
Fernando Saicha es el responsable argentino detrás de la producción de más de dos toneladas de marihuana en Uruguay. Conocé al cultivador que llevó adelante la trama secreta del milagro uruguayo.
1 minuto de lectura'

Por Facundo F. Barrio / Fotos Gaspar Kunis
Fernando Saicha llevaba un par de horas esperando bajo pleno sol del mediodía en aquel campito de la pampa uruguaya. “Qué calor deben tener con esos pasamontañas”, pensó cuando por fin los vio llegar en el camión. Seis policías encapuchados saltaron de la caja trasera del vehículo, dejaron sus fusiles sobre el pasto seco y, sin decir una palabra, empezaron a descargar bandejas con plantines de marihuana y a acomodarlas sobre las mesas de madera ya dispuestas en el centro del terreno.
El argentino Saicha siguió los movimientos con una mezcla de impaciencia y leve incomodidad. El primer invernadero estaba listo desde hacía días. Los canales pluviales y el pozo de agua, terminados. Las hormigas cortadoras, bajo control. Por fin era tiempo de ponerse a cultivar. Y allí estaban esos encapuchados, seis agentes de la tropa de elite de la Policía Nacional de Uruguay, ataviados con sus uniformes de camuflaje, entregando 2.000 macetitas de cannabis sativa –marihuana– recién nacida.
Nadie preguntó nada. Tan pronto como terminaron su tarea, los visitantes volvieron a subir al camión –un semipesado blanco sin identificación policial– y desandaron el camino de tierra en dirección hacia la ruta.
–Dos mil plantas –susurró Saicha–. Para empezar, alcanza. Para empezar.
La primera vez que había escuchado hablar del proyecto que el gobierno de José “Pepe” Mujica tenía en ciernes fue durante la Copa Cannabis Uruguay 2012: una maratónica cata de distintas cepas de marihuana en la que un jurado premiaba a los cultivadores más distinguidos. La de aquel año fue la edición pionera y clandestina de una competencia que hoy se sigue celebrando con el visto bueno de la ley.
Saicha viajó desde su casa en Buenos Aires hasta Montevideo con un frasco de flores de su propia cosecha para presentarse en una terna internacional del concurso. No ganó el premio –cree que el fallo del jurado fue tendencioso–, pero se llevó un dato valioso: la Junta Nacional de Drogas (JND) de Uruguay estaba preparando un proyecto de ley para crear un sistema de producción y comercialización de marihuana bajo control del Estado. Tras la creación del Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCAA), el gobierno planeaba convocar a una licitación para empresas interesadas en fabricar dos toneladas anuales bajo supervisión estatal.
Los organizadores de la Copa, unos activistas pro-legalización uruguayos a los que Saicha no conocía demasiado, lo invitaron a participar en una ronda de consultas que el Ircca estaba haciendo con cultivadores expertos. El gobierno quería saber si el proyecto oficial podía funcionar. El día señalado para el encuentro, Saicha llegó hasta la puerta del despacho oficial, pero se arrepintió antes de entrar. Presintió que no convenía presentarse en ese momento y con esos acompañantes ante los funcionarios. “Mejor esperar”, pensó, y volvió sobre sus pasos hacia el ascensor.
Durante los tres años siguientes, Saicha viajó todas las semanas a Montevideo. Si quería ganar la licitación, había un trabajo fino de lobby que hacer en los contornos del círculo cannábico-gubernamental. Ir y venir, ir y venir. Golpear puertas. Conocer gente. Conseguir información. Acercarse al Ircca y a la Junta Nacional de Drogas. Participar en audiencias públicas. Contemplar posibles socios e inversores. Evaluar pros y contras. Mostrarse, estar presente. Listo para cuando se anunciara el concurso.
NO HAY OTRO IGUAL
–¡Disculpe, senador! ¿Usted alguna vez vio marihuana? –le dijo a uno.
–No, nunca.
–¿Quiere ver?
El senador uruguayo tardó en asimilar lo que le ofrecía ese desconocido con acento porteño. Saicha aprovechó el momento de júbilo para arrimarse a los legisladores del Frente Amplio y agradecerles, a su manera, lo que acababan de votar. Aunque el recinto estaba repleto de activistas pro legalización, el senador no esperaba semejante propuesta. Al menos no allí, en el Palacio Legislativo, al término de una sesión y bajo la mirada curiosa de sus compañeros de bancada y del vicepresidente de la Nación.
