
¿Estamos todos deprimidos?
La depresión está alcanzando cifras alarmantes. Sin embargo, según los especialistas, habría una gran variedad de situaciones clínicas que se engloban actualmente con este diagnóstico. Fuera de sus formas más graves, como por ejemplo la melancolía, muchas de las depresiones actuales podrían vincularse con el modo de vivir lo subjetivo en la época contemporánea
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Me cuesta mucho levantarme; no sé qué me pasa; es como si hubiera perdido esa alegría de empezar el día. Siempre me gustaron las mañanas, pero ahora es como si el día fuera una cinta eterna donde no hay nada mío.... Finalmente me levanto y voy a trabajar, pero no estoy bien; sé que se puede estar de otro modo... ¿desde cuándo?... y creo que empecé a estar así cuando perdí el trabajo en la productora de TV. Ahí disfrutaba, hacía cosas que me interesaban, algo distinto todos los días. Ese trabajo no lo voy a poder recuperar, pero sí quiero estar bien. No sólo por mí, por mis hijos. No me gusta que me vean así." Miguel acude a la consulta varios años después de aquel acontecimiento. Cuenta que al principio lo único que le importaba era rearmar su economía como para seguir sosteniendo a su familia. Resuelta esa urgencia, la sensación de malestar se le fue instalando de a poco. "Pensé que iba a ser transitorio, esto de trabajar de cualquier otra cosa. Pero hoy, si no tenés 25 años, un título y experiencia, nadie te da un empleo."
"Vengo porque estoy deprimido... No, no quiero hablar de mi ex mujer; lo que quiero es que me recete un antidepresivo." Unas entrevistas más tarde el hombre se pone a hablar: esa mujer, los proyectos, su frustración. "Jamás pensé que me iba a afectar a mí... Pensaba que era cuestión de tipos más blandos que yo... ¿Puede ser que perder una mujer me haya puesto así de mal?"
María consulta en el transcurso de un tratamiento con antidepresivos. "No lloro más, pero no por eso estoy mejor -dice-. Tal vez le parezca una estupidez, pero voy a cumplir 36 años y no tengo hijos ni una carrera deslumbrante. ¿Qué hice con mi vida?"
Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión será para el año 2020 la segunda enfermedad en importancia como generadora de discapacidad. Este dato, junto con resultados de estudios que indicarían sobrediagnóstico de depresión y el debate sobre la pertinencia de la prescripción de los antidepresivos, han ganado la tapa de los diarios.
El tema urge. ¿Estaremos ante una nueva pandemia, o será algo mucho más difícil de discernir, una incapacidad para gozar?
¿Qué es la depresión?
La depresión es catalogada por diversos manuales de psiquiatría como un trastorno del estado de ánimo: el individuo ha perdido el interés por cosas que antes hacía, y esto se traduce en una extremada dificultad para sostenerlas, llegando incluso a veces a abandonarlas. Esto se ve reflejado en el sentimiento de que nada tiene sentido "nada me interesa", "para qué’, "si igual nada va a cambiar", son frases que se escuchan comúnmente en boca de quienes están atravesando un período que se les presenta casi como un desierto. El llanto frecuente o una tristeza extrema sin causa aparente, la falta de energía y otros síntomas relacionados con variaciones del sueño y del apetito conforman este síndrome.
"Toda enfermedad de prevalencia está relacionada con ciertos factores demográficos: las enfermedades se extienden en algunos países y no en otros, en algunas culturas y no en otras. Las enfermedades mentales no son una excepción" afirma el doctor Jean Garrabé, psiquiatra francés, ex presidente de la Société Médico-Psychologique de París.
Así es como el tema ha interesado, no sólo a expertos en salud mental, sino también a sociólogos y a antropólogos. En el libro La fatiga de ser uno mismo: depresión y sociedad (Paidós, 2000) el sociólogo e investigador francés Alain Ehrenberg busca delinear algunas de las figuras del hombre contemporáneo, y postula la depresión como una de ellas: "La depresión nos instruye sobre nuestra propia experiencia actual de la persona, pues es la patología de una sociedad en la cual la norma está fundada en la responsabilidad e iniciativa". Sostiene que hoy las reglas sociales exigen al individuo que se haga cargo de su responsabilidad e iniciativa, y éste se descubre con un sentimiento de insuficiencia frente a exigencias que lo sobrepasan. Es la contracara de la cultura de otra época, en que las reglas sociales exigían conformismo y hasta automatismo en la conducta.
