
Exiliarse del olvido
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Desde que me mudé a Buenos Aires, hace como 20 años, vivo en el linde entre Boedo y Almagro. Quizás porque provengo de La Plata, donde las calles se definen numéricamente, siempre traté de interesarme por los nombres de las arterias porteñas. En especial, las que tengo más cerca de donde vivo. Así descubrí rápidamente que tanto Boedo, como Colombres, Maza y Castro Barros recuerdan a diputados presentes en el Congreso de Tucumán de 1816. Las perpendiculares a estas no presentan demasiados problemas de identificación: Estados Unidos, Independencia, México, Venezuela.
En fin, de las calles próximas a donde vivo, dos me desconcertaban un poco más. Una de ellas, Quintino Bocayuva. Pronto supe que recordaba a un periodista y diplomático brasileño que llegó a ser embajador de su país en la Argentina. Y la otra que me sonaba muy desconocida era Agrelo. Solo un apellido sin nombre. Pero gracias a trabajos de historiadores urbanos dedicados a explicar las denominaciones del damero porteño como Alberto Piñeiro descubrí que se trataba de Pedro José Agrelo. Nacido en 1776, había sido un abogado, periodista y político muy ligado a la revolución de Mayo y al proceso posterior. Este redactor de la Gazeta de Buenos Aires fue presidente de la Asamblea de 1813 y llegó a promover un proyecto de Constitución cuando la organización del país estaba muy lejos de ser un hecho.
Pero, puesto a indagar en la vida de este porteño que fue también fiscal de Cámara, me llamó la atención un hecho que marcó sus últimos años y que encarna la intolerancia y las salvajes rivalidades que atravesaban la vida política de la Buenos Aires de buena parte del siglo XIX. Es que Agrelo, que había simpatizado en principio con la causa federal, debió escaparse de la ciudad cuando Juan Manuel de Rosas, el hombre fuerte de la Confederación Argentina, lo consideró su enemigo político.

Fue en diciembre de 1838. Su destino, si no quería caer en las garras de la mazorca rosista, era Montevideo. Pero el escape no sería nada fácil. Por fortuna, contó con ayuda. Su sobrino, Mariano Billinghurst, buscó la manera de salvar a su tío. Para ello, logró asilarlo en la casa del cónsul de los Estados Unidos en Buenos Aires, Alfred Slade, en Retiro.
Ese año los franceses bloqueaban el puerto porteño por un conflicto que tenían con Rosas. Por eso, para cruzar el río de la Plata había que recurrir a ellos. El contacto con los galos lo facilitó una porteña con muchos vínculos, Mariquita Sánchez de Mendeville (ex de Thompson). Gracias a la mediación de esta mujer, Agrelo sería recogido por una embarcación en la ribera cercana a donde hoy se encuentra la llamada Torre de los Ingleses.
Todo ocurriría de noche, para evitar al enemigo, y la comunicación entre el fugitivo y el bote salvador sería a través de señales lumínicas con faroles. La operación de rescate se repetiría tres veces, por si ocurría algún inconveniente que la impidiera. Y así fue: la primera noche, hubo una tormenta intensa; la segunda, Agrelo, que tenía 62 años, se negó a embarcar, probablemente embargado por el temor; y la tercera, gracias a la ayuda de Billinghurst, logró subir al barco que lo alejó de Buenos Aires.

Nada fue fácil para el emigrado en tierras orientales. Cuenta el investigador Mariano Etchegaray que, en 1839, le escribe una carta a su familia porteña donde dice que volvería pronto a su hogar y festejarían con champán “la caída del tirano”. Pero Rosas intercepta la misiva y castiga a su enemigo político duramente: destierra al Uruguay a su familia y le expropia todos sus bienes. Poco después los hombres del ‘Restaurador’ le ofrecen al exfiscal la devolución de sus cosas y su retorno a Buenos Aires a cambio de que muestre su apoyo al régimen. Algo que él rechaza rotundamente.
En julio de 1846, asediado por la pobreza, Agrelo muere en Montevideo. No vio la caída de Rosas, pero desde 1893 su nombre forma parte del plano porteño. Un reconocimiento con el que, al menos, logró exiliarse del olvido.