–Sí, quiero ver –respondió–. Por qué no, si recién la legalizamos.
Aunque no lo conocía, Saicha sintió empatía por ese político veterano que nunca se había fumado un porro, pero había dado su voto para que el Estado uruguayo se hiciera cargo de la producción y comercialización de cannabis para uso recreativo. Era 10 de diciembre de 2013 y el proyecto de Mujica se había convertido en ley.
Saicha extrajo un frasco de su mochila, sacó un cogollo y se lo regaló al senador, que lo recibió con gusto. Iba a explicarle quién era –un cultivador argentino–, qué hacía allí –un documental casero sobre la legalización en Uruguay– y qué anhelaba –involucrarse de algún modo en la iniciativa oficial–, pero se distrajo con el andar sereno de Lucía Topolansky, la esposa del Pepe, que acababa de pasarle por al lado.
–¡Ey, Lucía! ¡Decile a Cristina que haga lo mismo en Argentina!
–No, querido. Me parece que ahora la Cristina está con otros quilombos.
Fernando Saicha se esfuerza por espaciar los cigarrillos que prende. A los 46 años, asume el vicio del tabaco e intenta combatirlo con un cigarro electrónico, una especie de simulador de humo que sirve para engañar el hábito a base de esencias que contienen diferentes concentraciones de nicotina. Con la marihuana, en cambio, tiene menos apego: no lo inquieta quedarse sin cannabis.

Saicha es un tipo gestual, tiene una cara distinta para cada idea que hilvana con su voz rasposa. Sus manos se mueven hacia arriba y hacia abajo al compás de cada frase. Cuenta su experiencia con la satisfacción de quien ha llegado a lo máximo a lo que podía aspirar en su especialidad. Dice sentir orgullo de poder contarles a sus hijos que su trabajo tiene un significado social, tiene impacto social. Y que es perfectamente legal.
–La prohibición del cannabis es una convención social, pero no tiene ningún fundamento médico ni científico –argumenta–. O, por lo menos, no tiene más fundamento que la legalidad del tabaco o del alcohol. ¿Conocés a alguien que haya arrastrado en el capot del auto a un agente de tránsito después de haber fumado marihuana? ¿O que les pegue a su mujer y a sus hijos cada vez que fuma marihuana? ¿O que se haya muerto de cáncer por fumar marihuana? Pero en Argentina todavía es ilegal plantar, fumar, convidar, a pesar de que el artículo 19 de la Constitución dice que las acciones privadas que no afecten a terceros no pueden ser delitos. En la práctica, al final, siempre decide un juez. Y ya sabemos cómo suele terminar eso.
Fernando explica que el fin de la prohibición no necesariamente implica la ruptura del veto social, eso lleva más tiempo. Pero por algo se empieza. Y, en este caso, algo no es poco: además del uruguayo, no existe otro sistema público nacional de fabricación y venta de cannabis en el mundo. Visto así, puede decirse que el empleo de Saicha se creó a su medida. No hay otro igual, aunque eso no lo hace sentirse especial.
–La marihuana prensada que se vende en el mercado ilegal empezó siendo una planta cultivada por algún campesino en medio del monte paraguayo –dice–. Ese pobre tipo la vende por dos monedas y con eso le da de comer a su familia. Después aparece un narco que la mete en un camión, la lleva a la ciudad y hace negocio con eso. Pero el laburo del campesino que cosecha en el monte no difiere mucho del mío.
De vez en cuando se le escapa alguna palabra en portugués: resabios de los 12 años que vivió en Brasil. Viajó por una oferta laboral en 1996 con la idea de quedarse un par de años. Se instaló en el balneario paulista de Guarujá, formó pareja y tuvo dos hijos. El tiempo pasó y no volvió a Buenos Aires hasta 2008. Entonces se dedicaba al desarrollo de sistemas de visualización de datos, efectos visuales para cine y publicidad y animación para instrucción técnica. Había tenido como clientes al Grupo Techint y al segundo gobierno de Carlos Menem. En Brasil, Saicha trabajó como desarrollador de software de e-learning, sistemas de simulación y diseño de literatura digital para fabricantes de equipos informáticos.
Mientras tanto, en la intimidad de su casa, aprendió las artes del cultivo de marihuana. Se conectó por primera vez con el planeta grower en 1996 a través de un foro web canadiense sobre cannabis, Overgrow, en el que colaboraba como moderador y con información técnica de cultivo. De forma clandestina, incursionó en el autocultivo solidario, basado en el intercambio de información y experiencias con otros cultivadores para mejorar y diversificar los resultados de las cosechas.
–Cuando decidí regresar a la Argentina, ya se me había metido en la cabeza la idea de largar todo y dedicarme al activismo pro legalización.
LA OPORTUNIDAD
Unos meses después de aquella intensa sesión en el Senado, el gobierno uruguayo hizo el anuncio oficial: el Ircca abría una licitación para “aquellas personas interesadas en la producción y distribución de cannabis psicoactivo para su distribución en farmacias”. Las autoridades harían una preselección de candidatos y luego varias rondas de eliminación. Se ofrecían licencias por cinco años, sujetas a renovación anual, para un máximo de cinco empresas interesadas en fabricar dos toneladas anuales de cannabis bajo regulación estatal. Se requería a los postulantes que presentaran un plan descriptivo del sistema de cultivo propuesto y se avisaba que la convocatoria solo duraría tres semanas.
–Por qué no –dijo Saicha.
Primero hubo que buscar socios para conformar la empresa. Contactó a tres uruguayos a los que había conocido en los meses previos: el primer cultivador legal de cáñamo industrial en el país, un ingeniero agrónomo y un diseñador industrial. El primero se dedicaba a la fabricación de biodiésel y tenía buenos contactos en el gobierno. El segundo dirigía una consultora agrofinanciera de la City montevideana. El tercero tenía un par de plantas en su casa, pero sabía tan poco de cultivo intensivo de marihuana como los otros dos. Saicha sí sabía. Los cuatro improvisaron un nombre para la flamante compañía: Simbiosys.

Luego siguió el rastreo de inversores. Se necesitaban US$ 1.750.000 y alguien con espalda suficiente como para operar sin ganancias hasta que comenzara la venta al público. Saicha viajó a Europa y se entrevistó con potenciales financistas españoles, alemanes y holandeses dedicados a la genética de semillas de cannabis. Todos le respondieron lo mismo: cuando te den la licencia, ponemos la plata. Pero el gobierno uruguayo exigía que se blanqueara el origen de los fondos “en el marco de la normativa vigente en materia de prevención de lavado de activos y financiación del terrorismo”. No había forma de competir en la licitación sin tener el dinero de entrada.
La solución no apareció en Europa sino en Uruguay, a través de un matrimonio de emprendedores uruguayos con suficiente dinero y voluntad de diversificar inversiones. Aunque no tenían ninguna experiencia en producción de cannabis, el proyecto de marihuana estatal les parecía una opción rentable y atractiva.
Saicha terminó de preparar la carpeta con la descripción técnica del plan de cultivo que había empezado a diseñar hacía un año. Los requerimientos del gobierno eran minuciosos, restrictivos. No se podía plantar en el suelo, no se podía plantar al aire libre, no se podía plantar con cepas genéticas distintas de las provistas por el Ircca, no se podía plantar antes de que finalizara el verano. Saicha pasó noches enteras dibujando en 3D, diseñando sistemas de luces y riego, evaluando proveedores y materiales, calculando tamaños y costos, compaginando información sobre cultivos a gran escala, imaginándose a cargo de 15.000 plantas de marihuana.
La ilusión tambaleó cuando supo con quiénes competiría en la licitación. Entre las 200 empresas que se presentaron a la convocatoria había grupos extranjeros experimentados y con grandes ventajas operativas frente al emprendimiento de Saicha y sus socios. Sin embargo, tal vez porque el gobierno uruguayo prefería que el asunto quedara en manos rioplatenses, Simbiosys superó una tras otra las rondas de eliminación. Los postulantes en carrera pasaron de 200 a 20, después a 11, luego a cuatro y finalmente a dos, los ganadores. Además de Simbiosys, otra firma obtuvo una licencia, ICCorp, una extensión del mayor holding agropecuario de Uruguay, que no tenía vínculos previos con el mundo cannábico ni nada parecido a un master grower como Saicha a cargo de su plan de cultivo.
Cuando se enteró de que había ganado, Saicha estaba haciendo pis. Esa tarde esperaba desde hacía un par de horas frente a su laptop a que empezara la transmisión online de una conferencia de prensa en la que las autoridades de la Junta Nacional de Drogas anunciarían los ganadores de la licitación. Se levantó un minuto del sillón para ir al baño y se puso a orinar con la puerta entreabierta. Cuando escuchó “Simbiosys”, se salpicó los pantalones.
LA BOCA DEL LOBO
En 2008, cuando finalmente volvió de Brasil a Buenos Aires, comenzó a dedicar cada vez más tiempo libre a la militancia cannábica. Condujo un programa de radio en un momento en el que el tópico de la marihuana aparecía poco en el dial. Le dijeron que no podía hablar de ciertas cosas y se fue. Abrió su propia radio, la primera frecuencia cannábica de América Latina, que operó durante tres años. Se filmó con decenas de plantas para hacer un tutorial de cultivo que tuvo más de 100.000 visitas en YouTube. Organizó la primera copa mundial de marihuana autofloreciente. Más tarde buscó una forma de rentabilizar su nueva ocupación: abrió un grow shop, un local de venta de productos para el cultivo de marihuana. Hasta que ganó la licitación en Uruguay.
–Metí la cabeza en la boca del lobo varias veces -admite-. Corrí muchos riesgos. Pero estaba y estoy convencido de que todo esto vale la pena. Siempre habrá gente que me cuestione, pero lo hacen desde el desconocimiento. Hoy tengo 46 años, pero alguna vez tuve 20, y puedo asegurarte que el cannabis no es la puerta de entrada a nada. Yo no empecé a consumir otras cosas por el hecho de fumar marihuana.
Poco a poco, el desarrollador de software se transformó en alguien dentro del circuito cannábico porteño. Llegó a la cresta de su propia ola en 2012, cuando armó la primera clínica internacional de autocultivo indoors en Buenos Aires, el Tricoma Tour, que cerró con una fiesta para 800 personas en la Costanera.
–Para la clínica traje a personajes legendarios de la escena cannábica mundial. Simon, el dueño del banco de semillas Serious Seeds, un biólogo holandés que se cansó de dar clases en la secundaria y empezó a jugar con la genética del cannabis. Terminó inventando las cepas AK-47, White Widow y Chronic: el Chevy, el Camaro y el Corvette de la marihuana. Mila Jansen, la mujer que más sabe de hachís en el mundo y la dueña de la mayor colección de hongos alucinógenos de Ámsterdam. El Gato, un cultivador colombiano que se convirtió en mito en Latinoamérica dirigiendo cultivos de miles de plantas. Don Wirtshafter, abogado de Jack Herer, el mayor activista pro legalización de Estados Unidos y organizador del famoso recital que hizo John Lennon para defender a Phil Spector cuando lo querían meter preso por dos porros. Todos tipos muy serios
Saicha anota entusiasmado los nombres y apellidos en un papel para que después pueda buscarlos en Google. Recuerda que fue por aquellos mismos días cuando viajó a Montevideo para participar en la Copa Cannabis Uruguay y supo del proyecto de Mujica.
–Y pensar que ahora tenemos 15.000 plantas –dice–. Quince mil... A veces se pone difícil. ¿Sabés qué pasa cuando prendés 320 reflectores de 600 watts en el campo? Tenés que despegarte los bichos de la lengua. Hay de todos los colores, tamaños y formas. Cascarudos, polillas, chinches, tijeretas, grillos, moscas, picudos. A esos no vale la pena combatirlos, los que atacan son otros. Arañitas rojas, cochinillas, mosquitas blancas, pulgones, orugas. Además de pesticidas, usamos mantis religiosas. Es el insecto más territorial que hay. Los soltamos entre las macetas y no dejan que se acerque ningún otro bicho, excepto las hormigas cortadoras, que son terribles. No se alimentan de las plantas: las usan para criar un hongo natural que es su verdadero alimento. Si te descuidás, en una noche te dejan todos los tallos pelados. Para frenarlas ponemos un cebo granulado que se llevan al hormiguero. No las mata a ellas, sino al hongo. Ellas se mueren de hambre. O se mudan.
MODELO PARA ARMAR
Si Saicha es el brazo ejecutor del proyecto uruguayo, Julio Calzada es su cabeza. El ex secretario general de la Junta Nacional de Drogas de Uruguay (2011-2015) fue el arquitecto de la redacción y reglamentación de la ley, el hombre indicado para explicar la filosofía esencial detrás de la iniciativa oficial.
