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Grandes Esperanzas

Estuvo deprimida tras el abandono de su marido y encontró la salida pedaleando en una bicicleta

Alejandro Gorenstein
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28 de diciembre de 2018  • 00:14

Todo parecía que marchaba bien en la vida de Alejandra Godoy allá por el año 1999. Si bien era abogada, trabajaba como comisario de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (en la actualidad retirada), estaba casada desde hacía 11 años y tenía a Rafael, su único hijo, de 7 años. Todo normal. Sin embargo, ella veía que en el último tiempo su marido estaba un poco "raro" y "serio".

  • -¿Te pasa algo? –le preguntó un domingo mientras le ataba los cordones de las zapatillas a su hijo.
  • -Me voy de casa –le contestó de la nada y sin reparos.

Alejandra no entendía nada. Estaba literalmente en shock. Sin poder de reacción. "Éramos una pareja que no nos pelábamos, yo era bastante de ceder, de atemperar, no me considero una persona conflictiva y le tenía toda la confianza", recuerda, a la distancia.

Ese mismo domingo él se fue a almorzar con el nene a la casa de sus padres como si nada hubiera pasado, mientras ella se quedó llorando. En ningún momento se imaginó que pudiera llegar a ocurrirle una cosa así. "Esa tarde volvió como si nada, me hablaba como si fuera su amiga".

Sin embargo, él ya tenía la decisión tomada. Alejandra recuerda muy bien esa noche del 2 de julio de ese mismo año. Estaban los tres cenando cuando, de repente, su marido se fue a buscar una valija con ropa a la habitación, la llevó a su auto y dijo que se iba. "Yo le pedía que me diera una oportunidad, aunque no sabía para qué, pero el que te abandona ya tiene una postura tomada hace meses o años aunque no te lo comenta".

Depresión

A partir de ese momento Alejandra se sumergió en una depresión que le duró bastante tiempo. "Era tener que levantarme obligada todas las mañanas para ir a trabajar como una zombie, en automático, cenaba con mi hijo mientras de la nada se me caían las lágrimas, no tenía el control de las emociones".

Esa depresión ella la describe como falta de energía para hacer las cosas. Por ejemplo, cuando no tenía que ir a trabajar se despertaba para llevar a Rafael al colegio, pero se volvía a acostar y recién se levantaba a las 17hs para ir a buscarlo.

En medio del duelo y de la profunda tristeza que tenía, empezó a seguir a su ex porque sospechaba que detrás de ese abandono había algo más. Y, finalmente, comprobó que estaba saliendo con una compañera de trabajo que ella conocía. "Fue una forma de hacer catarsis, yo decía que podía poner rodilla en tierra pero no me iban a destruir. Yo necesitaba hacer lo que sea. Yo podía estar deprimida pero seguía haciendo mi vida cotidiana como podía. Mi fuerza de superación, en primer lugar, fue el amor de mi hijo, después tuve muchas amigas que me apuntalaron y un poco la esencia mía de fortaleza que nunca la había perdido".

"Llevame en tu bicicleta"

Buscando herramientas para poder salir a flote, Alejandra también se refugió en los libros de autoayuda, llegó a leer más de 100, donde subrayaba aquellas cuestiones que sentía que podían resultarles de utilidad para la situación que estaba atravesando. Claramente necesitaba respuestas.

Sin embargo, en ese momento no se imaginaba el instrumento que le daría fuerzas para volver a encontrarle un sentido a la vida. Como su hijo era muy activo, Alejandra se veía en la necesidad de tomar fuerzas para organizarle actividades para distraerlo. De esa forma, empezó a llevar a Rafael y a algunos de sus amigos a andar en rollers al parque, a jugar al fútbol a la plaza y a compartir picnics. Cuando cumplió ocho le regaló una bicicleta y como él todavía era chico, decidió comprarse otra para ella para poder ir a pedalear juntos.

Fueron pasando los años hasta que comenzaron a salir a andar en sus bicicletas, de manera más organizada, acompañados de los amigos de Rafael. Los primeros viajes fueron desde Avellaneda hasta Vicente López. "Los padres de estos chicos me decían que me admiraban por cómo me animaba a salir a andar en bicicleta sola con chicos de esa edad. Yo veía que los chicos estaban felices y esa felicidad también la absorbía yo. Era como un combo: empezaba a gozar de una libertad que hacía años que no la tenía, era arrancar a moverme porque con la depresión que había tenido había bajado varios kilos pero el efecto rebote hizo que aumentara demasiado. Me daba felicidad ver a mi hijo verlo contento junto a sus amigos y yo empecé a sentirme útil con lo que hacía, me hacía bien físicamente porque comencé a salir del ostracismo".

Alma Mather

A raíz de estas experiencias que compartían todos los sábados o domingos se fueron sumando los hermanos de los amigos de su hijo. Y más adelante les tocó el turno a las madres. A otras, las integró como caminantes porque comenzaron a surgir salidas anuales como, por ejemplo, a Tandil, San Pedro, General Belgrano, Montevideo y Colonia. Y de esa forma fue creciendo el grupo y se fue agregando cada vez más gente. "Siempre digo que soy como una mini empresa de turismo pero trabajo gratis para amigos y familiares", sonríe.

Con su hijo, también en bicicleta
Con su hijo, también en bicicleta

Ya habían pasado varios años de las bicicleteadas pero el grupo aún no tenía un nombre que los identificara. "Yo siempre me encargaba de organizar las fiestas de mi hijo en el colegio y de las diferentes celebraciones junto a mis compañeros de trabajo y más atrás en el tiempo cuando estudiaba en la facultad. Un día me encontré con un amigo que me dijo que era como el alma mather del grupo". Fue así que en el año 2011 le colocó ese nombre a sus salidas en bicicleta como un homenaje a lo que los demás veían de ella: la integración y el poder compartir eventos entre amigos y conocidos. Luego, crearon una bandera y un banner.

"Yo tengo un lema: a mí me hace feliz verlos a ellos felices y no es una cuestión de ego. Siento que todo lo que doy me viene de vuelta con la gratitud y el reconocimiento de toda esta gente".

Otra prueba difícil

En el año 2013 a Alejandra le detectaron un cáncer de mama que lo pudo superar con éxito. Y en 2016 comenzó a formar parte de "Rosas del Plata", un equipo de remo integrado por mujeres de diferentes edades que en algún momento de sus vidas padecieron esta enfermedad. Y una vez por semana se juntan bajo el lema "Remando por la vida" para practicar un deporte que las identifica y que les brinda la posibilidad de conocer gente, de disfrutar de la belleza de la naturaleza, de divertirse y de hacer nuevas amigas. "De esta forma pude unir mis dos deportes favoritos. Estoy adentro de un grupo donde también se comparte y siento que mi energía positiva sirve para el equipo y una vez más veo que mi esencia ayuda a los demás, pero también me ayuda a mí", afirma.

En la actualidad, con Alma Mather salen a pedalear todos los domingos. Rafael, que actualmente tiene 26 años, sigue acompañando a su mamá en cada uno de los viajes como desde la primera vez, aunque en los últimos tiempos también incorporó a su novia, con quien convive.

"Es mi mejor terapia. Yo le digo a la gente que busque en su interior porque siempre tenemos una asignatura pendiente, no hay límite para hacer lo que les gusta y les hace bien y nadie les tiene que decir que ya están grandes para hacer esto. A mí me preguntaron por qué lo hacía y yo les contesté ´porque puedo´".

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