Al referirse a la gente que concurre a una consulta porque se siente deprimida, el doctor Emilio Vaschetto, psicoanalista y psiquiatra del hospital de San Isidro y presidente del Capítulo de Epistemología e Historia la Psiquiatría de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), expresa su punto de vista.
"Hoy en día la palabra depresión nombra, por un lado, un hecho clínico concreto y, por otro, malestares, fatigas, indecisiones, situaciones familiares o de estrés laboral. El hecho clínico existe, pero lo más común es todo lo otro." El estado de ánimo depresivo suele ser la punta del iceberg de una variedad de situaciones clínicas, un abanico que va desde un malestar ante la imposibilidad de resolver cuestiones cotidianas hasta el aislamiento propio de estructuras clínicas graves.
El doctor Garrabé considera que una de las razones que podrían dar cuenta de la mayor extensión de la depresión es justamente una cierta ampliación en el uso del término. "A partir la circulación en el mercado de medicamentos con menor cantidad de contraindicaciones, el área semántica de la palabra depresión se ha extendido perdiendo su especificidad." Originariamente utilizados para las formas graves de depresión psicótica, los antidepresivos han ido ganando terreno y en muchos casos se utilizan para el tratamiento de sintomatologías antes abordadas mediante la prescripción de ansiolíticos.
La depresión como enfermedad incapacitante para lo laboral preocupa tanto a autoridades sanitarias como a empleadores. Sus costos alcanzan cifras millonarias, no sólo por los gastos directos (diagnóstico y tratamiento); también por los indirectos (menor eficiencia en el ámbito laboral, ausentismo).
El debate en torno al diagnóstico
Gran parte de la controversia en torno a este síndrome gira alrededor de su diagnóstico. El método más utilizado parte de los criterios del DSMIV (Manual Diagnóstico y Estadístico de la Asociación de Psiquiatría Americana) y del CIE10 (Clasificación Internacional de Enfermedades, de la OMS).
"El cambio en algunos de los parámetros ha hecho que se esté diagnosticando más la depresión -sostiene el doctor Juan Carlos Stagnaro, profesor titular del Departamento de Salud Mental y docente e investigador asociado del Instituto de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UBA-. El factor tiempo incide en el diagnóstico. Por ejemplo, para el DSM sólo dos semanas de estado de ánimo depresivo alcanzan para diagnosticar una depresión."
Uno de los disparadores de un sentimiento de tristeza profunda y abatimiento tan propios de la depresión puede ser un duelo. Todos los seres humanos se enfrentan a pérdidas significativas en algún momento de su vida, ya sea por la pérdida de un ser querido como por cuestiones propias de los ciclos vitales. Los duelos necesitan sobre todo un tiempo de elaboración, que tal vez la ayuda profesional pueda acompañar, pero no son un estado patológico en sí mismos. En la actual versión del DSM, los únicos duelos considerados como tales son aquellos que genera la pérdida de un ser querido. Pero un grupo de profesionales el año pasado presentó un trabajo en el American Journal of Psychiatry en el que postulaba una mudanza o la pérdida de un empleo o de una relación amorosa como otros hechos significativos que pueden desencadenar un proceso de duelo. Además, al tomar estas otras pérdidas en cuenta, el sobrediagnóstico de la depresión rondaría el 25%, según el estudio.
En el seno de la comunidad científica existe actualmente un debate en torno a qué y cómo diagnosticar en salud mental. "En toda época inciden tres elementos en los modelos de atención: las concepciones teóricas, los recursos terapéuticos y la estructura sociopolítica y económica", dice el doctor Stagnaro, y agrega: "Las teorías científicas se interrelacionan con la estructura política y económica, y hoy hay sobradas causas que pueden ayudar a precipitar una depresión".
"Los analistas están seguros de una causalidad psíquica para la depresión porque tienen pruebas continuas de que surge siempre en un momento significativo para el sujeto", afirma François Leguil, psiquiatra y psicoanalista francés, miembro de la Ecole de la Cause Freudienne y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
"Algo se perdió, pero conviene entender cuál es la experiencia íntima de esa pérdida", dice el doctor Vaschetto. Además de los momentos difíciles, a veces ciertos cambios promisorios pero radicales de la vida, como el nacimiento de un hijo, el comienzo de la vida en pareja, un traslado de ciudad o un ascenso laboral, pueden estar en la base de una fuerte sensación de malestar.