–Desde el punto de vista programático, el modelo uruguayo fue concebido con un triple objetivo –dice Calzada–. En primer lugar, levantar la prohibición supone un beneficio para la salud pública: abre paso a una política de reducción de daños que permite acercar el sistema sanitario a los usuarios problemáticos de marihuana y, al mismo tiempo, brindarles un producto sin las impurezas dañinas que contiene la sustancia en el mercado ilegal. En segundo lugar, la contradicción de que no se penara el consumo, pero sí los actos preparatorios, atentaba contra los derechos de los ciudadanos: obligaba a los usuarios a entrar en contacto con un circuito criminal. La legalización de la sustancia a un precio y calidad razonables elimina la necesidad de los consumidores de acudir a la venta ilícita. Por último, al separar el mercado del cannabis del de otras drogas, el proyecto busca disminuir el llamado “efecto góndola”, que se produce cuando un usuario va en busca de marihuana y, al no encontrarla, compra otras sustancias más peligrosas, como cocaína o pasta base.
En cuanto a sus fines, la propuesta de Uruguay no se aleja demasiado de otras experiencias mundiales de despenalización y/o legalización. Reducción de daños, ampliación de derechos y combate al narcotráfico son metas compartidas por la mayoría –si no la totalidad– de los modelos que fueron puestos en práctica. La diferencia está en los medios: allí es donde radica la excepcionalidad uruguaya.
Portugal fue el pionero. En 2001, fue el primer país en despenalizar la posesión de cualquier droga para consumo personal. Cada usuario puede portar hasta 25 gramos de marihuana; si es descubierto con más cantidad, la sanción no es penal, sino administrativa. Sin embargo, la venta es ilegal y perseguida por el Estado. Tras 16 años, el modelo portugués demostró ser exitoso en el cumplimiento de sus propios objetivos: las cifras públicas indican que hoy hay menos consumidores de drogas que antes de la descriminalización, mientras que la curva de muertes relacionadas con el consumo sigue cayendo. No obstante, el hecho de que la comercialización se mantenga como delito implica que una buena parte de los usuarios permanece en contacto con el narcotráfico.
Holanda llegó a convertirse en el rostro global de la aceptación pública al consumo de cannabis. Aunque la producción y la venta jamás fueron técnicamente legalizadas, la llamada “separación de mercados” implementada a partir de los años 80, cuando el boom de la heroína ya hacía estragos en la población joven, evolucionó hacia una política de amplia tolerancia al consumo y a la comercialización de marihuana que hoy se manifiesta en la proliferación de coffee shops en algunas zonas del país. La separación de mercados parte de la premisa de que una prohibición indiscriminada de todas las sustancias psicoactivas genera entornos de alto riesgo para consumidores expuestos al “efecto góndola”. Para evitarlo, se prioriza el combate a las drogas “duras” y se permite de hecho la venta minorista de marihuana, hongos alucinógenos y otras drogas “blandas”. Los coffee shops se rigen por normas municipales y deben cumplir con una serie de exigencias y restricciones para operar. Aunque el país obtuvo excelentes resultados en términos de salud pública, el modelo holandés tiene dos problemas bastante serios que aún no supo resolver. En primer lugar, el crecimiento de un “turismo de drogas” que resulta cada vez más molesto para los vecinos de Ámsterdam, Rotterdam, La Haya y otras ciudades. Por otro lado, pese a que en teoría los coffee shops solo pueden vender pequeñas cantidades de cannabis, existe un mercado de venta a gran escala bastante desarrollado que opera en los márgenes de lo permitido. Este segmento clandestino ha llevado a los partidos conservadores holandeses a exigir regulaciones más férreas. Lo interesante es que algunos políticos liberales sostienen que solo la legalización total posibilitaría un control más estricto y meticuloso.
En Estados Unidos, el mismo día en que Donald Trump fue electo presidente, los ciudadanos de los estados de California, Massachusetts y Nevada votaron la legalización del consumo recreativo de marihuana y se sumaron así a Oregon, Washington, Colorado y Alaska, donde ya existían regulaciones similares sobre el cannabis. Colorado fue el primer distrito en legalizar no solo el cultivo y la posesión, sino también la venta de pequeñas dosis en locales con licencia. Sin embargo, las leyes federales siguen considerando el suministro de marihuana como un delito criminal que la DEA debe combatir. Esa contradicción entre las directrices que emanan de la Casa Blanca y las normas impulsadas por algunos estados –en los que la tolerancia social al consumo está arraigada desde hace años, e incluso décadas en el caso californiano– ha generado situaciones de vacío legal que dificultaron la plena implementación de dichos modelos de regulación.
Ninguna de las experiencias previas ha sido tan ambiciosa como la impulsada por el gobierno de Mujica: Uruguay fue el primer país en el mundo en aprobar la legalización total y a escala nacional de la producción, comercialización y consumo de marihuana. Con un detalle no menor, no se optó por un modelo de regulación de tipo laissez faire, sino por uno bajo monopolio del Estado.
–Desde el punto de vista conceptual, partimos de la convicción de que la comercialización de una sustancia psicoactiva no puede regirse por el libre juego de la oferta y la demanda –explica Calzada–. Aunque la marihuana no sea dañina per se, ya que el grado de nocividad depende de variables como la cantidad o la forma de uso, el consumo siempre conlleva un riesgo potencial y, por lo tanto, el objetivo nunca puede ser expandir el mercado. Eso es lo que ocurriría si el objeto central fuera el lucro. Veríamos, por ejemplo, estrategias engañosas de marketing mediático y promoción del consumo para presentar el cannabis como una sustancia inocua, del mismo modo que vemos propagandas de tabaco supuestamente “light”. Pasaríamos de un modelo bajo dominio de corporaciones criminales a otro bajo dominio de corporaciones industriales. Un sistema de regulación de drogas no puede estar sujeto a ninguna de esas dos lógicas.
En el modelo uruguayo, el Estado controla y supervisa toda la cadena de producción, distribución y comercialización de la marihuana del mismo modo que lo hace con cualquier otro servicio público concesionado. El gobierno fija el precio por gramo y la cantidad máxima de producción anual permitida, de manera que las ganancias de las dos empresas que obtuvieron las licencias dependen directamente de su eficiencia y productividad. Ambas tienen prohibido publicitar el producto y deben abonar un canon periódico que va a las arcas generales del Estado. La ley regula absolutamente todo: la genética de las semillas, la cantidad de THC (tetrahidrocannabinol) por gramo, la modalidad de cultivo, el tipo de envasado. La distribución al público, cuyo inicio se prevé para mediados de este año, correrá por cuenta de unas 100 farmacias ya aprobadas para la venta. Para poder comprar, será necesario haberse anotado en un registro de usuarios de sistema cerrado: nadie puede acceder a esos datos personales, excepto un juez con orden legal. Las farmacias contarán con un mecanismo de reconocimiento dactilar para identificar a los consumidores autorizados. Los turistas quedan excluidos; ser residente uruguayo es condición para registrarse.
El autocultivo también fue contemplado en la iniciativa del gobierno. La ley permite la tenencia doméstica de hasta seis plantas de marihuana con una cosecha máxima anual de 480 gramos. También habilita la creación de clubes cannábicos que, mientras estén debidamente inscriptos en el registro oficial, pueden sumar hasta 15 socios y cultivar hasta 90 plantas. La venta en farmacias del producto patrocinado por el Estado aún no comenzó, pero las cosechas personales y los clubes de growers ya están en funcionamiento y cambiaron significativamente el cuadro del consumo urbano.
–Es algo bastante liberador. Muchos de nosotros cultivamos desde hace años, pero ahora podemos hacerlo sin escondernos –celebra Gabriel P., un montevideano de 27 años que tiene las seis plantas permitidas en la terraza de su casa–. También empieza a sumarse gente que antes consumía socialmente, pero no se animaba a la autogestión. Además, los clubes nos abren un espacio para el cultivo solidario, que hasta ahora era muy incipiente.

Y AHORA QUÉ
La primera cosecha llegó puntual: junio de 2016, tal como había exigido el gobierno. Fueron días agotadores de cortar flores a mano y tijera. Miles y miles de flores. Saicha alquiló una casa a 15 kilómetros de la plantación para quedarse allí de lunes a jueves. Trabajó a la par de los growers asistentes que había contratado. Para las tareas de secado, manicurado y curado de los cogollos también empleó a dos señoras de la ciudad de Libertad en edad de jubilación, a quienes él mismo ya había enseñado a hacer esquejes, trillar la tierra, rotar las macetas, aplicar fertilizantes para crecimiento y floración, usar las incubadoras para clones y otros quehaceres imprescindibles en el cultivo.
El día que todas las flores estuvieron listas para su embolsado, Saicha sintió el alivio del trabajo arduo terminado. Junto a los demás, comió asado y brindó. Habían sido largos meses de lidiar en medio del campo con plagas, diluvios, inundaciones, secas, heladas, hongos, víboras venenosas: complicaciones superadas. Aunque estaba prohibido fumar dentro del predio, algún porro giró en la sobremesa.
–Nunca llegué a impresionarme por la magnitud de lo que hicimos porque fui viviendo el paso a paso –dice Saicha–. Pero algún día voy a escribir un libro sobre el proyecto. Y se lo voy a llevar a Mujica. Esa es una de las pocas cosas que me quedaron pendientes: conocer al Pepe en persona. Nada hubiese sido posible si él no se la hubiera jugado políticamente.
Simbiosys cumplió los plazos fijados por el gobierno uruguayo, el que no cumplió fue el gobierno. Desde su asunción, Tabaré Vázquez nunca mostró predilección por el proyecto heredado de Mujica ni la misma voluntad política que su antecesor para implementarlo. La venta al público se demoró varios meses por trabas operativas que ningún funcionario previó: el alto precio del transporte, la negativa de los bancos privados a abrir una cuenta para una empresa productora de cannabis, los problemas para implementar el registro de usuarios, la baja adhesión de farmacias dispuestas a comercializar el producto, las desavenencias sobre el tipo de envase y las idas y vueltas con el precio de mostrador para cada gramo de flores. Hubo que guardar la primera tanda de cogollos en un container refrigerado para que no perdieran sus propiedades psicoactivas.
Ante el retraso oficial, Saicha decidió espaciar sus viajes a Uruguay y empezar a monitorear la plantación a distancia. Aunque se mantiene como accionista y cofundador de la empresa, su presencia física y permanente en el predio de Libertad ya no se necesita para que la producción avance: todo marcha bien en el cultivo. El gobierno de Vázquez acaba de anunciar que la venta al público finalmente comenzará en julio de 2017.
Saicha quiere, ahora, darle otra vuelta de tuerca a su carrera. Se entusiasma con la sanción que el Congreso argentino dio a un proyecto de ley para permitir el uso terapéutico de la marihuana. Cerca del 30% de los enfermos de epilepsia refractaria no responden al tratamiento con fármacos tradicionales ni son candidatos al tratamiento quirúrgico. Para esos pacientes, el aceite de cannabis es una alternativa efectiva, bien tolerada y segura en niños y adultos, que mejora la calidad de vida y reduce la mortalidad. El cannabidiol, uno de los principales componentes de la marihuana, puede bajar la frecuencia de las crisis sin traer efectos adversos serios. Pero importar 100 mililitros de aceite a la Argentina cuesta US$ 250. Por eso Mamá Cultiva, una ONG de madres con hijos epilépticos que promueve el uso del cannabis medicinal, reclama a los legisladores que legalicen el autocultivo solidario para la fabricación de aceite nacional. Ahí Saicha ve una oportunidad, un nuevo proyecto. Explica que muchas de los sistemas desarrollados a campo abierto en Uruguay pueden potenciarse aplicándolos en módulos cerrados, con técnicas avanzadas de cultivo y en ambientes acondicionados según los requerimientos específicos del uso medicinal.
–A nivel de la gente, la cultura cannábica argentina está incluso más adelante que la uruguaya –dice Saicha–. Acá hubo marchas pro legalización que llegaron a convocar 100.000 personas. Con la prohibición del porro va a pasar lo mismo que con las revistas porno o el matrimonio gay: tarde o temprano va a caer. Siempre habrá gente que no quiera aceptar la marihuana. Pero, del otro lado, hay familias que la necesitan para un hijo enfermo. El cannabis medicinal debería abrir una puerta hacia la legalización en nuestro país. Hay que ponerse en el lugar del otro. Si te pasara a vos, pedirías lo mismo que ellos. Como hizo Reagan con el tratamiento de células madre. Si vos tuvieras un hijo enfermo, ¿no le darías marihuana?
1
2“Me tiró un like”. La historia de amor del jugador de hockey argentino con el primer ministro de los Países Bajos
3El calendario lunar de marzo 2026 en la Argentina
4El dolor de la muerte la hizo acompañar, con yoga y alimentación, a mujeres en su fertilidad: “El camino de cada una no lo podemos saber”



