convertido en una más de los sueltos, un emblema del Refugio, torciendo un poco la cabeza hacia el costado nos mataba de ternura y conseguía lo que quería, jugaba con otros sueltos, corría por todo el Refugio esquivando árboles y perros durmiendo, era un pez en el agua. Yo pensé que había llegado para quedarse, que nos perdonen pero a veces nos apegamos demasiado a los perros que llegan y creemos que el Refugio tiene que ser su hogar definitivo cuando no es así, nunca debería ser así. Se publicaron fotos que no mostraron ni el 50% de su belleza y aun así, la humana perfecta se fijó en ella. Nos costó pero la dejamos ir porque la persona era la indicada. Entendió lo que le expliqué sobre que era su momento de ser feliz de verdad".

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