No querer saber
No siempre la persona se decide a solicitar ayuda profesional. Habitualmente alguien que acude a una consulta lo hace a partir de que hay algo que no entiende de sí mismo y quiere saber, entender qué le pasa. Puede tratarse de un síntoma, una inhibición o una angustia. Según Guy Trobas, psicoanalista francés, el mecanismo que estaría detrás de la depresión es el de una inhibición generalizada del yo, lo cual llevaría a una ausencia del querer saber qué sucede. "No hay posibilidad de tratamiento por la palabra si no hay un mínimo de conciencia, por parte de quien consulta, de que lo que le ocurre es problemático para él", afirma el doctor Vaschetto. El tratamiento recomendado por la OMS es una combinación de psicofármacos y psicoterapia. La medicina a través de la prescripción de psicofármacos ayuda a una mejora sintomática, una recuperación del tono, una cierta sensación de alivio. "Pero también están aquellos que no se satisfacen con la mejora sintomática. Quieren saber lo que sucedió, que es la mejor forma de evitar la recaída. Es a esas personas a las que el psicoanálisis se dirige", afirma Leguil.
La depresión, del latín de-premere, habla en sus orígenes de una sensación de deflación. Así es como actualmente muchos de los tratamientos apuntan a elevar la autoestima.
Para los terapeutas cognitivo-conductuales, los pensamientos están en la base de los sentimientos, y a ellos se dirigen para abordar los síntomas de la depresión. Plantean tratamientos de 16 sesiones en las que, a partir de ubicar los pensamientos que dan origen al malestar, se proponen modificar las conductas y conseguir que los pacientes puedan retomar su vida con eficacia. Para ello, el paciente tiene que asumir la responsabilidad de tomar nota del momento en que surgen los pensamientos negativos y llevarlas a la sesión siguiente.
En nuestro país, un estudio publicado por profesionales del Hospital de San Isidro demuestra la efectividad del tratamiento a través de psicoterapia psicoanalítica en sólo 4 meses (16 sesiones). Aunque el imaginario popular asocia el psicoanálisis a tratamientos prolongados (y a un necesario paso por la infancia), el estudio demuestra lo contrario.
El doctor Guillermo Belaga, jefe del Servicio de Salud Mental del Hospital Central de San Isidro, considera que para pensar el problema de los pacientes que consultan por "depresión", primero hay que distinguir la clásica melancolía, que es una patología psiquiátrica grave pero infrecuente, de la posición subjetiva depresiva más ligada al malestar de la época. Esta última es, junto a la ansiedad, una de las causas más frecuentes de consulta en los consultorios y requiere una lectura sobre los mandatos que los individuos deben cumplir para alcanzar la felicidad. La posición depresiva es, continúa, uno de los modos en que se manifiesta el "fracaso" de un sujeto al no poder resolver o estar a la altura del programa de la felicidad que impone la cultura contemporánea, felicidad que se asocia a logros, sobre todo, individuales.
El doctor Belaga sostiene que "estas circunstancias hacen que se plantee una ética diferente en lo que respecta a las terapias. Una psicoterapia no puede adaptar a los sujetos a ese circuito de la «felicidad» ligada al individualismo porque lo llevará, tarde o temprano, e indefectiblemente, a mayor soledad y más sufrimiento. Hay que proponer un camino diferente para el logro satisfactorio de su deseo, donde confluyan sus gozos particulares con un lazo con los otros más vivible".
Hoy no está permitido estar triste, ni apesadumbrado ni aburrido: todo esto es visto como signo de depresión. Y, en tanto estos síntomas son signos de una enfermedad, existe el deber de tratarlos. ¿Qué hacer ante el temor de caer en un circuito de desgano, tristeza y sufrimiento cuando en el seno de la comunidad científica se debate el origen, el diagnóstico y el tratamiento del malestar psíquico? La preocupación de las autoridades sanitarias se debe a que, entre otras cosas, una depresión severa puede llevar hasta el suicidio. Por otro lado, también es cierto que se están "medicalizando" situaciones accesibles al tratamiento por la palabra. Más allá del diagnóstico, existe la posibilidad de abrir una pregunta por lo más personal en juego en las coordenadas de cada uno.
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Para saber más: www.who.int/es/
También entre los chicos
En el libro Desvelos de padres e hijos en la infancia y la adolescencia (Ed. Emecé), Susana Mauer y Noemí May afirman: "Si bien la idea de la niñez asociada a una etapa sin conflictos ha quedado atrás, resulta difícil aceptar que los niños, aun los muy pequeños, puedan padecer un sufrimiento depresivo. (...) ¿Cuáles son los eventuales indicios orientadores de una depresión en la infancia? (...) Los equivalentes depresivos, por ejemplo, ciertas quejas somáticas, entre las cuales predominan las cefaleas y los dolores de panza, sustituyen los síntomas típicos de los adultos".
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