
¿Es posible romper el círculo de la envidia?
El de la envidia es uno de los temas más populares en lo que hace a la psicología cotidiana. Más allá de lo mucho que se habla de ella en cafés y sobremesas, son innumerables los autores que han hecho reflexiones acerca de ese sentir que genera profundos conflictos y sinsabores, si bien no pocos hablan de la "envidia sana", acerca de cuya existencia hay, sin embargo, una apasionada controversia.
Desear con hostilidad lo que el otro tiene, ambicionar con "mala onda" ser el otro usurpando su identidad, anhelar con voracidad agresiva los logros de otro (y no tanto lo que el otro hizo para alcanzarlos), dolor resentido por creer que nunca se tendrá algo anhelado (y que otro sí) o que nunca se será como alguien idealizado? el asunto da para simposios y mesas redondas, aunque, insistimos, en oficinas, aulas, clubes, pueblos, ministerios y empresas, saben de qué se trata la cuestión.
En una época las cintas coloradas eran la protección contra la envidia, y hay colores con los que todavía hoy las damas se visten para alejar la ojeada de envidiosos y, sobre todo, envidiosas, que desean mal a la que nació bella y con buena estrella.
Tiene mala prensa la envidia. No se la valora y se reprocha a quien la siente. Sin embargo, nadie está exento de que el sentimiento vilipendiado surja en algunas ocasiones, por lo que, en lo que a los humanos concierne, se deben juzgar las acciones y no los sentimientos. Es decir; algunos envidiosos supieron domesticar su sentir, pudieron transformarlo en capacidad emulatoria o estimulante, saliendo de la dimensión violenta que subyace en las envidias hechas y derechas, para otorgarles un cauce más fecundo.
El error en el que suelen incurrir aquellos que sucumben a la envidia es el de creer que ese sentimiento que aparece dentro de ellos, tan parecido a un dolor sordo y tóxico, dejará de atormentarlos si logran eliminar o al menos menoscabar a aquel frente a quien ese sentir aparece. Cuando envidiamos perdemos el propio centro al caer hipnotizados por aquello que vemos como inalcanzable o aquello que, sentimos, nos fue quitado por alguna injusticia.
Envidia sentía Caín ante el amor que Dios le ofrecía a Abel, su hermano suertudo. El dolor por el "ninguneo" divino lo impulsó a matar a su hermano con la intención de hacerlo desaparecer, no tanto a él como a ese sentimiento insoportable, aunque, vaya uno a saber, de haber tenido un poco más de confianza y paciencia, quizá llegado el momento hubiera conseguido Caín el beneplácito del Altísimo...
La envidia es a veces honda y proviene de viejas heridas y malentendidos, generalmente producidos en la infancia. Por eso, el sentimiento es implacable, porque las cosas, cuando uno es chico, se sienten con todo el cuerpo y sin muchas ideas que ayuden a diluir y ofrecer alternativas al impacto anímico de la situación.
La envidia reniega de una noción de abundancia. Abreva en la idea de que en el mundo hay poco de todo (amor, por ejemplo), y ese poco siempre le toca a alguien que no es uno.
De la envidia se sale reconociendo el dolor y el rencor concomitante, identificándolo como algo propio y no solamente "efecto" de aquel o aquello envidiado. Solamente por esa vía es posible liberarse de la lógica envidiosa, reconfigurando los deseos como para que sean un estímulo y no una trampa que lastima y lleva a la frustración crónica y resentida.
Eso permite evitar el error de creer que ese penar es culpa de aquel a quien se envidia. Si ese dolor no se reconoce, el círculo de la envidia toma el poder y construye una ideología que repite sus premisas hasta el infinito, sin lograr nunca algo que pueda parecerse a la felicidad.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta




